El hombre araña que trepó desde mi infancia
Durante años tuve una imagen perdida en algún lugar de la memoria: una sala de cine, una pantalla enorme y un hombre vestido de rojo y azul trepando por las paredes de un edificio.
No recuerdo exactamente qué año era. 1978. Quizás 1979.
Yo era un niño y Spider-Man todavía no era el monstruo
cultural en el que terminaría convirtiéndose. No existían Tobey Maguire, Andrew
Garfield ni Tom Holland. No había multiversos, ni millones de dólares en
efectos digitales, ni superhéroes que parecían capaces de destruir una ciudad
entera en cinco minutos.
Había un hombre con un traje rojo y azul. Y trepaba
edificios.
Durante mucho tiempo pensé que ese recuerdo podía ser una
invención de la memoria. Una de esas imágenes que la infancia fabrica después
de décadas de mezclar películas, revistas, historietas, televisión y
conversaciones de adultos. Pero un día empecé a investigar. Y apareció Nicholas
Hammond. El Spider-Man de los setenta.
En 1977 se estrenó en Estados Unidos “The Amazing
Spider-Man”, una serie televisiva protagonizada por Nicholas Hammond como Peter
Parker.
Hammond ya era conocido por haber interpretado a
Friedrich von Trapp en La novicia rebelde. Pero ahora tenía que convertirse en
algo completamente distinto: un fotógrafo bastante tímido que, después de ser
mordido por una araña radiactiva, descubría que podía trepar paredes y
convertirse en Spider-Man.
La serie tenía esa estética inconfundible de los setenta.
Los colores eran intensos. Los efectos especiales eran
artesanales. Las telarañas parecían telarañas. Y para mostrar al Hombre Araña
desplazándose por los edificios no existía la posibilidad de generar
digitalmente un cuerpo suspendido entre rascacielos.
Había cables. Había trucos de cámara. Había
especialistas. Había una época en la que el cine todavía tenía que engañar al
espectador con recursos físicos. Y quizás por eso aquella imagen quedó. Un
hombre rojo y azul pegado a una pared. Una figura imposible haciendo algo que,
en la pantalla de un cine, durante unos segundos parecía perfectamente real.
La película que quizás vi.
Lo curioso es que Spider-Man no nació exactamente como
una película. Fue concebida como el piloto de una serie de televisión. Pero
posteriormente fue distribuida internacionalmente en formato cinematográfico. Y
ahí aparece mi recuerdo. Porque yo no recuerdo haber visto aquella historia en
televisión. Recuerdo un cine. Recuerdo la oscuridad de la sala. Recuerdo la
pantalla. Recuerdo estábamos con mi primo Paul. Y recuerdo al Hombre Araña.
La película de 1977 fue estrenada internacionalmente como
largometraje y posteriormente hubo otras películas montadas a partir de
episodios de la serie, entre ellas “Spider-Man Strikes Back”, de 1978. Así que
quizás mi memoria no estaba equivocada. Quizás solamente había olvidado el
nombre. Eso también es algo que hace la infancia: conserva las imágenes y tira
a la basura las etiquetas. No sabemos el título.
No sabemos quién actuaba. No sabemos exactamente cuándo
ocurrió. Pero recordamos un color. Una música. Una cara. Una escena. Una puerta
de cine.
Antes de Hollywood
Lo más extraño es que, cuando uno reconstruye la historia
de Spider-Man en el cine, descubre que aquel recuerdo forma parte de una
historia mucho más rara de lo que imaginaba. Antes de Nicholas Hammond hubo
incluso un Spider-Man cinematográfico clandestino.
En 1969, Donald F. Glut realizó un pequeño cortometraje
de Spider-Man. Era una producción amateur, hecha por un fan.
Después llegó algo todavía más extraño. En 1973, Turquía
produjo 3 Dev Adam, una película en la que aparecían el Capitán América, el
Santo y Spider-Man.
