Crónicas del Desvelo. Los restos de la noche. Literatura, periodismo gonzo, poesía, ensayos y observaciones de José Luis Colombini.

Hay noches en las que los libros permanecen abiertos sobre la mesa, el whisky pierde lentamente el frío y las fotografías dejan de ser recuerdos para convertirse en interrogantes. Es en ese territorio incierto, donde la ciudad duerme y la memoria insiste en permanecer despierta, donde nacen estas crónicas. Crónicas del Desvelo no pretende ofrecer respuestas. Es un refugio para quienes encuentran en la literatura, el rock, el cine, la filosofía y la memoria una forma de habitar el mundo. Aquí conviven Borges y Baudelaire con Robert Smith y Bowie; Schopenhauer conversa con Camus mientras una película española, una novela olvidada o una canción de post-punk iluminan, aunque sea por un instante, la oscuridad de la madrugada. Escribo desde Traslasierra, pero también desde los bares de la memoria, las bibliotecas de la adolescencia, los discos gastados, las calles recorridas y las pérdidas que todavía siguen haciendo preguntas. Cada texto es una mezcla de ensayo, autobiografía y periodismo gonzo; una manera de entender que el autor no observa la realidad desde afuera, sino que inevitablemente forma parte de ella. Porque escribir, al final, no consiste en contar una historia. Consiste en descubrir qué historia nos está contando a nosotros. “Esto no es contenido. Es insomnio grabado.”
Cada palabra publicada en este blog nació de la escritura de José Luis Colombini. Estas crónicas, ensayos, poemas y reflexiones forman parte de su obra intelectual y están protegidos por los derechos de autor. Si algún texto te conmueve, podés compartirlo, siempre citando la fuente y respetando la autoría. Gracias por valorar el trabajo creativo y la escritura independiente.

Pil, que estás en los cielos, líbrame de todo mal. “Cinco años sin vos”


 

PIL, QUE ESTÁS EN LOS CIELOS. LIBRAME DE TODO MAL

 

“Cinco años sin vos”

 

Pil, que estás en los cielos, líbrame de todo mal. Cinco años sin vos. Y todavía te extraño. Qué tristeza, la puta madre.

Una  muerte que pertenece a la historia de la música y que aunque haya ocurrido lejos de nosotros, en una ciudad que apenas conocemos y en una fecha que queda perdida en el calendario, nos arranca algo íntimo. Algo que no sabíamos que también podía morir.

La muerte de Pil Trafa, Enrique Héctor Chalar, el 13 de agosto de 2021, fue una de esas muertes. Porque Pil no era solamente el cantante de Los Violadores. No era solamente una voz, una campera, un escenario, una actitud, un tipo flaco parado frente a un micrófono diciendo lo que muchos no querían escuchar. Para algunos de nosotros fue otra cosa. Fue una especie de hermano mayor. Uno de esos hermanos mayores que nunca tuvimos, pero que aparecieron de alguna manera en los discos, en los cassettes, en las revistas, en las noches interminables de adolescencia.

Uno de esos tipos que nos enseñaron que también se podía cantar desde el borde.

Que se podía estar enojado. Que se podía desconfiar. Que se podía mirar alrededor y decir: “esto no está bien”.

Y hacerlo con guitarras, ruido, velocidad y una poesía que no necesitaba pedir permiso.

Los Violadores aparecieron en una Argentina que todavía tenía miedo. Pil entró en aquella historia en 1981 y convirtió junto a sus compañeros al punk en una forma de decir. Una forma de estar en el mundo.

Después vinieron los discos. Y nosotros. Porque los discos también tienen una biografía. Uno puede mirar ahora estas tapas gastadas, estos cassettes que sobrevivieron mudanzas, años, olvidos, reproductores que dejaron de funcionar, y entender que ahí adentro no solamente había canciones. Había una vida. Mi vida.

Nuestra vida. Está todo ahí. Los Violadores. Pilsen. Las tapas. Las letras. Las voces. Las noches. Las habitaciones de adolescentes. Los amigos. Los amores que no fueron. Las discusiones. Las primeras rebeldías. La sensación de que el mundo era demasiado grande, demasiado injusto y demasiado absurdo, y que por lo menos teníamos una canción para acompañar esa certeza.

Pil cantaba muchas de nuestras tristezas. Pintaba imágenes de nuestras pequeñas derrotas cotidianas. Ponía palabras donde nosotros apenas teníamos sensaciones.

Y eso hace la música cuando realmente importa: no nos salva, pero nos acompaña mientras nos estamos hundiendo. Por eso hoy miro esta colección de discos y cassettes y no veo solamente una colección. Veo pedazos de tiempo. Veo al pibe que fui. Veo al adolescente que escuchaba esas canciones intentando entender el mundo. Veo a ese muchacho que todavía no sabía todo lo que iba a perder. Y entre todas esas cosas aparece Pil. Como si todavía estuviera ahí. Como si pudiera poner un cassette. Como si todavía quedara una noche por delante. Como si todavía pudiéramos volver a escuchar juntos aquellas canciones y discutir sobre discos, bandas, letras, política, punk y todas esas cosas que alguna vez nos parecieron fundamentales. Quizás lo eran.

