Crónicas del Desvelo. Los restos de la noche. Literatura, periodismo gonzo, poesía, ensayos y observaciones de José Luis Colombini.

Hay noches en las que los libros permanecen abiertos sobre la mesa, el whisky pierde lentamente el frío y las fotografías dejan de ser recuerdos para convertirse en interrogantes. Es en ese territorio incierto, donde la ciudad duerme y la memoria insiste en permanecer despierta, donde nacen estas crónicas. Crónicas del Desvelo no pretende ofrecer respuestas. Es un refugio para quienes encuentran en la literatura, el rock, el cine, la filosofía y la memoria una forma de habitar el mundo. Aquí conviven Borges y Baudelaire con Robert Smith y Bowie; Schopenhauer conversa con Camus mientras una película española, una novela olvidada o una canción de post-punk iluminan, aunque sea por un instante, la oscuridad de la madrugada. Escribo desde Traslasierra, pero también desde los bares de la memoria, las bibliotecas de la adolescencia, los discos gastados, las calles recorridas y las pérdidas que todavía siguen haciendo preguntas. Cada texto es una mezcla de ensayo, autobiografía y periodismo gonzo; una manera de entender que el autor no observa la realidad desde afuera, sino que inevitablemente forma parte de ella. Porque escribir, al final, no consiste en contar una historia. Consiste en descubrir qué historia nos está contando a nosotros. “Esto no es contenido. Es insomnio grabado.”
Cada palabra publicada en este blog nació de la escritura de José Luis Colombini. Estas crónicas, ensayos, poemas y reflexiones forman parte de su obra intelectual y están protegidos por los derechos de autor. Si algún texto te conmueve, podés compartirlo, siempre citando la fuente y respetando la autoría. Gracias por valorar el trabajo creativo y la escritura independiente.

Batman contra los Beatles: el día que Paul McCartney murió en Ciudad Gótica

Batman contra los Beatles: el día que Paul McCartney murió en Ciudad Gótica

Por lo general las muertes requieren de un cuerpo. Pero hay otras que solo necesitan un chisme, una carátula de álbum y millones de individuos dispuestos a contemplar una imagen durante largos periodos en busca de un indicio.

En 1969, el mundo había empezado a sospechar que Paul McCartney estaba muerto. La gente hablaba de eso, los diarios, las revistas, hablaban de eso.

A veces solo se necesita un rumor, una portada de disco y millones de personas dispuestas a mirar una fotografía durante horas buscando una señal. No era una sospecha razonable, desde luego. Era algo mucho mejor: una conspiración. Los Beatles habían dejado pistas. Una canción, una palabra, una fotografía, un automóvil, una mano, una flor, una posición dentro de una portada. Todo podía convertirse en evidencia para quienes habían decidido que Paul había muerto en un accidente automovilístico y que, desde entonces, un doble ocupaba su lugar.

La imaginación popular no necesita demasiadas pruebas cuando ya conoce la respuesta.

Y entonces apareció Batman.

En junio de 1970, DC Comics publicó el número 222 de “Batman”. La portada era una declaración de principios: Batman y Robin frente a una tumba, mientras cuatro muchachos vestidos como los Beatles de la época de “Sgt. Pepper's Lonely Hearts Club Band” se acercan desde el cementerio.

El título gritaba: “Dead… Till Proven Alive!” Muerto hasta que se demuestre que está vivo. No hacía falta ser detective para entender el chiste.

La banda se llamaba “The Oliver Twists” (Como la segunda novela del autor inglés Charles Dickens), una evidente caricatura de los Beatles. Y Batman recibía un caso que parecía salido directamente de las páginas de los diarios y revistas que alimentaban la leyenda de Paul is Dead.

Uno de los integrantes había muerto. Pero ¿cuál?

Ahí estaba Batman, porque si existe un misterio suficientemente absurdo como para que nadie pueda resolverlo, tarde o temprano termina llegando a Gotham.

La historia tenía nombres falsamente transparentes. Saul Cartwright ocupaba el lugar de Paul McCartney; los otros integrantes remitían a John, George y Ringo. Los trajes, las poses y hasta la estética psicodélica funcionaban como una especie de espejo deformado de los Beatles.

Pero DC no se limitó a hacer una parodia. Hizo algo todavía más interesante: convirtió una leyenda urbana en argumento policial.

Batman investiga las pistas. Hay un muerto. Hay una banda. Hay dobles. Hay una identidad oculta. Y, naturalmente, existe una portada de álbum que puede contener la clave.

La tapa del disco aparece dentro de la propia portada del cómic, como si el lector también estuviera invitado a jugar a ser detective. Porque esa era, en el fondo, la esencia del fenómeno. Los fanáticos de los Beatles habían aprendido a mirar de otra manera. Ya no escuchaban solamente una canción: buscaban mensajes. Ya no contemplaban una portada: examinaban evidencias. Ya no veían cuatro músicos: veían un cadáver, un sustituto y una conspiración.

