La ciudad hipertrofiada: caminar Córdoba con el
capitalismo respirándote en la nuca
Arranco por el Boulevard Juan Domingo Perón, en la zona
de la Terminal de Ómnibus de Córdoba. Nadie empieza una caminata honesta en el
Cerro de las Rosas.
Acá la ciudad no se maquilla: suda. Carteles rotos,
persianas grafiteadas, un "SE ALQUILA" escrito con fibrón que parece
más una advertencia que un aviso. La hipertrofia todavía no está en las torres;
está en la tensión. En los cuerpos apurados, las mochilas pesadas, las miradas
que nunca llegan a encontrarse.
Salgo a caminar como quien se hace un estudio clínico sin
obra social.
La ciudad ya está despierta. Inflada como un bíceps que
olvidó para qué servía la fuerza.
Un vendedor ambulante grita "¡medias, medias!"
con la perseverancia de un mantra. El sistema no lo reconoce como trabajador,
pero le exige rendimiento igual. Pienso en Marx. El trabajo ya no produce
bienestar para quien lo hace; apenas alcanza para volver a empezar al día
siguiente. Acá el capital no crece: se reproduce por desgaste.
Camino hacia el centro. En apenas tres cuadras paso del
aroma de unas tortas fritas recién hechas a un café de especialidad que ofrece
un brunch "consciente". Consciente de qué, nadie lo explica.
Adentro hay notebooks abiertas, auriculares enormes,
gente que dice estar "laburando en lo suyo". Afuera, un hombre duerme
sobre cartones. Nadie cruza una mirada. La ciudad aprendió a convivir con la
desigualdad igual que con el ruido del tránsito: incomoda, pero ya no detiene
nada.
Sigo por Entre Ríos. Un cartel inmobiliario tapa media
fachada de un edificio antiguo.
VIVÍ LA EXPERIENCIA.
El departamento tiene veintiocho metros cuadrados. La
experiencia consiste en respirar de costado.
Byung-Chul Han me cruza la cabeza como una puteada
elegante: la autoexplotación funciona mejor cuando parece una elección. Elegís
vivir en una caja porque "es lo que hay". Después aprendés a
agradecerla.
Vidrios espejados. Torres nuevas. La misma tipografía
vende rentabilidad y felicidad. Todo crece. Nadie parece respirar más profundo.
En la vereda un hombre corre con smartwatch, auriculares
y una botella isotónica. Corre sin perseguir nada visible. Se persigue a sí
mismo. Pienso en el perseguidor de Cortazar, me dan ganas de escuchar a Charlie
Parker.
Cruzo una avenida de seis carriles. Los autos avanzan
como glóbulos rojos dopados. No transportan vida; transportan ansiedad.
En una pantalla gigante alguien sonríe mostrando dientes
perfectos. Debajo sólo aparece una palabra: Más. No hace falta completar la
frase.
Llego al centro. Oficinas semivacías. Persianas bajas.
Carteles de "LIQUIDACIÓN TOTAL". El capitalismo argentino no colapsa:
se achica mal, como un músculo entrenado únicamente para resistir. La inflación
es cardio forzado. El ajuste, la rutina diaria. El cuerpo social vive
contracturado.
Entro a un café. Todo es madera clara, diseño escandinavo
y Wi-Fi potente.
Treinta personas están solas, juntas. Nadie habla. Todos
producen algo invisible: documentos, correos, proyectos, versiones mejoradas de
sí mismos.
El mozo me recomienda un "blend funcional".
Revuelvo el café como si revolviera mi propia existencia
mientras garabateo frases en una libreta Moleskine. Pienso que la riqueza
también puede medirse por la cantidad de silencios compartidos. Acá no hay
pobreza económica. Hay otra cosa: una fatiga elegante. Una miseria psíquica
premium.
Termino el café demasiado rápido. Me siento asfixiado. Sigo
caminando.
El cuerpo empieza a registrar lo que la cabeza venía
pensando. La ciudad no invita a quedarse. Empuja. Los bancos son incómodos. Las
plazas parecen salas de espera. La sombra alcanza apenas para justificar que
existe.
Un gimnasio abierto las veinticuatro horas ocupa el
edificio donde antes funcionaba un banco. Donde antes se guardaba dinero, ahora
se fabrican cuerpos.
Detrás de las paredes de vidrio, decenas de personas
levantan pesas frente a un espejo. Afuera, un jubilado revisa un tacho de
basura.
La hipertrofia literal y la simbólica se saludan sin
necesidad de presentarse.
Los músculos crecen. Los vínculos se encogen. El
capitalismo ama los espejos: siempre devuelve una versión mejorada de vos
mientras, de a poco, te roba la espalda.
Todo el triunfalismo de una persona depositado en lo más
perecedero que posee: el cuerpo.
Sigo hacia el sur.
El asfalto está roto. Los colectivos pasan llenos como
pulmones enfermos. Un naranjita discute con un automovilista. Más adelante, el
olor húmedo de la Cañada aparece por un instante antes de volver a perderse
entre el gasoil y el cemento caliente.
En una pared alguien pintó: “LA PATRIA NO SE VENDE.”
Unos metros más arriba, una gigantografía ofrece créditos
en cuotas fijas. La ironía no necesita escritor. Me duelen las piernas. Pero me
duele más la naturalización. Acá no hace falta imaginar una distopía. La
hipertrofia del capital convive con la precariedad como dos órganos mal
conectados. Crece todo aquello que no alimenta. Se debilita lo que sostiene.
Llego a una plaza. Bancos rotos. Juegos oxidados. Un
grupo de pibes toma cerveza tibia mientras se ríe con una intensidad que ningún
algoritmo podría medir.
Por unos minutos el sistema parece fallar. Después pasa
un patrullero despacio. Hasta el ocio tiene horario. Me siento. No saco el
celular. Ese gesto mínimo ya parece una forma de desobediencia.
Pienso que este país no está exhausto. Está entrenado
para aguantar. Y aguantar nunca fue lo mismo que vivir.
Cuando me levanto, veo un local vacío. En el vidrio
alguien escribió a mano: SE ALQUILA – CONSULTAR.
No hay precio. No hay condiciones. Sólo una promesa
suspendida.
El semáforo cambia dos veces antes de que cruce. Nadie
parece advertirlo. Todos miran una pantalla. Yo miro una ciudad que sigue
respirando con dificultad.
Un colectivo escupe humo. El vendedor vuelve a gritar:
—¡Medias, medias!
El gimnasio enciende sus luces aunque todavía falta para
que anochezca.
Todo continúa. Reflexiono que no vine a recorrer Córdoba.
Vine a medir mi propio cansancio. Y descubro que la ciudad ya lo conocía antes
que yo.

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