Mis amigos imaginarios
Cada 20 de julio sucede lo mismo. El teléfono vibra,
llegan los mensajes, aparecen las fotos de abrazos, los brindis, las promesas
de "tenemos que juntarnos". Entonces me acuerdo de otros amigos. Un
poco más silenciosos. Bastante más viejos. Y, según algunos, completamente
imaginarios.
La verdad es que llevo toda la vida rodeado de ellos.
Los conocí mucho antes que a la mayoría de las personas
que hoy forman parte de mi historia. Llegaron sin pedir permiso, escondidos
entre las páginas de un libro. Nunca golpearon la puerta de casa; bastaba abrir
una novela para que entraran y se acomodaran en el sillón de al lado.
Con ellos crecí.
Recuerdo haber discutido con Don Quijote mucho antes de
entender la palabra "idealismo". Caminé con Odiseo cuando todavía no
sabía que todos los regresos son más difíciles que las partidas. Me perdí en
los laberintos de Borges, sentí el frío cósmico de Lovecraft, soporté el mal
humor de Schopenhauer y, de vez en cuando, todavía escucho a Nietzsche decirme
que desconfíe de las verdades demasiado cómodas.
Jamás me decepcionaron.
Porque los personajes de ficción tienen una virtud
extraordinaria: nunca fingen ser otra cosa. El villano es villano. El héroe
duda. El cobarde tiene miedo. En cambio, los seres humanos solemos pasar
demasiado tiempo interpretando papeles que ni nosotros mismos creemos.
Con los años descubrí que esos amigos imaginarios
terminaron moldeando mi manera de mirar el mundo. Me enseñaron que una
biblioteca también puede ser una familia. Que un libro abierto es una
conversación esperando continuar. Que los muertos hablan. Y que los buenos
escritores tienen la extraña costumbre de dejar amigos escondidos entre sus
páginas para quien se anime a encontrarlos.
Algunos dicen que leer es escapar de la realidad. Siempre
pensé exactamente lo contrario. Leemos para volver a ella un poco menos solos.
Por eso, cuando publiqué esa fotografía saludando a mis
amigos imaginarios, más de uno creyó que era un chiste. Y sí, tenía algo de
humor. Pero también era una confesión.
Porque durante muchos momentos de mi vida, cuando el
ruido del mundo se volvía insoportable, fueron ellos quienes se sentaron
conmigo. Nunca preguntaron demasiado. Nunca juzgaron mis silencios. Simplemente
estuvieron.
Tal vez por eso sigo llamándolos colegas.
Compartimos noches de insomnio, cafés interminables,
viajes que jamás hice y ciudades que sólo existen en la literatura. Ellos
escribieron los libros. Yo escribí los márgenes. Entre ambos fuimos
construyendo una amistad que ya lleva más de medio siglo.
Así que hoy, además de abrazar a mis amigos de carne y
hueso —esos imprescindibles que la vida tuvo la generosidad de regalarme—,
quiero levantar un brindis por los otros.
Por Sherlock Holmes, que todavía resuelve mis dudas. Por
Odiseo, que me recuerda que toda vida es un regreso. Por Borges, que sigue
perdiéndose en bibliotecas infinitas. Por Lovecraft, que me enseñó que el miedo
también puede escribirse. Por Schopenhauer, que convirtió el pesimismo en una
forma de lucidez. Y por tantos otros cuyos nombres llenan mis estantes y mi
memoria.
No sé si existen los amigos imaginarios. Lo que sí sé es
que hay libros que nos acompañan toda una vida.
Y eso, para mí, siempre fue la forma más verdadera de la amistad.

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