Crónicas del Desvelo. Los restos de la noche. Literatura, periodismo gonzo, poesía, ensayos y observaciones de José Luis Colombini.

Hay noches en las que los libros permanecen abiertos sobre la mesa, el whisky pierde lentamente el frío y las fotografías dejan de ser recuerdos para convertirse en interrogantes. Es en ese territorio incierto, donde la ciudad duerme y la memoria insiste en permanecer despierta, donde nacen estas crónicas. Crónicas del Desvelo no pretende ofrecer respuestas. Es un refugio para quienes encuentran en la literatura, el rock, el cine, la filosofía y la memoria una forma de habitar el mundo. Aquí conviven Borges y Baudelaire con Robert Smith y Bowie; Schopenhauer conversa con Camus mientras una película española, una novela olvidada o una canción de post-punk iluminan, aunque sea por un instante, la oscuridad de la madrugada. Escribo desde Traslasierra, pero también desde los bares de la memoria, las bibliotecas de la adolescencia, los discos gastados, las calles recorridas y las pérdidas que todavía siguen haciendo preguntas. Cada texto es una mezcla de ensayo, autobiografía y periodismo gonzo; una manera de entender que el autor no observa la realidad desde afuera, sino que inevitablemente forma parte de ella. Porque escribir, al final, no consiste en contar una historia. Consiste en descubrir qué historia nos está contando a nosotros. “Esto no es contenido. Es insomnio grabado.”
Cada palabra publicada en este blog nació de la escritura de José Luis Colombini. Estas crónicas, ensayos, poemas y reflexiones forman parte de su obra intelectual y están protegidos por los derechos de autor. Si algún texto te conmueve, podés compartirlo, siempre citando la fuente y respetando la autoría. Gracias por valorar el trabajo creativo y la escritura independiente.

Cuando el miedo entra por los vitrales: una noche de cine de terror en un templo neogótico


Cuando el miedo entra por los vitrales: una noche de cine de terror en un templo neogótico

 

 

En una época en la que casi todo se consume desde la comodidad del sofá, Buenos Aires propone una experiencia que recupera algo esencial del cine: el ritual. Porque el miedo también necesita escenario.

Durante julio, el histórico templo neogótico de Santa Felicitas, en Barracas, dejará de ser únicamente un testimonio de la arquitectura del siglo XIX para convertirse en una sala de proyección donde el suspenso no empieza con la primera escena, sino mucho antes, cuando el espectador atraviesa sus puertas.

Las agujas apuntando al cielo, los vitrales filtrando una luz tenue, las bóvedas que amplifican cada sonido y los muros cargados de historia parecen haber estado esperando, desde hace más de un siglo, la llegada del cine de terror. No es difícil imaginar que cualquier sombra tenga vida propia. Ni que un simple crujido haga girar la cabeza.

El programa no podía ser más apropiado. “Dawn of the Dead”, (El amanecer de los muertos) el clásico inmortal de George A. Romero, vuelve a demostrar que los zombis nunca fueron solamente zombis. Siempre hablaron de nosotros: del consumo, de las multitudes, de la soledad y del miedo a convertirnos en una masa que camina sin saber hacia dónde.

La segunda proyección, “MadS” (2024) es un filme francés de suspenso y terror dirigido por David Moreau.

Apuesta por otra forma de inquietud. Filmada en un único plano secuencia, elimina el respiro del montaje y obliga al espectador a permanecer atrapado dentro de la historia, como si tampoco pudiera escapar del edificio.

La narrativa se inicia cuando “Romain”, un joven, consume una sustancia nueva antes de ir a una fiesta. Durante su trayecto, encuentra a una mujer que está cubierta de sangre y claramente aterrorizada. Desde ese instante, la velada se convierte en un torbellino de miedo, agresión y propagación, donde no se puede distinguir fácilmente lo que es resultado de la droga y lo que es una amenaza mucho más concreta.

La experiencia de ver cine de terror en un templo neogótico con más de 150 años comienza incluso antes de que se apaguen las luces. Un cóctel de bienvenida recibe al público mientras el templo va llenándose de murmullos. Después llega el silencio. El mismo silencio que precede a los grandes sobresaltos.

Quizá ahí resida el verdadero atractivo de esta propuesta. No se trata únicamente de ver dos películas. Se trata de recordar que el cine alguna vez fue una ceremonia colectiva. Entrar a un lugar desconocido, compartir la oscuridad con extraños y aceptar, durante un par de horas, que la ficción gobierne nuestros sentidos.

Resulta curioso que, en tiempos dominados por pantallas diminutas y algoritmos que deciden qué debemos mirar, el terror encuentre refugio en un edificio construido hace más de ciento cincuenta años. Como si la arquitectura todavía pudiera hacer algo que ninguna plataforma consigue: predisponernos emocionalmente antes de que aparezca el primer fotograma.

Tal vez por eso la experiencia seduce tanto. Porque el miedo nunca dependió únicamente de la película. También depende del lugar, del silencio, de la oscuridad y de la imaginación de quien observa.

Y pocas cosas alimentan mejor la imaginación que un viejo templo neogótico cuando las luces se apagan.

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