Crónicas del Desvelo. Los restos de la noche. Literatura, periodismo gonzo, poesía, ensayos y observaciones de José Luis Colombini.

Hay noches en las que los libros permanecen abiertos sobre la mesa, el whisky pierde lentamente el frío y las fotografías dejan de ser recuerdos para convertirse en interrogantes. Es en ese territorio incierto, donde la ciudad duerme y la memoria insiste en permanecer despierta, donde nacen estas crónicas. Crónicas del Desvelo no pretende ofrecer respuestas. Es un refugio para quienes encuentran en la literatura, el rock, el cine, la filosofía y la memoria una forma de habitar el mundo. Aquí conviven Borges y Baudelaire con Robert Smith y Bowie; Schopenhauer conversa con Camus mientras una película española, una novela olvidada o una canción de post-punk iluminan, aunque sea por un instante, la oscuridad de la madrugada. Escribo desde Traslasierra, pero también desde los bares de la memoria, las bibliotecas de la adolescencia, los discos gastados, las calles recorridas y las pérdidas que todavía siguen haciendo preguntas. Cada texto es una mezcla de ensayo, autobiografía y periodismo gonzo; una manera de entender que el autor no observa la realidad desde afuera, sino que inevitablemente forma parte de ella. Porque escribir, al final, no consiste en contar una historia. Consiste en descubrir qué historia nos está contando a nosotros. “Esto no es contenido. Es insomnio grabado.”
Cada palabra publicada en este blog nació de la escritura de José Luis Colombini. Estas crónicas, ensayos, poemas y reflexiones forman parte de su obra intelectual y están protegidos por los derechos de autor. Si algún texto te conmueve, podés compartirlo, siempre citando la fuente y respetando la autoría. Gracias por valorar el trabajo creativo y la escritura independiente.

El día que las promesas empezaron a costar dinero


 

El día que las promesas empezaron a costar dinero

 

En la vida casi siempre uno promete cosas que después, cuando crece, descubre que eran imposibles.

De jóvenes prometemos amores eternos, amistades para siempre, revoluciones inminentes, libros que vamos a escribir, viajes que vamos a hacer, cuerpos que vamos a conservar y una cantidad considerable de cosas que la existencia, con esa crueldad tranquila que tiene, se encarga de desmentir. Yo a los 9 años en un cuaderno tapa dura Rivadavia forrado con papel araña azul escribí una lista de cosas que me gustaría llevar a cabo en mi vida.

Después aparece la realidad. Y la realidad, a diferencia de las promesas, cobra.

En política ocurre algo parecido.

En 1986, durante los primeros años de la democracia recuperada, el dirigente radical Raúl Baglini formuló una observación que con el tiempo terminaría convertida en una especie de ley no escrita de la política argentina: “cuanto más lejos está un político del poder, más irresponsables pueden ser sus propuestas; cuanto más cerca está de ejercerlo, más moderado y prudente se vuelve su discurso.” “Hay que ser oficialista los primeros años y oposición los últimos dos.“

Lo llamaron el “Teorema de Baglini”. No hacía falta demasiada matemática. Era, más bien, una cuestión de gravedad. Desde la oposición se puede prometer casi cualquier cosa porque las palabras todavía no tienen que enfrentarse con los números. Desde el gobierno, en cambio, aparece una cosa bastante desagradable llamada consecuencia.

El problema es que las consecuencias no participan de los actos partidarios. No tienen banderas. No cantan. No aplauden. No aparecen en los spots. Llegan después. Llegan en forma de presupuesto, déficit, inflación, deuda, desempleo, jubilaciones más que mínimas, impuestos, tarifas, salarios bajo el índice de la pobreza, hospitales, escuelas y una interminable fila de problemas que no pueden resolverse con una frase ingeniosa pronunciada frente a un micrófono.

La oposición tiene una ventaja extraordinaria: puede hablar en futuro. El gobierno está condenado al presente. Y el presente es un territorio mucho menos romántico.

El tema es analizar, razonar uno no puedo creer en discursos imposible e irrealizables. Viajar a la estratósfera para llegar a Japón en una hora y media, Pobreza cero, Cobrar en dólares por solo citar algunas.

Volvemos al teorema de Baglini: Hay algo casi literario en el. Porque describe una metamorfosis. El político que está lejos del poder habla como un poeta. Todo parece posible. Hay dinero para todo. Se puede bajar impuestos, aumentar salarios, multiplicar jubilaciones, subsidiar servicios, financiar universidades, construir hospitales, reducir la deuda y, si queda un rato libre, probablemente conquistar Marte.

