Cuando el miedo entra por los vitrales: una noche de cine
de terror en un templo neogótico
En una época en la que casi todo se consume desde la
comodidad del sofá, Buenos Aires propone una experiencia que recupera algo
esencial del cine: el ritual. Porque el miedo también necesita escenario.
Durante julio, el histórico templo neogótico de Santa
Felicitas, en Barracas, dejará de ser únicamente un testimonio de la
arquitectura del siglo XIX para convertirse en una sala de proyección donde el
suspenso no empieza con la primera escena, sino mucho antes, cuando el
espectador atraviesa sus puertas.
Las agujas apuntando al cielo, los vitrales filtrando una
luz tenue, las bóvedas que amplifican cada sonido y los muros cargados de
historia parecen haber estado esperando, desde hace más de un siglo, la llegada
del cine de terror. No es difícil imaginar que cualquier sombra tenga vida
propia. Ni que un simple crujido haga girar la cabeza.
El programa no podía ser más apropiado. “Dawn of the Dead”,
(El amanecer de los muertos) el clásico inmortal de George A. Romero, vuelve a
demostrar que los zombis nunca fueron solamente zombis. Siempre hablaron de
nosotros: del consumo, de las multitudes, de la soledad y del miedo a
convertirnos en una masa que camina sin saber hacia dónde.
La segunda proyección, “MadS” (2024) es un filme francés
de suspenso y terror dirigido por David Moreau.
Apuesta por otra forma de inquietud. Filmada en un único
plano secuencia, elimina el respiro del montaje y obliga al espectador a
permanecer atrapado dentro de la historia, como si tampoco pudiera escapar del
edificio.
La narrativa se inicia cuando “Romain”, un joven, consume
una sustancia nueva antes de ir a una fiesta. Durante su trayecto, encuentra a
una mujer que está cubierta de sangre y claramente aterrorizada. Desde ese
instante, la velada se convierte en un torbellino de miedo, agresión y
propagación, donde no se puede distinguir fácilmente lo que es resultado de la
droga y lo que es una amenaza mucho más concreta.
La experiencia de ver cine de terror en un templo neogótico
con más de 150 años comienza incluso antes de que se apaguen las luces. Un
cóctel de bienvenida recibe al público mientras el templo va llenándose de
murmullos. Después llega el silencio. El mismo silencio que precede a los
grandes sobresaltos.
Quizá ahí resida el verdadero atractivo de esta
propuesta. No se trata únicamente de ver dos películas. Se trata de recordar
que el cine alguna vez fue una ceremonia colectiva. Entrar a un lugar
desconocido, compartir la oscuridad con extraños y aceptar, durante un par de
horas, que la ficción gobierne nuestros sentidos.
Resulta curioso que, en tiempos dominados por pantallas
diminutas y algoritmos que deciden qué debemos mirar, el terror encuentre
refugio en un edificio construido hace más de ciento cincuenta años. Como si la
arquitectura todavía pudiera hacer algo que ninguna plataforma consigue:
predisponernos emocionalmente antes de que aparezca el primer fotograma.
Tal vez por eso la experiencia seduce tanto. Porque el
miedo nunca dependió únicamente de la película. También depende del lugar, del
silencio, de la oscuridad y de la imaginación de quien observa.
Y pocas cosas alimentan mejor la imaginación que un viejo
templo neogótico cuando las luces se apagan.

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