Cuando el alma escribe, la paz es posible
Ayer me invitaron a hablar de la escritura y la paz.
El título del conversatorio era hermoso: “Cuando el alma
escribe, la paz es posible”.
Y apenas lo leí pensé: no sé. No sé si escribir trae paz.
De hecho, muchas veces sospecho exactamente lo contrario.
Uno no se sienta a escribir porque necesariamente esté en
paz. A veces uno escribe porque algo adentro hace ruido. Porque hay una memoria
que insiste, una ausencia que no termina de irse, una pregunta que vuelve, una
bronca que no encuentra dónde ponerse, una tristeza que todavía no aprendió a
llamarse tristeza.
Yo escribo, en buena medida, por eso. Porque hay cosas
que no sé resolver de otra manera. Durante el conversatorio intenté explicar
algo que todavía estoy tratando de entender: que la escritura no necesariamente
elimina aquello que nos duele. A veces hace algo mucho más extraño. Le pone un
nombre. Y cuando algo que durante mucho tiempo fue solamente una sensación
consigue convertirse en palabras, cambia. No desaparece. Pero cambia. Tal vez
ahí esté la relación entre escritura y paz que más me interesa. No una paz
definitiva, solemne, de estampita religiosa. No esa felicidad de catálogo que
últimamente parece venderse en todas partes. Hablo de un instante mucho más
pequeño: ese momento en que algo que nos atormentaba finalmente encuentra una
forma de decirse.Quizás la paz sea eso. O al menos una de sus formas posibles.
También hablamos de poesía. Y dije algo que cada vez creo
con mayor convicción: “la poesía no necesariamente responde. Muchas veces
consigue formular mejor la pregunta.”
Y en una época desesperada por tener respuestas
inmediatas para absolutamente todo, detenerse a formular una buena pregunta ya
es una forma de resistencia.
Vivimos rodeados de instrucciones. Cómo ser felices. Cómo
superar una pérdida.
Cómo pensar positivamente. Cómo levantarnos después de
una caída. Cómo mirar hacia adelante. Cómo dejar atrás el pasado. La
literatura, en cambio, a veces nos dice otra cosa: Esperá. Quedate un momento
ahí. Miralo otra vez. Recordá. Preguntate qué pasó. Preguntate quién eras. Preguntate
quién sos ahora. Quizás escribir sea
también eso: darse permiso para detenerse.
Yo llevo muchos años viviendo entre libros, poemas,
músicas, recuerdos y páginas escritas. Y con el tiempo descubrí que uno nunca
escribe completamente solo.
Escribimos con todo lo que nos pasó. Con los libros que
leímos. Con las canciones que nos acompañaron. Con las películas que vimos. Con
las personas que amamos. Con las personas que perdimos. Con las conversaciones
absurdas de una madrugada. Con las ciudades que dejamos. Con las calles que ya
no existen. Con las heridas. Con las pequeñas alegrías. Con aquello que todavía
no sabemos si fue una tragedia o simplemente una parte de la vida. Todo eso
escribe con nosotros. Por eso tampoco creo demasiado en esa imagen romántica
del escritor encerrado en una habitación, aislado del mundo, produciendo
literatura como si las palabras nacieran exclusivamente de su cabeza. No. Uno
escribe con la vida. Y también escribe con la memoria. Pero la memoria no es un
museo. Es una criatura extraña. A veces inventa. A veces deforma. A veces
borra. A veces devuelve algo que creíamos perdido para siempre.
Una persona que ya no está puede aparecer de pronto en
una página. Una calle de hace treinta
años puede regresar en una frase. Una conversación olvidada puede convertirse
en poema. Una canción puede abrir una puerta que creíamos clausurada. La
escritura tiene ese extraño poder de convertir la ausencia en presencia. Y
quizás por eso escribimos también para conversar con quienes ya no están, con
quienes estuvieron poco tiempo, con quienes nos hicieron daño, con quienes
amamos y hasta con aquellas versiones de nosotros mismos que ya no existen.
Después alguien preguntó qué significa eso de que “el
alma escribe”. Y tuve que admitir que desconfío un poco de la palabra alma. Pero
entiendo perfectamente lo que intenta decir. Hay una zona de nosotros que no
habla con el lenguaje cotidiano. Durante el día hablamos para pedir cosas,
responder mensajes, trabajar, discutir, comprar, vender, explicar. Pero hay
cosas que no caben ahí. Y a veces aparece un poema. Una frase. Una página. Y de
pronto aquello que estaba adentro, todavía sin nombre, encuentra una forma. No
sé si eso es paz. Pero sí sé que hay un alivio enorme cuando algo que era
solamente sensación consigue convertirse en palabras. Y entonces vuelvo al
título del encuentro: Cuando el alma escribe, la paz es posible.
Ahora que pasó el conversatorio, creo que cambiaría
apenas una palabra. No estoy seguro de que escribir nos lleve a la paz. Pero sí
creo que escribir puede sacarnos de la soledad. Y quizás eso sea todavía más
importante. Porque a veces la paz no consiste en que desaparezca el ruido. A
veces consiste simplemente en descubrir que no somos los únicos escuchándolo. Ayer
hablé de esto frente a otras personas. Hoy, mientras vuelvo sobre lo que dije,
pienso que quizá la escritura no sea una manera de escapar del caos.
Quizás sea, simplemente, una manera de sentarnos frente a
él. Mirarlo. Escucharlo. Y decir: “esto que me pasa tiene palabras.”
Y cuando finalmente las encontramos, aunque sea por un
instante, el mundo parece hacer un poco menos de ruido.

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