Apuntes para no putearle al cielo
Llueve. Llueve como si el cielo hubiera leído a Marco
Aurelio y hubiera decidido ejercitar la indiferencia. “Da igual”, parece decir
el agua al caer. Yo salgo lo mismo. No por valentía, sino por terquedad: vicio
estoico mal entendido.
—No depende de vos que llueva —me digo, citándome mal—.
—Pero sí depende de vos mojarte —me contesto, empapándome
con método.
Camino bajo la lluvia como quien atraviesa un argumento
moral. Cada paso es una premisa resbalosa. Epicteto me acompaña desde algún
rincón de la memoria: “No nos afecta lo que nos sucede, sino lo que nos decimos
sobre lo que nos sucede”. Mentira piadosa. Me afecta igual, pero ahora puedo
nombrarlo con elegancia griega.
Un charco enorme bloquea la vereda. No hay forma elegante
de cruzarlo. Salto. Caigo mal. Me mojo. Perfecto. La realidad siempre cobra
entrada.
Las zapatillas chupan agua como esponjas existenciales.
Me refugio bajo un alero. El vidrio del negocio cerrado
refleja una versión mía ligeramente más patética: pelos húmedos, ojos cansados,
cara de tipo que leyó demasiado y actuó poco. El reflejo me interpela como un
mal profesor de filosofía:
—¿Todo este pensamiento sirve para algo?
—Sirve para no hacer —respondo—. Para justificar la
quietud con palabras
largas.
La lluvia cae como un arcano. Siempre igual, siempre
distinta. Mark Fisher tenía razón: el clima también está atrapado en el
realismo capitalista. Llueve como si no hubiera alternativa. Como si el sol
fuera una utopía pospuesta para otro sistema.
Sigo caminando. El paraguas es una derrota anticipada: se
da vuelta con el viento y confirma mi teoría de que todo intento de protección
es precario. Pienso en Nietzsche empapado, puteando a Wagner, resfriado,
diciendo “amor fati” mientras estornuda. Nadie piensa mejor por estar cómodo.
La lluvia ya no molesta: disciplina. Me ordena. Me baja
el volumen del mundo y me sube el del monólogo interno. Pienso mejor mojado,
incómodo, levemente enojado. Como si el pensamiento necesitara fricción para
arrancar.
Pienso que el cuerpo siempre desmiente a la filosofía. El
estoicismo es hermoso en abstracto, pero probado en una vereda rota un miércoles
lluvioso, pierde glamour.
—Aceptá lo que es —me ordeno.
—Acepto —respondo—, pero protestando en silencio.
La lluvia borra la ciudad. Todo se vuelve gris,
homogéneo, casi romano. Me gusta esa austeridad forzada. Séneca aparece como
una voz cansada pero firme: “Sufrimos más en la imaginación que en la
realidad”. Miro mis medias mojadas. Objeción empírica: a veces la realidad hace
bien su trabajo sin ayuda de la fantasía.
Me refugio bajo un árbol raquítico. Error conceptual. El
árbol chorrea más que el cielo. La naturaleza nunca prometió cuidarnos. Marco
Aurelio lo dijo sin anestesia: “La naturaleza no te debe nada; vos le debés
todo”. Tomo nota mental mientras el agua me cae por el cuello.
—¿Para qué tanta lectura si igual terminás acá, mojado y
solo? —me provoco.
—Para no desesperar —me respondo—. Para fracasar con
argumentos.
Viento. El paraguas se da vuelta. Momento pedagógico.
Epicteto sonríe desde la ruina: “Si querés progreso, aceptá parecer un tonto”.
Camino con el paraguas roto, como un cínico moderno, ridículo pero coherente.
La lluvia ya no es enemiga: es ejercicio espiritual. Cada
gota entrena la paciencia, cada charco refuerza la idea de límite. El
estoicismo no te salva del mundo, apenas te enseña a no pedirle demasiado.
—No controlás el clima —me digo.
—Pero controlás la respuesta —me contesto, aunque sé que
es una aspiración, no un logro.
Llego a casa empapado. Me saco la ropa como quien
abandona una tesis fallida. Mate tibio. Cuaderno abierto. Afuera sigue
lloviendo con obstinación cósmica. Adentro, escribo.
Séneca vuelve para cerrar el día: “Mientras posponemos,
la vida pasa”. No resolví nada, no alcancé la ataraxia, no fui sabio. Pero
caminé bajo la lluvia sin huir, pensé sin anestesia y escribí sin esperanza de
utilidad.
Y eso, para un estoico de barrio y un gonzo cansado, ya
es una pequeña victoria contra el caos.
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