La cultura popular había descubierto algo extraordinariamente poderoso: “el misterio puede ser más entretenido que la verdad”.

Y Batman era, quizás, el personaje perfecto para entrar en aquella locura. Después de todo, Batman no tiene superpoderes. Tiene sospechas.

Mira una escena, encuentra una huella, observa una fotografía y empieza a unir puntos que para los demás parecen inconexos. Exactamente lo que hacían los fanáticos que buscaban las supuestas pistas de la muerte de McCartney.

La diferencia era que Batman, al menos en Gotham, tenía razón casi siempre. En esta historia, sin embargo, el asunto da una vuelta bastante más retorcida. Saul no era simplemente el falso McCartney. La conspiración era otra. Y ahí aparece la verdadera gracia del episodio: la historieta no confirma la leyenda de Paul muerto; la utiliza como combustible para construir una mentira todavía más extravagante. Los Beatles habían sido reemplazados por dobles. La muerte era una puesta en escena. La identidad era un disfraz. Y Batman, naturalmente, termina descubriendo la verdad.

En 1970 eso todavía tenía algo de contemporáneo. Los Beatles acababan de separarse. “Abbey Road” había salido apenas unos meses antes. “Let It Be” estaba llegando a las disquerías. El mundo todavía estaba tratando de entender cómo aquella banda que parecía indestructible podía haberse terminado.

Y cuando una época termina, aparecen los rumores. Quizás por eso la leyenda de Paul muerto resultaba tan seductora. Era una manera de negar la desaparición. Si Paul había muerto, entonces los Beatles podían seguir existiendo. Si había un doble, si había una conspiración, si alguien estaba ocultando la verdad, entonces todavía quedaba un misterio por resolver. La separación era demasiado vulgar. La conspiración era mucho más hermosa.

El mito se mantiene hasta nuestros días. De hecho, en 1993 Paul McCartney publicó “Paul Is Live”, un álbum grabado en vivo cuya portada parece regresar deliberadamente a una de las fotografías más famosas de la historia del rock.

Es el mismo paso de cebra de Abbey Road, frente a los estudios del mismo nombre, en Londres. Allí, en 1969, los Beatles cruzaron la calle y el fotógrafo Iain Macmillan tomó la imagen que terminaría convirtiéndose en la tapa del álbum “Abbey Road”. Veinticuatro años después, el propio Macmillan volvió a fotografiar a Paul en ese mismo lugar, esta vez acompañado por su perro Arrow.

La imagen de Paul Is Live reconstruye la mítica fotografía de 1969. No se trata simplemente de volver al mismo escenario: la portada juega deliberadamente con aquella imagen, repitiendo algunos de sus elementos y alterando otros.

Todo parece pensado como una respuesta irónica a la vieja leyenda de “Paul is dead”. Esta vez Paul lleva zapatos, cruza acompañado por su perro Arrow y, detrás, vuelve a aparecer el Volkswagen de la fotografía original, aunque con una nueva patente: “51 IS”, en referencia a los 51 años que tenía McCartney cuando se realizó la sesión.

Es la misma calle, el mismo cruce y casi la misma fotografía, reconstruida un cuarto de siglo después.

Y ahí aparece lo verdaderamente hermoso del asunto: en Abbey Road, una serie de supuestas pistas había convertido a Paul en un muerto. En Paul Is Live, Paul regresa exactamente al mismo escenario para hacer lo contrario: fotografiarse vivo.

 

Como si veinticuatro años después decidiera responderle a aquella fotografía, a aquella leyenda y también a su propio pasado. Un diálogo consigo mismo a través del tiempo, cruzando una vez más la misma calle.

El comic de Batman Nº 222 pertenece a ese extraño momento en que los cómics dejaron de mirar solamente hacia los superhéroes y empezaron a mirar hacia la cultura que tenían alrededor. El crimen ya no estaba solamente en los callejones de Gotham. También estaba en las tapas de los discos. Las pistas ya no aparecían únicamente en escenas del crimen. Podían estar escondidas en una fotografía de cuatro músicos cruzando una calle. Y quizás por eso aquella portada sigue teniendo algo fascinante.

Batman observa la tumba. Robin sostiene el disco. Los muchachos se acercan. Y nosotros, cincuenta y seis años después, seguimos mirando la imagen. Buscando la pista. Porque tal vez esa sea la verdadera inmortalidad de los Beatles: que incluso después de muertos —como banda, como época, como mito— todavía consiguen que alguien vuelva a mirar una portada para preguntarse si allí está escondida la verdad.

Y si Batman aparece en escena, mejor. Después de todo, alguien tiene que investigar.

 


 

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