La cultura nunca fue una pirámide. Siempre fue una
conversación.
Posee y atraviesa algo muy borgiano —y muy pop— esta
coincidencia.
El artista neozelandés Owen Dippie pintó en Brooklyn un
mural con Leonardo, Rafael, Miguel Ángel y Donatello usando las máscaras de las
Tortugas Ninja. La obra recupera un guiño que llevaba décadas escondido en la
cultura popular: las tortugas nunca recibieron esos nombres al azar. Fueron
bautizadas en homenaje a cuatro gigantes del Renacimiento. El mural simplemente
devuelve el tributo a su origen: los maestros aparecen convertidos, por un
instante, en los héroes de nuestra infancia.
Después está mi estudio.
No es una colección cualquiera. Las cuatro tortugas
cuelgan como pequeños guardianes sobre una hilera de discos de vinilo. Entre
ellos asoma “Carmen”, la ópera de Bizet. La escena parece un disparate y, sin
embargo, dice mucho de la forma en que aprendí a mirar el mundo.
Conozco gente que ordena su biblioteca por géneros. Yo
prefiero ordenar la memoria por afectos.
En un mismo rincón conviven Bizet y Nickelodeon, el
Renacimiento y un dibujo animado de los años ochenta. Más tarde llegaron
Borges, Céline, Bukowski, Marx, Schopenhauer, Lovecraft, Kafka, Mark Fisher y
tantos otros. Nunca sentí que hubiera fronteras entre unos y otros. Borges
podía citar a Homero junto al ”Martín Fierro”; Umberto Eco podía escribir sobre
Santo Tomás y sobre Superman con la misma pasión. La cultura siempre fue eso:
un diálogo interminable.
Las máscaras también cuentan una historia. Cada color
distingue una personalidad, pero las cuatro pertenecen a una misma familia.
Como Leonardo, Rafael, Miguel Ángel y Donatello: artistas distintos,
temperamentos distintos, una misma época.
Quizá por eso me gusta tanto ese mural. Dice lo mismo que
ese rincón de mi casa. Que la llamada "alta cultura" y la cultura
popular nunca fueron enemigas. Se citan, se mezclan, se prestan nombres,
personajes y sueños.
Al fin y al cabo, Leonardo sigue siendo Leonardo aunque
lleve una máscara azul. Y Carmen sigue siendo una de las grandes óperas de la
historia aunque comparta una repisa con cuatro tortugas de peluche.
Porque el camino hacia el arte puede empezar en una
biblioteca, en un museo, en un teatro... o un sábado por la mañana, frente al
televisor, mirando a cuatro tortugas mutantes comer pizza y salvar Nueva York.
Tal vez la verdadera biblioteca no sea la que ordena los
libros por prestigio, sino la que conserva intacta la capacidad de asombro.
Ahí, entre Bizet y las Tortugas Ninja, entre Borges y la infancia, es donde uno
descubre que la cultura nunca fue una pirámide. Siempre fue una conversación.

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