El día que las promesas empezaron a costar dinero
En la vida casi siempre uno promete cosas que después,
cuando crece, descubre que eran imposibles.
De jóvenes prometemos amores eternos, amistades para
siempre, revoluciones inminentes, libros que vamos a escribir, viajes que vamos
a hacer, cuerpos que vamos a conservar y una cantidad considerable de cosas que
la existencia, con esa crueldad tranquila que tiene, se encarga de desmentir.
Yo a los 9 años en un cuaderno tapa dura Rivadavia forrado con papel araña azul
escribí una lista de cosas que me gustaría llevar a cabo en mi vida.
Después aparece la realidad. Y la realidad, a diferencia
de las promesas, cobra.
En política ocurre algo parecido.
En 1986, durante los primeros años de la democracia
recuperada, el dirigente radical Raúl Baglini formuló una observación que con
el tiempo terminaría convertida en una especie de ley no escrita de la política
argentina: “cuanto más lejos está un político del poder, más irresponsables
pueden ser sus propuestas; cuanto más cerca está de ejercerlo, más moderado y
prudente se vuelve su discurso.” “Hay que ser oficialista los primeros años y
oposición los últimos dos.“
Lo llamaron el “Teorema de Baglini”. No hacía falta
demasiada matemática. Era, más bien, una cuestión de gravedad. Desde la
oposición se puede prometer casi cualquier cosa porque las palabras todavía no
tienen que enfrentarse con los números. Desde el gobierno, en cambio, aparece
una cosa bastante desagradable llamada consecuencia.
El problema es que las consecuencias no participan de los
actos partidarios. No tienen banderas. No cantan. No aplauden. No aparecen en
los spots. Llegan después. Llegan en forma de presupuesto, déficit, inflación,
deuda, desempleo, jubilaciones más que mínimas, impuestos, tarifas, salarios
bajo el índice de la pobreza, hospitales, escuelas y una interminable fila de
problemas que no pueden resolverse con una frase ingeniosa pronunciada frente a
un micrófono.
La oposición tiene una ventaja extraordinaria: puede
hablar en futuro. El gobierno está condenado al presente. Y el presente es un
territorio mucho menos romántico.
El tema es analizar, razonar uno no puedo creer en
discursos imposible e irrealizables. Viajar a la estratósfera para llegar a
Japón en una hora y media, Pobreza cero, Cobrar en dólares por solo citar
algunas.
Volvemos al teorema de Baglini: Hay algo casi literario
en el. Porque describe una metamorfosis. El político que está lejos del poder
habla como un poeta. Todo parece posible. Hay dinero para todo. Se puede bajar
impuestos, aumentar salarios, multiplicar jubilaciones, subsidiar servicios,
financiar universidades, construir hospitales, reducir la deuda y, si queda un
rato libre, probablemente conquistar Marte.
El presupuesto, en esas circunstancias, es una obra de
ficción. Después llega el poder. Y entonces aparece el contador. El contador es
el personaje que arruina todas las novelas. Pregunta cuánto cuesta. Pregunta de
dónde sale. Pregunta qué pasa si no alcanza. Pregunta quién paga. Pregunta qué
se recorta. Pregunta qué se posterga. Pregunta qué pasa mañana. Y de pronto
aquel discurso inflamado que parecía capaz de transformar la historia empieza a
descubrir las palabras que antes despreciaba: equilibrio, gradualismo,
restricciones, recursos, sostenibilidad. La revolución descubre la planilla
Excel. Y ahí comienza la verdadera política.
Baglini no inventó la contradicción entre oposición y
gobierno. La describió. Porque gobernar significa administrar límites. Y
probablemente ahí esté la parte más incómoda de su teorema: “la distancia
respecto del poder permite ser más puro”.
Cuando uno no tiene que decidir, puede defender
principios absolutos. No hay problema en decir que jamás se hará determinada
cosa cuando la decisión no depende de uno. No hay problema en prometer que
jamás se negociará. No hay problema en afirmar que nunca se recortará, nunca se
devaluará, nunca se aumentará un impuesto, nunca se acordará con determinado
sector. La pureza ideológica es bastante más sencilla cuando no hay que firmar
el decreto. Después llega el poder. Y el poder tiene esa pésima costumbre de
convertir las ideas en decisiones.
