PIL, QUE ESTÁS EN LOS CIELOS. LIBRAME DE TODO MAL
“Cinco años sin vos”
Pil, que estás en los cielos, líbrame de todo mal. Cinco
años sin vos. Y todavía te extraño. Qué tristeza, la puta madre.
Una muerte que
pertenece a la historia de la música y que aunque haya ocurrido lejos de
nosotros, en una ciudad que apenas conocemos y en una fecha que queda perdida
en el calendario, nos arranca algo íntimo. Algo que no sabíamos que también
podía morir.
La muerte de Pil Trafa, Enrique Héctor Chalar, el 13 de
agosto de 2021, fue una de esas muertes. Porque Pil no era solamente el
cantante de Los Violadores. No era solamente una voz, una campera, un
escenario, una actitud, un tipo flaco parado frente a un micrófono diciendo lo
que muchos no querían escuchar. Para algunos de nosotros fue otra cosa. Fue una
especie de hermano mayor. Uno de esos hermanos mayores que nunca tuvimos, pero
que aparecieron de alguna manera en los discos, en los cassettes, en las
revistas, en las noches interminables de adolescencia.
Uno de esos tipos que nos enseñaron que también se podía
cantar desde el borde.
Que se podía estar enojado. Que se podía desconfiar. Que
se podía mirar alrededor y decir: “esto no está bien”.
Y hacerlo con guitarras, ruido, velocidad y una poesía
que no necesitaba pedir permiso.
Los Violadores aparecieron en una Argentina que todavía
tenía miedo. Pil entró en aquella historia en 1981 y convirtió junto a sus
compañeros al punk en una forma de decir. Una forma de estar en el mundo.
Después vinieron los discos. Y nosotros. Porque los
discos también tienen una biografía. Uno puede mirar ahora estas tapas
gastadas, estos cassettes que sobrevivieron mudanzas, años, olvidos,
reproductores que dejaron de funcionar, y entender que ahí adentro no solamente
había canciones. Había una vida. Mi vida.
Nuestra vida. Está todo ahí. Los Violadores. Pilsen. Las
tapas. Las letras. Las voces. Las noches. Las habitaciones de adolescentes. Los
amigos. Los amores que no fueron. Las discusiones. Las primeras rebeldías. La
sensación de que el mundo era demasiado grande, demasiado injusto y demasiado
absurdo, y que por lo menos teníamos una canción para acompañar esa certeza.
Pil cantaba muchas de nuestras tristezas. Pintaba
imágenes de nuestras pequeñas derrotas cotidianas. Ponía palabras donde
nosotros apenas teníamos sensaciones.
Y eso hace la música cuando realmente importa: no nos
salva, pero nos acompaña mientras nos estamos hundiendo. Por eso hoy miro esta
colección de discos y cassettes y no veo solamente una colección. Veo pedazos
de tiempo. Veo al pibe que fui. Veo al adolescente que escuchaba esas canciones
intentando entender el mundo. Veo a ese muchacho que todavía no sabía todo lo
que iba a perder. Y entre todas esas cosas aparece Pil. Como si todavía
estuviera ahí. Como si pudiera poner un cassette. Como si todavía quedara una
noche por delante. Como si todavía pudiéramos volver a escuchar juntos aquellas
canciones y discutir sobre discos, bandas, letras, política, punk y todas esas
cosas que alguna vez nos parecieron fundamentales. Quizás lo eran.
Porque uno envejece y descubre que algunas de aquellas canciones no eran solamente canciones. Eran documentos. Testimonios. Fotografías sonoras de una época. Y también eran refugios. Pil fue uno de esos refugios. Cinco años después de su muerte, todavía cuesta aceptar que no está. La noticia sigue teniendo algo de mentira. Quizás porque los muertos de nuestra música nunca terminan de morirse. Siguen apareciendo cuando ponemos un disco. En una letra. En un riff. En una frase. En una vieja tapa de cassette. En una esquina de la memoria. Pero había algo más. Mucho más. Detrás de Pil había libros, películas, ideas. Y eso, para quienes éramos adolescentes y estábamos descubriendo el mundo, era una forma de educación. Ahí estaba La naranja mecánica.
En 1985 apareció “Uno, dos, ultraviolento” y de pronto el punk argentino se metía de lleno en el universo de Anthony Burgess y Stanley Kubrick. El Nadsat de la novela aparecía convertido en grito, en ritmo, en contraseña adolescente. Y Pil lo hacía carne.
