Crónicas del Desvelo. Los restos de la noche. Literatura, periodismo gonzo, poesía, ensayos y observaciones de José Luis Colombini.

Hay noches en las que los libros permanecen abiertos sobre la mesa, el whisky pierde lentamente el frío y las fotografías dejan de ser recuerdos para convertirse en interrogantes. Es en ese territorio incierto, donde la ciudad duerme y la memoria insiste en permanecer despierta, donde nacen estas crónicas. Crónicas del Desvelo no pretende ofrecer respuestas. Es un refugio para quienes encuentran en la literatura, el rock, el cine, la filosofía y la memoria una forma de habitar el mundo. Aquí conviven Borges y Baudelaire con Robert Smith y Bowie; Schopenhauer conversa con Camus mientras una película española, una novela olvidada o una canción de post-punk iluminan, aunque sea por un instante, la oscuridad de la madrugada. Escribo desde Traslasierra, pero también desde los bares de la memoria, las bibliotecas de la adolescencia, los discos gastados, las calles recorridas y las pérdidas que todavía siguen haciendo preguntas. Cada texto es una mezcla de ensayo, autobiografía y periodismo gonzo; una manera de entender que el autor no observa la realidad desde afuera, sino que inevitablemente forma parte de ella. Porque escribir, al final, no consiste en contar una historia. Consiste en descubrir qué historia nos está contando a nosotros. “Esto no es contenido. Es insomnio grabado.”
Cada palabra publicada en este blog nació de la escritura de José Luis Colombini. Estas crónicas, ensayos, poemas y reflexiones forman parte de su obra intelectual y están protegidos por los derechos de autor. Si algún texto te conmueve, podés compartirlo, siempre citando la fuente y respetando la autoría. Gracias por valorar el trabajo creativo y la escritura independiente.

El hombre araña que trepó desde mi infancia

El hombre araña que trepó desde mi infancia

Durante años tuve una imagen perdida en algún lugar de la memoria: una sala de cine, una pantalla enorme y un hombre vestido de rojo y azul trepando por las paredes de un edificio.

No recuerdo exactamente qué año era. 1978. Quizás 1979.

Yo era un niño y Spider-Man todavía no era el monstruo cultural en el que terminaría convirtiéndose. No existían Tobey Maguire, Andrew Garfield ni Tom Holland. No había multiversos, ni millones de dólares en efectos digitales, ni superhéroes que parecían capaces de destruir una ciudad entera en cinco minutos.

Había un hombre con un traje rojo y azul. Y trepaba edificios.

Durante mucho tiempo pensé que ese recuerdo podía ser una invención de la memoria. Una de esas imágenes que la infancia fabrica después de décadas de mezclar películas, revistas, historietas, televisión y conversaciones de adultos. Pero un día empecé a investigar. Y apareció Nicholas Hammond. El Spider-Man de los setenta.

En 1977 se estrenó en Estados Unidos “The Amazing Spider-Man”, una serie televisiva protagonizada por Nicholas Hammond como Peter Parker.

Hammond ya era conocido por haber interpretado a Friedrich von Trapp en La novicia rebelde. Pero ahora tenía que convertirse en algo completamente distinto: un fotógrafo bastante tímido que, después de ser mordido por una araña radiactiva, descubría que podía trepar paredes y convertirse en Spider-Man.

La serie tenía esa estética inconfundible de los setenta.

Los colores eran intensos. Los efectos especiales eran artesanales. Las telarañas parecían telarañas. Y para mostrar al Hombre Araña desplazándose por los edificios no existía la posibilidad de generar digitalmente un cuerpo suspendido entre rascacielos.

Había cables. Había trucos de cámara. Había especialistas. Había una época en la que el cine todavía tenía que engañar al espectador con recursos físicos. Y quizás por eso aquella imagen quedó. Un hombre rojo y azul pegado a una pared. Una figura imposible haciendo algo que, en la pantalla de un cine, durante unos segundos parecía perfectamente real.

 


La película que quizás vi.

 

Lo curioso es que Spider-Man no nació exactamente como una película. Fue concebida como el piloto de una serie de televisión. Pero posteriormente fue distribuida internacionalmente en formato cinematográfico. Y ahí aparece mi recuerdo. Porque yo no recuerdo haber visto aquella historia en televisión. Recuerdo un cine. Recuerdo la oscuridad de la sala. Recuerdo la pantalla. Recuerdo estábamos con mi primo Paul. Y recuerdo al Hombre Araña.

La película de 1977 fue estrenada internacionalmente como largometraje y posteriormente hubo otras películas montadas a partir de episodios de la serie, entre ellas “Spider-Man Strikes Back”, de 1978. Así que quizás mi memoria no estaba equivocada. Quizás solamente había olvidado el nombre. Eso también es algo que hace la infancia: conserva las imágenes y tira a la basura las etiquetas. No sabemos el título.

