El éxito es una excepción
Vivimos en una época que nos miente con una sonrisa.
Nos dice que cualquiera puede ser exitoso. Que basta con
desearlo, levantarse a las cinco de la mañana, tomar agua con limón, escuchar
un podcast motivacional y repetir frente al espejo que somos invencibles. Nos
venden el éxito como si fuera una estación de tren donde todos tenemos
reservado un asiento.
Pero las estadísticas, la historia y la vida cotidiana
cuentan otra cosa.
Marcelo Bielsa lo resumió con una lucidez que incomoda: “el
éxito es una excepción”.
La frase parece sencilla, pero dinamita uno de los
grandes relatos del siglo XXI. Porque si el éxito es excepcional, entonces la
vida de la mayoría de nosotros no puede medirse con esa vara.
La inmensa mayoría de los seres humanos no pasará a la
historia. No levantará una Copa del Mundo, no ganará un Premio Nobel, no
fundará una empresa multimillonaria ni será tendencia en las redes sociales. La
mayoría simplemente trabajará, criará hijos, enterrará padres, pagará cuentas,
tendrá derrotas silenciosas y, de vez en cuando, alguna alegría.
Y eso no tiene absolutamente nada de mediocre.
Nos educaron para admirar únicamente a quienes llegan a
la cima. Nunca a quienes sostienen el mundo desde abajo.
Nadie entrevista al hombre que durante cuarenta años
abrió una biblioteca a las siete de la mañana. Nadie convierte en documental a
la enfermera que hizo miles de guardias sin esperar un aplauso. Nadie escribe
biografías del empleado municipal que jamás aceptó una coima o del maestro
rural que enseñó a leer a tres generaciones.
Sin embargo, allí está la verdadera arquitectura de una
sociedad.
El capitalismo descubrió hace tiempo que la frustración
también es un negocio. Si convencés a alguien de que debería ser extraordinario
y no lo consigue, venderle cursos, libros, aplicaciones o promesas se vuelve
mucho más fácil. La industria de la autoayuda necesita personas convencidas de
que vivir una vida común es fracasar.
Pero quizá el fracaso sea otra cosa.
Tal vez fracasar no sea perder una final ni quedarse sin
un ascenso. Quizá fracasar sea abandonar la propia dignidad para obtener un
resultado. Mentir para ganar. Pisar cabezas para llegar antes. Convertirse en
aquello que uno despreciaba.
Bielsa suele poner el foco donde casi nadie mira: en los
medios, no solamente en los fines. En la nobleza del recorrido antes que en la
fotografía del podio.
Porque el podio dura unos minutos. La vida, en cambio,
ocurre durante el camino.
Conozco personas que nunca fueron exitosas según los
parámetros del mercado y, sin embargo, poseen una riqueza que no cotiza en
ninguna bolsa: pueden dormir tranquilas. Conservan amigos de hace treinta años.
Nunca necesitaron disfrazarse para ser aceptadas. No hicieron fortuna, pero
tampoco hipotecaron el alma.
Eso también es una forma de victoria. Quizá la más
difícil.
La próxima vez que alguien les pregunte qué lograron en
la vida, tal vez no haga falta enumerar títulos, premios o reconocimientos. Alcanza
con responder que intentaron recorrer el camino sin dejar de ser quienes eran. Porque
el éxito, como decía Bielsa, es una excepción.
La dignidad, en cambio, debería ser la regla.

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