Crónicas del Desvelo. Los restos de la noche. Literatura, periodismo gonzo, poesía, ensayos y observaciones de José Luis Colombini.

Hay noches en las que los libros permanecen abiertos sobre la mesa, el whisky pierde lentamente el frío y las fotografías dejan de ser recuerdos para convertirse en interrogantes. Es en ese territorio incierto, donde la ciudad duerme y la memoria insiste en permanecer despierta, donde nacen estas crónicas. Crónicas del Desvelo no pretende ofrecer respuestas. Es un refugio para quienes encuentran en la literatura, el rock, el cine, la filosofía y la memoria una forma de habitar el mundo. Aquí conviven Borges y Baudelaire con Robert Smith y Bowie; Schopenhauer conversa con Camus mientras una película española, una novela olvidada o una canción de post-punk iluminan, aunque sea por un instante, la oscuridad de la madrugada. Escribo desde Traslasierra, pero también desde los bares de la memoria, las bibliotecas de la adolescencia, los discos gastados, las calles recorridas y las pérdidas que todavía siguen haciendo preguntas. Cada texto es una mezcla de ensayo, autobiografía y periodismo gonzo; una manera de entender que el autor no observa la realidad desde afuera, sino que inevitablemente forma parte de ella. Porque escribir, al final, no consiste en contar una historia. Consiste en descubrir qué historia nos está contando a nosotros. “Esto no es contenido. Es insomnio grabado.”
Cada palabra publicada en este blog nació de la escritura de José Luis Colombini. Estas crónicas, ensayos, poemas y reflexiones forman parte de su obra intelectual y están protegidos por los derechos de autor. Si algún texto te conmueve, podés compartirlo, siempre citando la fuente y respetando la autoría. Gracias por valorar el trabajo creativo y la escritura independiente.

El disco que Spotify olvidó

El disco que Spotify olvidó

 

Un disco que conservo.

Prostitución y vagancia, el primer disco de Los Guarros, pertenece para mí a la categoría de olvidados por las plataformas de música.

Salió el 9 de julio de 1989, cuando el rock argentino todavía podía aparecer en una disquería como un objeto extraño, envuelto en cartón, con una fotografía, una lista de canciones y poca explicación. Los Guarros habían nacido apenas un año antes, alrededor de Javier Calamaro y Daniel “Gitano” Herrera, y este primer álbum fue grabado en enero de aquel mismo 1989, en Del Cielito.

Yo todavía tengo el vinilo. Y también el cassette. Dos formas de escuchar exactamente el mismo disco, pero también dos formas de conservar una época. Porque hoy resulta extraño pensar que una banda pueda tener un disco que no esté disponible completo en Spotify. Estamos acostumbrados a que la música exista en alguna nube, en alguna plataforma, en alguna lista de reproducción perdida entre millones de canciones. Pero “Prostitución y vagancia” pertenece a otro mundo. Un mundo en el que si querías escuchar un disco tenías que tenerlo. O conseguirlo. O copiarlo. O esperar que algún amigo lo tuviera. Y entonces aparece el cassette, ese pequeño rectángulo plástico que durante décadas fue una especie de tecnología de la memoria. Se grababa, se prestaba, se copiaba, se escuchaba hasta que la cinta empezaba a sonar un poco distinta. El cassette no era solamente un soporte: era una forma de circulación clandestina y afectiva de la música. El vinilo, en cambio, tenía algo ceremonial. Sacarlo de la funda. Ponerlo en la bandeja. Limpiar el polvo. Bajar la púa. Y esperar ese pequeño ruido antes de que apareciera la música.

Prostitución y vagancia merece justamente esa ceremonia.

No es todavía el Los Guarros que después quedaría asociado a “Vamos a la ruta”. Ese hit pertenece al disco homónimo posterior, y la propia historia de la banda marca Prostitución y vagancia como un comienzo mucho más áspero.

Acá están “Vamos a rezar”, “Alabada sea la sangre latina”, “La calle del terror”, “Buscando una taberna”, “Carne y sudor”, “Caperucita se fue al bosque”, “Vidrios rotos”. Diez canciones que todavía conservan algo de banda recién nacida, de músicos jóvenes jugando a llevar el rock hacia lugares incómodos.

Y hasta la tapa parece decirlo. No hay glamour. No hay una fotografía cuidadosamente iluminada para vender una estrella. Hay una imagen casi mugrienta, contrastada, incómoda. Una estética que parece hecha con fotocopiadora, pared de ensayo y madrugada. Y no es casual que la dirección de arte figure a nombre de Los Guarros.

El cassette no traía solamente música. Traía una pequeña pieza de papel que había que desplegar para entrar en el disco.

El disco, además, no pasó completamente inadvertido. En la encuesta de la revista “Pelo” sobre 1989 apareció entre los diez discos destacados del año, compartiendo ese espacio con discos de Charly García, Soda Stereo, Los Redondos, Los Violadores y otros nombres enormes de aquel momento.

Pero después vino el tiempo. La banda siguió. Llegaron Rosas en tu pecho, Los Guarros, Veneno, Acústico y Rock N' Roll, Pampas lisérgicas. Llegaron “Vamos a la ruta”, los grandes escenarios como soportes de, Joe Cocker, Guns N' Roses, Brian May.

Y aquel primer disco quedó un poco atrás. Quizás por eso me gusta tanto conservarlo todavía en un vinilo y en un cassette.

Porque mientras la industria digital pretende convencernos de que todo está disponible, la existencia física de estos discos demuestra lo contrario. “No todo está.”

Hay música que desaparece de los catálogos, ediciones que nunca llegaron al CD, discos que sobreviven solamente en YouTube, en una copia subida quién sabe por quién, o en la colección de algún tipo que decidió no tirar aquello que los demás consideraban viejo. Y entonces uno entiende que coleccionar discos no es exactamente acumular cosas. A veces es hacerle un pequeño agujero al olvido.

Tengo “Prostitución y vagancia” en vinilo. Lo tengo también en cassette.

Quizás por eso, cuando Spotify no sabe dónde encontrarlo, no me preocupa demasiado. Yo sé dónde está.




 

No hay comentarios:

Publicar un comentario


"Los lectores de Crónicas"

Flag Counter