No sabemos quién actuaba. No sabemos exactamente cuándo ocurrió. Pero recordamos un color. Una música. Una cara. Una escena. Una puerta de cine.

Antes de Hollywood 

Lo más extraño es que, cuando uno reconstruye la historia de Spider-Man en el cine, descubre que aquel recuerdo forma parte de una historia mucho más rara de lo que imaginaba. Antes de Nicholas Hammond hubo incluso un Spider-Man cinematográfico clandestino.

En 1969, Donald F. Glut realizó un pequeño cortometraje de Spider-Man. Era una producción amateur, hecha por un fan.

Después llegó algo todavía más extraño. En 1973, Turquía produjo 3 Dev Adam, una película en la que aparecían el Capitán América, el Santo y Spider-Man.

Pero aquel Spider-Man no era Peter Parker. Era el villano. Un Spider-Man turco, criminal, brutal, completamente alejado del personaje de Marvel. Y en 1978 Japón hizo algo todavía más delirante. Creó su propio Spider-Man.

El protagonista era Takuya Yamashiro, un joven que obtenía sus poderes después de encontrarse con un extraterrestre. Y tenía un robot gigante. Leopardon.

El Hombre Araña japonés podía convertirse en una especie de piloto de mecha y enfrentarse a monstruos gigantes. Es decir: mientras yo, en algún cine de mi infancia, creo era el Gran ocean, veía a un muchacho rojo y azul trepar por un edificio, en otra parte del planeta Spider-Man estaba preparándose para combatir monstruos con un robot gigante. El personaje ya no pertenecía a una sola historia. Estaba empezando a multiplicarse.

 


Después vendría Hollywood.

 

Pasaron muchos años. Spider-Man volvió a intentar llegar al cine una y otra vez. Hubo productores. Estudios. Guiones. Proyectos abandonados. Películas que estuvieron a punto de hacerse. Cannon Films compró los derechos en los años ochenta y llegó a imaginar un Spider-Man bastante más extraño que el de los cómics.

Después apareció James Cameron. Sí. El mismo James Cameron de “Terminator”, “Aliens” y “Titanic”. Cameron escribió su propia versión de Spider-Man. Durante un tiempo, el proyecto parecía posible. Hasta se habló de Leonardo DiCaprio para interpretar a Peter Parker. Pero aquella película tampoco llegó a existir.

 

Spider-Man siguió esperando.

 

Hasta que en 2002 llegó Tobey Maguire. Entonces todo cambió. El personaje que yo había visto de chico trepando edificios con cables se convirtió en una superproducción de Hollywood.

Después llegaron Andrew Garfield. Tom Holland. Miles Morales.

 


El Spider-Verse.

 

Y finalmente ocurrió algo que parecía imposible: Tobey Maguire volvió a ponerse el traje. Andrew Garfield volvió a ponerse el traje. Tom Holland estaba allí. Los tres Spider-Man compartieron la misma película. Y entonces pensé en aquel cine de mi infancia. En aquella pantalla enorme. En Mi primo hermano Paul. En aquel traje rojo y azul. En aquel hombre que trepaba una pared mientras yo todavía no sabía que estaba viendo una de las primeras versiones cinematográficas de un personaje que, décadas después, iba a convertirse en uno de los mayores mitos populares del planeta.

 

La memoria también tiene telarañas

 

Quizás algún dato de mi recuerdo sea incorrecto. Quizás haya sido 1978. Quizás 1979. Quizás haya visto Spider-Man. Quizás Spider-Man Strikes Back. La memoria no trabaja como una filmoteca. No conserva fichas técnicas. No guarda fechas de estreno. Guarda fragmentos. Un rostro. Un color. Una música. El olor de una sala de cine. El sonido de una puerta cerrándose. La oscuridad antes de que empiece la película. Y una figura imposible apareciendo sobre la pantalla. Rojo. Azul. Suspendida contra un edificio. Spider-Man. Durante años pensé que lo que recordaba era simplemente una película.

Ahora creo que era algo más. Era una de esas primeras imágenes que se quedan para siempre. Una de esas escenas que uno no sabe por qué conserva. Quizás porque algunas películas no terminan cuando se encienden las luces. Algunas se quedan viviendo dentro de nosotros. Esperan cuarenta, cincuenta años. Y un día regresan.

Como una araña que baja lentamente desde el techo. Como una telaraña tendida entre dos edificios. Como un chico que vuelve a entrar, después de medio siglo, en aquella sala oscura y descubre que el Hombre Araña todavía está ahí. Trepando. Rojo y azul.

Esperándome.

 


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