Batman contra los Beatles: el día que Paul McCartney
murió en Ciudad Gótica
Por lo general las muertes requieren de un cuerpo. Pero hay otras que solo necesitan un chisme, una carátula de álbum y millones de individuos dispuestos a contemplar una imagen durante largos periodos en busca de un indicio.
En 1969, el mundo había empezado a sospechar que Paul
McCartney estaba muerto. La gente hablaba de eso, los diarios, las revistas,
hablaban de eso.
A veces solo se necesita un rumor, una portada de disco y
millones de personas dispuestas a mirar una fotografía durante horas buscando
una señal. No era una sospecha razonable, desde luego. Era algo mucho mejor:
una conspiración. Los Beatles habían dejado pistas. Una canción, una palabra,
una fotografía, un automóvil, una mano, una flor, una posición dentro de una
portada. Todo podía convertirse en evidencia para quienes habían decidido que
Paul había muerto en un accidente automovilístico y que, desde entonces, un
doble ocupaba su lugar.
La imaginación popular no necesita demasiadas pruebas
cuando ya conoce la respuesta.
Y entonces apareció Batman.
En junio de 1970, DC Comics publicó el número 222 de “Batman”.
La portada era una declaración de principios: Batman y Robin frente a una
tumba, mientras cuatro muchachos vestidos como los Beatles de la época de “Sgt.
Pepper's Lonely Hearts Club Band” se acercan desde el cementerio.
El título gritaba: “Dead… Till Proven Alive!” Muerto
hasta que se demuestre que está vivo. No hacía falta ser detective para
entender el chiste.
La banda se llamaba “The Oliver Twists” (Como la segunda
novela del autor inglés Charles Dickens), una evidente caricatura de los
Beatles. Y Batman recibía un caso que parecía salido directamente de las
páginas de los diarios y revistas que alimentaban la leyenda de Paul is Dead.
Uno de los integrantes había muerto. Pero ¿cuál?
Ahí estaba Batman, porque si existe un misterio
suficientemente absurdo como para que nadie pueda resolverlo, tarde o temprano
termina llegando a Gotham.
La historia tenía nombres falsamente transparentes. Saul
Cartwright ocupaba el lugar de Paul McCartney; los otros integrantes remitían a
John, George y Ringo. Los trajes, las poses y hasta la estética psicodélica
funcionaban como una especie de espejo deformado de los Beatles.
Pero DC no se limitó a hacer una parodia. Hizo algo
todavía más interesante: convirtió una leyenda urbana en argumento policial.
Batman investiga las pistas. Hay un muerto. Hay una
banda. Hay dobles. Hay una identidad oculta. Y, naturalmente, existe una
portada de álbum que puede contener la clave.
La tapa del disco aparece dentro de la propia portada del
cómic, como si el lector también estuviera invitado a jugar a ser detective. Porque
esa era, en el fondo, la esencia del fenómeno. Los fanáticos de los Beatles
habían aprendido a mirar de otra manera. Ya no escuchaban solamente una
canción: buscaban mensajes. Ya no contemplaban una portada: examinaban
evidencias. Ya no veían cuatro músicos: veían un cadáver, un sustituto y una
conspiración.
La cultura popular había descubierto algo
extraordinariamente poderoso: “el misterio puede ser más entretenido que la
verdad”.
Y Batman era, quizás, el personaje perfecto para entrar
en aquella locura. Después de todo, Batman no tiene superpoderes. Tiene
sospechas.
Mira una escena, encuentra una huella, observa una
fotografía y empieza a unir puntos que para los demás parecen inconexos.
Exactamente lo que hacían los fanáticos que buscaban las supuestas pistas de la
muerte de McCartney.