El presupuesto, en esas circunstancias, es una obra de ficción. Después llega el poder. Y entonces aparece el contador. El contador es el personaje que arruina todas las novelas. Pregunta cuánto cuesta. Pregunta de dónde sale. Pregunta qué pasa si no alcanza. Pregunta quién paga. Pregunta qué se recorta. Pregunta qué se posterga. Pregunta qué pasa mañana. Y de pronto aquel discurso inflamado que parecía capaz de transformar la historia empieza a descubrir las palabras que antes despreciaba: equilibrio, gradualismo, restricciones, recursos, sostenibilidad. La revolución descubre la planilla Excel. Y ahí comienza la verdadera política.

Baglini no inventó la contradicción entre oposición y gobierno. La describió. Porque gobernar significa administrar límites. Y probablemente ahí esté la parte más incómoda de su teorema: “la distancia respecto del poder permite ser más puro”.

Cuando uno no tiene que decidir, puede defender principios absolutos. No hay problema en decir que jamás se hará determinada cosa cuando la decisión no depende de uno. No hay problema en prometer que jamás se negociará. No hay problema en afirmar que nunca se recortará, nunca se devaluará, nunca se aumentará un impuesto, nunca se acordará con determinado sector. La pureza ideológica es bastante más sencilla cuando no hay que firmar el decreto. Después llega el poder. Y el poder tiene esa pésima costumbre de convertir las ideas en decisiones.

Ahí descubrimos algo que los filósofos sabían desde hace siglos: la realidad es mucho más difícil que las consignas.

Pero quizás Baglini también pueda leerse al revés. Porque no siempre moderarse significa traicionar. A veces significa aprender. Tal vez el político que se acerca al poder no necesariamente se vuelve cobarde. Tal vez simplemente descubre que gobernar consiste, en buena medida, en elegir cuál de todos los males posibles resulta menos dañino. Eso tampoco vende demasiado. Nadie llena una plaza para escuchar: “Vamos a tomar la decisión menos mala dadas las circunstancias.” La gente quiere épica. Quiere soluciones.  Quiere escuchar que alguien tiene un plan secreto para arreglarlo todo. Queremos héroes porque aceptar que la política consiste muchas veces en administrar problemas nos resulta insoportable. Y entonces aparecen los salvadores.

Los que tienen respuestas sencillas para preguntas complicadas. Los que saben exactamente quién tiene la culpa. Los que prometen que mañana empieza otra historia. Los que descubrieron, aparentemente, que gobernar es una cuestión de voluntad. Hasta que gobiernan.

Hay una frase que podría escribirse en la puerta de cualquier Congreso: “Ahora hacelo.”

Porque ese es el verdadero momento de la política. No cuando se promete. Cuando hay que hacerlo. Cuando la idea abandona el discurso y entra en la vida cotidiana de millones de personas. Cuando una decisión deja de ser una frase y se convierte en el precio del supermercado. En la boleta de luz. En el salario. En el alquiler. En la jubilación. En el empleo. En el hospital. En la mesa de una familia. Ahí las palabras adquieren peso. Y algunas empiezan a hundirse.

Quizás por eso el Teorema de Baglini sigue siendo tan vigente.

No porque los políticos argentinos hayan cambiado demasiado poco desde 1986.

Sino porque nosotros tampoco. Seguimos enamorándonos de las promesas.

Seguimos creyendo que el próximo gobierno será distinto. Seguimos esperando al hombre —o a la mujer— capaz de solucionar aquello que generaciones enteras no pudieron resolver. Seguimos confundiendo, a veces, convicción con certeza. Y seguimos sospechando de quien cambia de opinión, aunque cambiar de opinión pueda ser, en determinadas circunstancias, una de las pocas señales de inteligencia disponibles.

Hay algo hermoso y terrible en eso. Porque quizá crecer sea justamente descubrir que el mundo no funciona como queríamos. Que algunas promesas no pueden cumplirse. Que algunas batallas no pueden ganarse. Que algunas decisiones tienen costos. Que toda elección implica una pérdida. Y que gobernar no consiste en eliminar los problemas sino en decidir cuáles estamos dispuestos a enfrentar.

Pienso entonces que Baglini no habló solamente de políticos. Habló de nosotros.

De nuestra tendencia a ser valientes cuando no arriesgamos nada. De nuestra generosidad cuando el dinero no es nuestro. De nuestra capacidad para repartir recursos que todavía no existen. De nuestra facilidad para exigir decisiones cuando las consecuencias las pagará otro. Tal vez todos llevemos dentro un pequeño político de oposición. Uno que promete. Uno que asegura. Uno que tiene soluciones. Uno que sabe exactamente qué debería hacerse. Hasta que llega la factura. Entonces aparece otro. Más viejo. Más cansado. Más prudente. Ese que mira los números y pregunta:

“Bueno, ¿y ahora qué hacemos?” Quizás ahí empiece la adultez. En la política. En la vida. En nosotros mismos. Porque mientras las palabras son gratis, todos podemos ser revolucionarios. El verdadero problema empieza cuando alguien nos entrega las llaves. Y nos dice: Ahora goberná.

 

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