La ira es energía
Era finales de febrero de 1987. Habíamos viajado con mi
madre a Córdoba para comprar ropa y hacer esas cosas que en casa no existían.
Pero aquellos viajes eran mucho más que compras. Eran una manera de oxigenar el
espíritu. Íbamos al cine, a una obra de teatro, a una exposición de arte.
Durante un par de días la ciudad parecía recordarnos que el mundo era bastante
más grande que Traslasierra.
En una disquería perdida dentro de una galería sonaba un
disco que me dejó clavado en el lugar.
Yo era un fanático de los Sex Pistols. Esperaba guitarras
filosas, tres acordes y la furia del punk. Sin embargo aquello era otra cosa.
Sonaba moderno, preciso, oscuro y elegante al mismo tiempo. No sabía cómo
llamarlo. ¿Era post punk? ¿Era new wave? En realidad no importaba demasiado. Lo
compré en cassette sin pensarlo.
Era “Álbum”, de Public Image Ltd.
En aquellos años el walkman era casi una extensión del
cuerpo. El mío tenía una carcasa íntegramente de plástico azul y viajaba
siempre dentro de una mochila de jean. Mientras el colectivo —“El Petizo”—
comenzaba las casi seis horas de regreso por las Altas Cumbres, todavía con
largos tramos de tierra, apreté “play”.
Escuché el cassette una vez. Después otra. Y otra.
A veces uno recuerda un viaje por el paisaje. Yo recuerdo
ese viaje por la banda sonora.
John Lydon ya no era Johnny Rotten. Seguía teniendo la
misma rabia, pero ahora la utilizaba para construir otra cosa. En Los Ángeles
había decidido dejar afuera a la banda habitual de PIL porque sentía que no
soportaban la presión de grabar un disco importante. El productor Bill Laswell
improvisó entonces un seleccionado improbable: Steve Vai en guitarra, Ginger
Baker y Tony Williams en batería, Ryuichi Sakamoto en teclados, Bernie Worrell,
Shankar... músicos que jamás hubieran imaginado compartir estudio con el
antiguo cantante de los Pistols.
Y, sin embargo, funcionó.
Desde el primer golpe de ”F.F.F.” el disco deja claro que
aquello no pretende repetir el punk de 1977. Hay rock, funk, música africana,
electrónica y una producción sofisticada que todavía hoy suena contemporánea.
Pero la verdadera revelación llega con “Rise”, traducida
aquí como “Levantamiento”.
Allí aparece una frase que me acompañaría durante
décadas. La ira es energía.
No era solamente un verso. Era una manera de entender la
juventud. La bronca no tenía por qué destruir. También podía empujar, crear,
mover el mundo.
Todavía hoy, cuando las cosas se complican, esa frase
vuelve sola.
Después llegan Fishing, sostenida por la guitarra
monumental de Steve Vai; Round, más contenida; y un lado B que mantiene el
nivel con Bags, Home y Ease, donde la presencia de Sakamoto y Vai construye un
clima casi cinematográfico.
Lydon incluso llevó la idea conceptual hasta el final.
Para evitar que el álbum fuera visto como un "disco lleno de estrellas
invitadas", eliminó toda información de la portada y decidió llamarlo
simplemente “Álbum”. Una marca blanca. Un producto genérico. Sin artificios. Como
si dijera: no importa quién toca. Importa lo que suena.
El viaje terminó mucho antes que el cassette. Cuando
llegamos a Traslasierra ya conocía cada canción de memoria. Afuera seguían los
caminos de tierra, las montañas y el pueblo de siempre.
Pero algo había cambiado. Este disco quedo pegado para
siempre al recuerdo de un viaje, de una persona o de una edad.
Para mí, “Álbum” nunca dejará de ser el sonido de aquel
regreso con mi madre por las Altas Cumbres, mientras el viejo “Petizo” avanzaba
lentamente entre las curvas y yo descubría que Johnny Rotten podía reinventarse
sin perder un solo gramo de furia.
Porque, al fin y al cabo, tenía razón. “La ira es
energía.”
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