Pero aquel Spider-Man no era Peter Parker. Era el
villano. Un Spider-Man turco, criminal, brutal, completamente alejado del
personaje de Marvel. Y en 1978 Japón hizo algo todavía más delirante. Creó su
propio Spider-Man.
El protagonista era Takuya Yamashiro, un joven que
obtenía sus poderes después de encontrarse con un extraterrestre. Y tenía un
robot gigante. Leopardon.
El Hombre Araña japonés podía convertirse en una especie
de piloto de mecha y enfrentarse a monstruos gigantes. Es decir: mientras yo,
en algún cine de mi infancia, creo era el Gran ocean, veía a un muchacho rojo y
azul trepar por un edificio, en otra parte del planeta Spider-Man estaba
preparándose para combatir monstruos con un robot gigante. El personaje ya no
pertenecía a una sola historia. Estaba empezando a multiplicarse.
Después vendría Hollywood.
Pasaron muchos años. Spider-Man volvió a intentar llegar
al cine una y otra vez. Hubo productores. Estudios. Guiones. Proyectos
abandonados. Películas que estuvieron a punto de hacerse. Cannon Films compró
los derechos en los años ochenta y llegó a imaginar un Spider-Man bastante más
extraño que el de los cómics.
Después apareció James Cameron. Sí. El mismo James
Cameron de “Terminator”, “Aliens” y “Titanic”. Cameron escribió su propia
versión de Spider-Man. Durante un tiempo, el proyecto parecía posible. Hasta se
habló de Leonardo DiCaprio para interpretar a Peter Parker. Pero aquella
película tampoco llegó a existir.
Spider-Man siguió esperando.
Hasta que en 2002 llegó Tobey Maguire. Entonces todo
cambió. El personaje que yo había visto de chico trepando edificios con cables
se convirtió en una superproducción de Hollywood.
Después llegaron Andrew Garfield. Tom Holland. Miles
Morales.
El Spider-Verse.
Y finalmente ocurrió algo que parecía imposible: Tobey
Maguire volvió a ponerse el traje. Andrew Garfield volvió a ponerse el traje. Tom
Holland estaba allí. Los tres Spider-Man compartieron la misma película. Y
entonces pensé en aquel cine de mi infancia. En aquella pantalla enorme. En Mi
primo hermano Paul. En aquel traje rojo y azul. En aquel hombre que trepaba una
pared mientras yo todavía no sabía que estaba viendo una de las primeras
versiones cinematográficas de un personaje que, décadas después, iba a
convertirse en uno de los mayores mitos populares del planeta.
La memoria también tiene telarañas
Quizás algún dato de mi recuerdo sea incorrecto. Quizás
haya sido 1978. Quizás 1979. Quizás haya visto Spider-Man. Quizás Spider-Man
Strikes Back. La memoria no trabaja como una filmoteca. No conserva fichas
técnicas. No guarda fechas de estreno. Guarda fragmentos. Un rostro. Un color. Una
música. El olor de una sala de cine. El sonido de una puerta cerrándose. La
oscuridad antes de que empiece la película. Y una figura imposible apareciendo
sobre la pantalla. Rojo. Azul. Suspendida contra un edificio. Spider-Man. Durante
años pensé que lo que recordaba era simplemente una película.
Ahora creo que era algo más. Era una de esas primeras
imágenes que se quedan para siempre. Una de esas escenas que uno no sabe por
qué conserva. Quizás porque algunas películas no terminan cuando se encienden
las luces. Algunas se quedan viviendo dentro de nosotros. Esperan cuarenta,
cincuenta años. Y un día regresan.
Como una araña que baja lentamente desde el techo. Como
una telaraña tendida entre dos edificios. Como un chico que vuelve a entrar,
después de medio siglo, en aquella sala oscura y descubre que el Hombre Araña
todavía está ahí. Trepando. Rojo y azul.
Esperándome.





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