La diferencia era que Batman, al menos en Gotham, tenía
razón casi siempre. En esta historia, sin embargo, el asunto da una vuelta
bastante más retorcida. Saul no era simplemente el falso McCartney. La
conspiración era otra. Y ahí aparece la verdadera gracia del episodio: la
historieta no confirma la leyenda de Paul muerto; la utiliza como combustible
para construir una mentira todavía más extravagante. Los Beatles habían sido
reemplazados por dobles. La muerte era una puesta en escena. La identidad era
un disfraz. Y Batman, naturalmente, termina descubriendo la verdad.
En 1970 eso todavía tenía algo de contemporáneo. Los
Beatles acababan de separarse. “Abbey Road” había salido apenas unos meses
antes. “Let It Be” estaba llegando a las disquerías. El mundo todavía estaba
tratando de entender cómo aquella banda que parecía indestructible podía
haberse terminado.
Y cuando una época termina, aparecen los rumores. Quizás
por eso la leyenda de Paul muerto resultaba tan seductora. Era una manera de
negar la desaparición. Si Paul había muerto, entonces los Beatles podían seguir
existiendo. Si había un doble, si había una conspiración, si alguien estaba
ocultando la verdad, entonces todavía quedaba un misterio por resolver. La
separación era demasiado vulgar. La conspiración era mucho más hermosa.
El mito se mantiene hasta nuestros días. De hecho, en
1993 Paul McCartney publicó “Paul Is Live”, un álbum grabado en vivo cuya
portada parece regresar deliberadamente a una de las fotografías más famosas de
la historia del rock.
Es el mismo paso de cebra de Abbey Road, frente a los
estudios del mismo nombre, en Londres. Allí, en 1969, los Beatles cruzaron la
calle y el fotógrafo Iain Macmillan tomó la imagen que terminaría
convirtiéndose en la tapa del álbum “Abbey Road”. Veinticuatro años después, el
propio Macmillan volvió a fotografiar a Paul en ese mismo lugar, esta vez
acompañado por su perro Arrow.
La imagen de Paul Is Live reconstruye la mítica
fotografía de 1969. No se trata simplemente de volver al mismo escenario: la
portada juega deliberadamente con aquella imagen, repitiendo algunos de sus
elementos y alterando otros.
Todo parece pensado como una respuesta irónica a la vieja
leyenda de “Paul is dead”. Esta vez Paul lleva zapatos, cruza acompañado por su
perro Arrow y, detrás, vuelve a aparecer el Volkswagen de la fotografía
original, aunque con una nueva patente: “51 IS”, en referencia a los 51 años
que tenía McCartney cuando se realizó la sesión.
Es la misma calle, el mismo cruce y casi la misma
fotografía, reconstruida un cuarto de siglo después.
Y ahí aparece lo verdaderamente hermoso del asunto: en Abbey
Road, una serie de supuestas pistas había convertido a Paul en un muerto. En Paul
Is Live, Paul regresa exactamente al mismo escenario para hacer lo contrario: fotografiarse
vivo.
Como si veinticuatro años después decidiera responderle a
aquella fotografía, a aquella leyenda y también a su propio pasado. Un diálogo
consigo mismo a través del tiempo, cruzando una vez más la misma calle.
El comic de Batman Nº 222 pertenece a ese extraño momento
en que los cómics dejaron de mirar solamente hacia los superhéroes y empezaron
a mirar hacia la cultura que tenían alrededor. El crimen ya no estaba solamente
en los callejones de Gotham. También estaba en las tapas de los discos. Las
pistas ya no aparecían únicamente en escenas del crimen. Podían estar
escondidas en una fotografía de cuatro músicos cruzando una calle. Y quizás por
eso aquella portada sigue teniendo algo fascinante.
Batman observa la tumba. Robin sostiene el disco. Los
muchachos se acercan. Y nosotros, cincuenta y seis años después, seguimos
mirando la imagen. Buscando la pista. Porque tal vez esa sea la verdadera
inmortalidad de los Beatles: que incluso después de muertos —como banda, como
época, como mito— todavía consiguen que alguien vuelva a mirar una portada para
preguntarse si allí está escondida la verdad.
Y si Batman aparece en escena, mejor. Después de todo,
alguien tiene que investigar.
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