Porque uno envejece y descubre que algunas de aquellas canciones no eran solamente canciones.  Eran documentos. Testimonios. Fotografías sonoras de una época. Y también eran refugios. Pil fue uno de esos refugios. Cinco años después de su muerte, todavía cuesta aceptar que no está. La noticia sigue teniendo algo de mentira. Quizás porque los muertos de nuestra música nunca terminan de morirse. Siguen apareciendo cuando ponemos un disco. En una letra. En un riff. En una frase. En una vieja tapa de cassette. En una esquina de la memoria. Pero había algo más. Mucho más. Detrás de Pil había libros, películas, ideas. Y eso, para quienes éramos adolescentes y estábamos descubriendo el mundo, era una forma de educación. Ahí estaba La naranja mecánica.

En 1985 apareció “Uno, dos, ultraviolento” y de pronto el punk argentino se metía de lleno en el universo de Anthony Burgess y Stanley Kubrick. El Nadsat de la novela aparecía convertido en grito, en ritmo, en contraseña adolescente. Y Pil lo hacía carne.

La canción podía llevarte de Los Violadores a Burgess, de Burgess a Kubrick, de Kubrick a Beethoven y de Beethoven otra vez a una guitarra distorsionada. Era una locura hermosa.

Y después estaba “La era del corregidor”. Computadoras. Disquetes. Hombres de negro. Programación. Control. Un tipo al que le meten algo en el cráneo y una sociedad que pretende corregirlo, normalizarlo, convertirlo en otra cosa.

Pil la definió como una letra futurista: un mundo donde las computadoras y la programación apuntaban a que todos pensáramos igual. Y a mí, inevitablemente, me hacía pensar en Brazil, la película de Terry Gilliam. Ese universo kafkiano de oficinas, máquinas, formularios, vigilancia y seres humanos atrapados dentro de una maquinaria absurda.

No sé si Pil pensó exactamente en Brazil cuando escribió la canción. Lo que sé es que la canción habitaba ese mismo territorio imaginario: el futuro como pesadilla, la tecnología como instrumento de control y el individuo tratando desesperadamente de escapar de una sociedad que ya decidió cómo debe pensar. Eso era Pil. O mejor dicho: eso también era Pil. Porque mientras algunos escuchaban solamente punk, nosotros encontrábamos puertas. Una canción abría un libro. Un libro llevaba a una película.

Una película llevaba a Beethoven. Y de pronto una banda de punk argentina podía convertirse en una pequeña biblioteca clandestina. Quizás por eso siento que perdí un hermano mayor. Porque los hermanos no solo llegan por la sangre y también llegan por los parlantes. Pil fue de estos últimos. Y esos, carajo, también duelen cuando se van.

Pil se fue en Lima, demasiado lejos para quienes lo habíamos sentido tan cerca. Tenía apenas 62 años y todavía tenía proyectos, canciones, libros, escenarios y futuro. Su muerte fue repentina, y dejó esa sensación insoportable de que alguien había cerrado una puerta cuando todavía quedaban muchas cosas por decir. Pero quizás haya otra manera de mirar la muerte. Quizás Pil no se fue del todo. Quizás quedó atrapado en los objetos. En estos discos. En estas tapas. En los cassettes. En quienes alguna vez cantamos sus canciones. En mi Primo hermano Paul, en Pingüino, en Hipólito con el vinilo del primer disco de Violadores. En la voz que todavía sale de los parlantes. En quienes seguimos encontrando en ellas algo de nosotros mismos. Porque una canción no muere cuando muere quien la escribió. A veces ocurre exactamente lo contrario. Se vuelve memoria. Y la memoria es una forma extraña de inmortalidad. Por eso hoy, cinco años después, puedo decir que con Pil se fue un pedazo de mi vida. Un pedazo de mi infancia. Un pedazo de mi adolescencia. Un pedazo de aquel muchacho que fui y que todavía, de vez en cuando, aparece cuando escucha una canción vieja. Siento que perdí un hermano mayor. Uno que nunca conocí personalmente, pero que estuvo ahí.

A su manera. Con sus canciones. Con sus broncas. Con sus fantasmas. Con esa voz que parecía venir desde un lugar donde todos estábamos un poco rotos. Y quizás por eso duela tanto. Porque algunas personas no necesitan conocerte para acompañarte durante años. Pil fue uno de esos tipos.

Hasta siempre, camarada. Gracias por las canciones. Gracias por haber puesto palabras a tantas cosas que nosotros no sabíamos cómo decir. Gracias por haber estado ahí cuando éramos jóvenes y creíamos que el mundo podía cambiarse a los gritos. Gracias por habernos enseñado que el punk también podía ser memoria, poesía, rabia y dignidad. Hoy vuelvo a mirar tus discos. Y pienso que todavía nos queda algo. Nos queda la música. Nos quedan las palabras. Nos queda la memoria. Y nos queda aquella luna.

 

“La luna que vimos caer.

La luna que vimos partir.

La luna que se fue.”

 

Pil, que estás en los cielos, líbrame de todo mal. Cinco años sin vos. Y todavía te extraño.

 

Hasta siempre, camarada.

Se te extraña. Pero mientras haya un cassette, un vinilo, una voz, una guitarra y alguien dispuesto a escuchar, todavía vas a estar acá. Entre nosotros. En la memoria. En el ruido. En la noche. Y en esa luna que vimos caer. Porque nada ni nadie nos puede doblegar.






 

 

 

 

 

 

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