La canción podía llevarte de Los Violadores a Burgess, de
Burgess a Kubrick, de Kubrick a Beethoven y de Beethoven otra vez a una
guitarra distorsionada. Era una locura hermosa.
Y después estaba “La era del corregidor”. Computadoras. Disquetes.
Hombres de negro. Programación. Control. Un tipo al que le meten algo en el
cráneo y una sociedad que pretende corregirlo, normalizarlo, convertirlo en
otra cosa.
Pil la definió como una letra futurista: un mundo donde
las computadoras y la programación apuntaban a que todos pensáramos igual. Y a
mí, inevitablemente, me hacía pensar en Brazil, la película de Terry Gilliam. Ese
universo kafkiano de oficinas, máquinas, formularios, vigilancia y seres
humanos atrapados dentro de una maquinaria absurda.
No sé si Pil pensó exactamente en Brazil cuando escribió
la canción. Lo que sé es que la canción habitaba ese mismo territorio
imaginario: el futuro como pesadilla, la tecnología como instrumento de control
y el individuo tratando desesperadamente de escapar de una sociedad que ya
decidió cómo debe pensar. Eso era Pil. O mejor dicho: eso también era Pil. Porque
mientras algunos escuchaban solamente punk, nosotros encontrábamos puertas. Una
canción abría un libro. Un libro llevaba a una película.
Una película llevaba a Beethoven. Y de pronto una banda
de punk argentina podía convertirse en una pequeña biblioteca clandestina. Quizás
por eso siento que perdí un hermano mayor. Porque los hermanos no solo llegan
por la sangre y también llegan por los parlantes. Pil fue de estos últimos. Y
esos, carajo, también duelen cuando se van.
Pil se fue en Lima, demasiado lejos para quienes lo
habíamos sentido tan cerca. Tenía apenas 62 años y todavía tenía proyectos,
canciones, libros, escenarios y futuro. Su muerte fue repentina, y dejó esa
sensación insoportable de que alguien había cerrado una puerta cuando todavía
quedaban muchas cosas por decir. Pero quizás haya otra manera de mirar la
muerte. Quizás Pil no se fue del todo. Quizás quedó atrapado en los objetos. En
estos discos. En estas tapas. En los cassettes. En quienes alguna vez cantamos
sus canciones. En mi Primo hermano Paul, en Pingüino, en Hipólito con el vinilo
del primer disco de Violadores. En la voz que todavía sale de los parlantes. En
quienes seguimos encontrando en ellas algo de nosotros mismos. Porque una
canción no muere cuando muere quien la escribió. A veces ocurre exactamente lo
contrario. Se vuelve memoria. Y la memoria es una forma extraña de
inmortalidad. Por eso hoy, cinco años después, puedo decir que con Pil se fue
un pedazo de mi vida. Un pedazo de mi infancia. Un pedazo de mi adolescencia. Un
pedazo de aquel muchacho que fui y que todavía, de vez en cuando, aparece
cuando escucha una canción vieja. Siento que perdí un hermano mayor. Uno que
nunca conocí personalmente, pero que estuvo ahí.
A su manera. Con sus canciones. Con sus broncas. Con sus
fantasmas. Con esa voz que parecía venir desde un lugar donde todos estábamos
un poco rotos. Y quizás por eso duela tanto. Porque algunas personas no
necesitan conocerte para acompañarte durante años. Pil fue uno de esos tipos.
Hasta siempre, camarada. Gracias por las canciones. Gracias
por haber puesto palabras a tantas cosas que nosotros no sabíamos cómo decir. Gracias
por haber estado ahí cuando éramos jóvenes y creíamos que el mundo podía
cambiarse a los gritos. Gracias por habernos enseñado que el punk también podía
ser memoria, poesía, rabia y dignidad. Hoy vuelvo a mirar tus discos. Y pienso
que todavía nos queda algo. Nos queda la música. Nos quedan las palabras. Nos
queda la memoria. Y nos queda aquella luna.
“La luna que vimos caer.
La luna que vimos partir.
La luna que se fue.”
Pil, que estás en los cielos, líbrame de todo mal. Cinco
años sin vos. Y todavía te extraño.
Hasta siempre, camarada.
Se te extraña. Pero mientras haya un cassette, un vinilo,
una voz, una guitarra y alguien dispuesto a escuchar, todavía vas a estar acá. Entre
nosotros. En la memoria. En el ruido. En la noche. Y en esa luna que vimos
caer. Porque nada ni nadie nos puede doblegar.




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