Crónicas del Desvelo. Los restos de la noche. Literatura, periodismo gonzo, poesía, ensayos y observaciones de José Luis Colombini.

Hay noches en las que los libros permanecen abiertos sobre la mesa, el whisky pierde lentamente el frío y las fotografías dejan de ser recuerdos para convertirse en interrogantes. Es en ese territorio incierto, donde la ciudad duerme y la memoria insiste en permanecer despierta, donde nacen estas crónicas. Crónicas del Desvelo no pretende ofrecer respuestas. Es un refugio para quienes encuentran en la literatura, el rock, el cine, la filosofía y la memoria una forma de habitar el mundo. Aquí conviven Borges y Baudelaire con Robert Smith y Bowie; Schopenhauer conversa con Camus mientras una película española, una novela olvidada o una canción de post-punk iluminan, aunque sea por un instante, la oscuridad de la madrugada. Escribo desde Traslasierra, pero también desde los bares de la memoria, las bibliotecas de la adolescencia, los discos gastados, las calles recorridas y las pérdidas que todavía siguen haciendo preguntas. Cada texto es una mezcla de ensayo, autobiografía y periodismo gonzo; una manera de entender que el autor no observa la realidad desde afuera, sino que inevitablemente forma parte de ella. Porque escribir, al final, no consiste en contar una historia. Consiste en descubrir qué historia nos está contando a nosotros. “Esto no es contenido. Es insomnio grabado.”
Cada palabra publicada en este blog nació de la escritura de José Luis Colombini. Estas crónicas, ensayos, poemas y reflexiones forman parte de su obra intelectual y están protegidos por los derechos de autor. Si algún texto te conmueve, podés compartirlo, siempre citando la fuente y respetando la autoría. Gracias por valorar el trabajo creativo y la escritura independiente.

La ira es energía


 

La ira es energía

 

Era finales de febrero de 1987. Habíamos viajado con mi madre a Córdoba para comprar ropa y hacer esas cosas que en casa no existían. Pero aquellos viajes eran mucho más que compras. Eran una manera de oxigenar el espíritu. Íbamos al cine, a una obra de teatro, a una exposición de arte. Durante un par de días la ciudad parecía recordarnos que el mundo era bastante más grande que Traslasierra.

En una disquería perdida dentro de una galería sonaba un disco que me dejó clavado en el lugar.

Yo era un fanático de los Sex Pistols. Esperaba guitarras filosas, tres acordes y la furia del punk. Sin embargo aquello era otra cosa. Sonaba moderno, preciso, oscuro y elegante al mismo tiempo. No sabía cómo llamarlo. ¿Era post punk? ¿Era new wave? En realidad no importaba demasiado. Lo compré en cassette sin pensarlo.

Era “Álbum”, de Public Image Ltd.

En aquellos años el walkman era casi una extensión del cuerpo. El mío tenía una carcasa íntegramente de plástico azul y viajaba siempre dentro de una mochila de jean. Mientras el colectivo —“El Petizo”— comenzaba las casi seis horas de regreso por las Altas Cumbres, todavía con largos tramos de tierra, apreté “play”.

Escuché el cassette una vez. Después otra. Y otra. 

Aunque el disco había aparecido en Inglaterra un año antes, recién en 1987 llegó a las bateas argentinas editado por RCA/Ariola. Yo tuve la suerte de cruzarme con él apenas apareció. No sabía que estaba comprando uno de los grandes discos de los años ochenta. Sólo sabía que esa música era distinta a todo lo que había escuchado hasta entonces.

A veces uno recuerda un viaje por el paisaje. Yo recuerdo ese viaje por la banda sonora.

John Lydon ya no era Johnny Rotten. Seguía teniendo la misma rabia, pero ahora la utilizaba para construir otra cosa. En Los Ángeles había decidido dejar afuera a la banda habitual de PIL porque sentía que no soportaban la presión de grabar un disco importante. El productor Bill Laswell improvisó entonces un seleccionado improbable: Steve Vai en guitarra, Ginger Baker y Tony Williams en batería, Ryuichi Sakamoto en teclados, Bernie Worrell, Shankar... músicos que jamás hubieran imaginado compartir estudio con el antiguo cantante de los Pistols.

Y, sin embargo, funcionó.

Desde el primer golpe de ”F.F.F.” el disco deja claro que aquello no pretende repetir el punk de 1977. Hay rock, funk, música africana, electrónica y una producción sofisticada que todavía hoy suena contemporánea.

Pero la verdadera revelación llega con “Rise”, traducida aquí como “Levantamiento”.

Allí aparece una frase que me acompañaría durante décadas. La ira es energía.

No era solamente un verso. Era una manera de entender la juventud. La bronca no tenía por qué destruir. También podía empujar, crear, mover el mundo.

Todavía hoy, cuando las cosas se complican, esa frase vuelve sola.

Después llegan Fishing, sostenida por la guitarra monumental de Steve Vai; Round, más contenida; y un lado B que mantiene el nivel con Bags, Home y Ease, donde la presencia de Sakamoto y Vai construye un clima casi cinematográfico.

Lydon incluso llevó la idea conceptual hasta el final. Para evitar que el álbum fuera visto como un "disco lleno de estrellas invitadas", eliminó toda información de la portada y decidió llamarlo simplemente “Álbum”. Una marca blanca. Un producto genérico. Sin artificios. Como si dijera: no importa quién toca. Importa lo que suena.

El viaje terminó mucho antes que el cassette. Cuando llegamos a Traslasierra ya conocía cada canción de memoria. Afuera seguían los caminos de tierra, las montañas y el pueblo de siempre.

Pero algo había cambiado. Este disco quedo pegado para siempre al recuerdo de un viaje, de una persona o de una edad.

Para mí, “Álbum” nunca dejará de ser el sonido de aquel regreso con mi madre por las Altas Cumbres, mientras el viejo “Petizo” avanzaba lentamente entre las curvas y yo descubría que Johnny Rotten podía reinventarse sin perder un solo gramo de furia.

Porque, al fin y al cabo, tenía razón. “La ira es energía.”

 

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