Ahí descubrimos algo que los filósofos sabían desde hace
siglos: la realidad es mucho más difícil que las consignas.
Pero quizás Baglini también pueda leerse al revés. Porque
no siempre moderarse significa traicionar. A veces significa aprender. Tal vez
el político que se acerca al poder no necesariamente se vuelve cobarde. Tal vez
simplemente descubre que gobernar consiste, en buena medida, en elegir cuál de
todos los males posibles resulta menos dañino. Eso tampoco vende demasiado. Nadie
llena una plaza para escuchar: “Vamos a tomar la decisión menos mala dadas las
circunstancias.” La gente quiere épica. Quiere soluciones. Quiere escuchar que alguien tiene un plan
secreto para arreglarlo todo. Queremos héroes porque aceptar que la política
consiste muchas veces en administrar problemas nos resulta insoportable. Y
entonces aparecen los salvadores.
Los que tienen respuestas sencillas para preguntas
complicadas. Los que saben exactamente quién tiene la culpa. Los que prometen
que mañana empieza otra historia. Los que descubrieron, aparentemente, que
gobernar es una cuestión de voluntad. Hasta que gobiernan.
Hay una frase que podría escribirse en la puerta de
cualquier Congreso: “Ahora hacelo.”
Porque ese es el verdadero momento de la política. No
cuando se promete. Cuando hay que hacerlo. Cuando la idea abandona el discurso
y entra en la vida cotidiana de millones de personas. Cuando una decisión deja
de ser una frase y se convierte en el precio del supermercado. En la boleta de
luz. En el salario. En el alquiler. En la jubilación. En el empleo. En el
hospital. En la mesa de una familia. Ahí las palabras adquieren peso. Y algunas
empiezan a hundirse.
Quizás por eso el Teorema de Baglini sigue siendo tan
vigente.
No porque los políticos argentinos hayan cambiado
demasiado poco desde 1986.
Sino porque nosotros tampoco. Seguimos enamorándonos de
las promesas.
Seguimos creyendo que el próximo gobierno será distinto. Seguimos
esperando al hombre —o a la mujer— capaz de solucionar aquello que generaciones
enteras no pudieron resolver. Seguimos confundiendo, a veces, convicción con
certeza. Y seguimos sospechando de quien cambia de opinión, aunque cambiar de
opinión pueda ser, en determinadas circunstancias, una de las pocas señales de
inteligencia disponibles.
Hay algo hermoso y terrible en eso. Porque quizá crecer
sea justamente descubrir que el mundo no funciona como queríamos. Que algunas
promesas no pueden cumplirse. Que algunas batallas no pueden ganarse. Que
algunas decisiones tienen costos. Que toda elección implica una pérdida. Y que
gobernar no consiste en eliminar los problemas sino en decidir cuáles estamos
dispuestos a enfrentar.
Pienso entonces que Baglini no habló solamente de
políticos. Habló de nosotros.
De nuestra tendencia a ser valientes cuando no
arriesgamos nada. De nuestra generosidad cuando el dinero no es nuestro. De
nuestra capacidad para repartir recursos que todavía no existen. De nuestra
facilidad para exigir decisiones cuando las consecuencias las pagará otro. Tal
vez todos llevemos dentro un pequeño político de oposición. Uno que promete. Uno
que asegura. Uno que tiene soluciones. Uno que sabe exactamente qué debería
hacerse. Hasta que llega la factura. Entonces aparece otro. Más viejo. Más cansado.
Más prudente. Ese que mira los números y pregunta:
“Bueno, ¿y ahora qué hacemos?” Quizás ahí empiece la
adultez. En la política. En la vida. En nosotros mismos. Porque mientras las
palabras son gratis, todos podemos ser revolucionarios. El verdadero problema
empieza cuando alguien nos entrega las llaves. Y nos dice: Ahora goberná.
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