Crónicas del Desvelo. Los restos de la noche. Literatura, periodismo gonzo, poesía, ensayos y observaciones de José Luis Colombini.

Hay noches en las que los libros permanecen abiertos sobre la mesa, el whisky pierde lentamente el frío y las fotografías dejan de ser recuerdos para convertirse en interrogantes. Es en ese territorio incierto, donde la ciudad duerme y la memoria insiste en permanecer despierta, donde nacen estas crónicas. Crónicas del Desvelo no pretende ofrecer respuestas. Es un refugio para quienes encuentran en la literatura, el rock, el cine, la filosofía y la memoria una forma de habitar el mundo. Aquí conviven Borges y Baudelaire con Robert Smith y Bowie; Schopenhauer conversa con Camus mientras una película española, una novela olvidada o una canción de post-punk iluminan, aunque sea por un instante, la oscuridad de la madrugada. Escribo desde Traslasierra, pero también desde los bares de la memoria, las bibliotecas de la adolescencia, los discos gastados, las calles recorridas y las pérdidas que todavía siguen haciendo preguntas. Cada texto es una mezcla de ensayo, autobiografía y periodismo gonzo; una manera de entender que el autor no observa la realidad desde afuera, sino que inevitablemente forma parte de ella. Porque escribir, al final, no consiste en contar una historia. Consiste en descubrir qué historia nos está contando a nosotros. “Esto no es contenido. Es insomnio grabado.”
Cada palabra publicada en este blog nació de la escritura de José Luis Colombini. Estas crónicas, ensayos, poemas y reflexiones forman parte de su obra intelectual y están protegidos por los derechos de autor. Si algún texto te conmueve, podés compartirlo, siempre citando la fuente y respetando la autoría. Gracias por valorar el trabajo creativo y la escritura independiente.

El destino tiene sentido del humor (Paradojas)


 El destino tiene sentido del humor (Paradojas)

 

Tanto escribir tragedias para morir trágicamente.

Esquilo murió en el año 456 a. C., en Gela, Sicilia. Estaba sentado tranquilamente en una colina cuando un quebrantahuesos —una especie de buitre— dejó caer desde las alturas una tortuga que llevaba entre las garras. El ave, confundiendo la cabeza calva del dramaturgo con una piedra, intentaba romper contra ella el caparazón del animal.

La tortuga cayó sobre Esquilo. Y lo mató.

Hay algo de justicia poética, aunque bastante cruel, en que uno de los padres de la tragedia griega terminara protagonizando una escena que difícilmente se habría animado a escribir.

Pero la historia tiene una vuelta todavía mejor.

Poco antes de morir, el oráculo le había anunciado que moriría aplastado por una casa.

Esquilo, hombre prudente o simplemente alguien que prefería no tentar demasiado a los dioses, tomó sus recaudos. Se marchó de la ciudad y se fue a vivir a las colinas. Si el destino pensaba matarlo bajo una casa, no iba a encontrarlo fácilmente.

Y efectivamente no lo encontró. Lo encontró un buitre.

Hay algo profundamente humano en esta historia. Creemos que podemos negociar con el destino. Cambiamos de casa, de ciudad, de trabajo, de pareja, de hábitos. Nos mudamos buscando otra vida. A veces incluso creemos que hemos conseguido escapar.

Pero quizá el destino no sea una casa. Quizá sea la tortuga.

Lo extraordinario de Esquilo no es solamente que haya muerto de una manera absurda. Es que hizo todo lo posible para evitar aquello que le habían anunciado y, sin embargo, terminó muriendo por algo que nadie habría podido imaginar.

Tal vez esa sea una de las grandes paradojas de la existencia: pasamos buena parte de la vida tratando de evitar aquello que tememos, sin advertir que mientras tanto pueden estar cayendo tortugas desde el cielo.

Esquilo escribió tragedias durante toda su vida.

El destino, que evidentemente tenía sentido del humor, decidió escribirle la última.

Quizá el oráculo no se había equivocado. Esquilo moriría aplastado por una casa.

Solo que nadie había dicho que la casa tendría que ser grande.

La casa era una tortuga. Y cayó del cielo.

 

 

 

 

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