El disco que Spotify olvidó
Un disco que conservo.
Prostitución y vagancia, el primer disco de Los Guarros,
pertenece para mí a la categoría de olvidados por las plataformas de música.
Salió el 9 de julio de 1989, cuando el rock argentino
todavía podía aparecer en una disquería como un objeto extraño, envuelto en
cartón, con una fotografía, una lista de canciones y poca explicación. Los
Guarros habían nacido apenas un año antes, alrededor de Javier Calamaro y
Daniel “Gitano” Herrera, y este primer álbum fue grabado en enero de aquel
mismo 1989, en Del Cielito.
Yo todavía tengo el vinilo. Y también el cassette. Dos
formas de escuchar exactamente el mismo disco, pero también dos formas de
conservar una época. Porque hoy resulta extraño pensar que una banda pueda
tener un disco que no esté disponible completo en Spotify. Estamos
acostumbrados a que la música exista en alguna nube, en alguna plataforma, en
alguna lista de reproducción perdida entre millones de canciones. Pero “Prostitución
y vagancia” pertenece a otro mundo. Un mundo en el que si querías escuchar un
disco tenías que tenerlo. O conseguirlo. O copiarlo. O esperar que algún amigo
lo tuviera. Y entonces aparece el cassette, ese pequeño rectángulo plástico que
durante décadas fue una especie de tecnología de la memoria. Se grababa, se
prestaba, se copiaba, se escuchaba hasta que la cinta empezaba a sonar un poco
distinta. El cassette no era solamente un soporte: era una forma de circulación
clandestina y afectiva de la música. El vinilo, en cambio, tenía algo
ceremonial. Sacarlo de la funda. Ponerlo en la bandeja. Limpiar el polvo. Bajar
la púa. Y esperar ese pequeño ruido antes de que apareciera la música.
Prostitución y vagancia merece justamente esa ceremonia.
No es todavía el Los Guarros que después quedaría
asociado a “Vamos a la ruta”. Ese hit pertenece al disco homónimo posterior, y
la propia historia de la banda marca Prostitución y vagancia como un comienzo
mucho más áspero.
Acá están “Vamos a rezar”, “Alabada sea la sangre
latina”, “La calle del terror”, “Buscando una taberna”, “Carne y sudor”,
“Caperucita se fue al bosque”, “Vidrios rotos”. Diez canciones que todavía
conservan algo de banda recién nacida, de músicos jóvenes jugando a llevar el
rock hacia lugares incómodos.
Y hasta la tapa parece decirlo. No hay glamour. No hay una fotografía cuidadosamente iluminada para vender una estrella. Hay una imagen casi mugrienta, contrastada, incómoda. Una estética que parece hecha con fotocopiadora, pared de ensayo y madrugada. Y no es casual que la dirección de arte figure a nombre de Los Guarros.
El disco, además, no pasó completamente inadvertido. En
la encuesta de la revista “Pelo” sobre 1989 apareció entre los diez discos
destacados del año, compartiendo ese espacio con discos de Charly García, Soda
Stereo, Los Redondos, Los Violadores y otros nombres enormes de aquel momento.
Pero después vino el tiempo. La banda siguió. Llegaron Rosas
en tu pecho, Los Guarros, Veneno, Acústico y Rock N' Roll, Pampas lisérgicas.
Llegaron “Vamos a la ruta”, los grandes escenarios como soportes de, Joe
Cocker, Guns N' Roses, Brian May.
Y aquel primer disco quedó un poco atrás. Quizás por eso
me gusta tanto conservarlo todavía en un vinilo y en un cassette.
Porque mientras la industria digital pretende
convencernos de que todo está disponible, la existencia física de estos discos
demuestra lo contrario. “No todo está.”
Hay música que desaparece de los catálogos, ediciones que
nunca llegaron al CD, discos que sobreviven solamente en YouTube, en una copia
subida quién sabe por quién, o en la colección de algún tipo que decidió no
tirar aquello que los demás consideraban viejo. Y entonces uno entiende que
coleccionar discos no es exactamente acumular cosas. A veces es hacerle un
pequeño agujero al olvido.
Tengo “Prostitución y vagancia” en vinilo. Lo tengo
también en cassette.
Quizás por eso, cuando Spotify no sabe dónde encontrarlo,
no me preocupa demasiado. Yo sé dónde está.


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