Los arquetipos a veces sobreviven a los siglos porque
hablan de nosotros con una claridad que ninguna psicología moderna consigue
igualar. Una de ellas es el carro de Platón. No importa cuántas veces lo vea o
lo piense: siempre termino imaginando que todos, sin excepción, atravesamos la
vida sentados en ese carruaje.
El cuerpo es la madera que cruje con los años, las ruedas
que se desgastan sobre caminos de tierra, lluvia y piedras. No somos
inmortales; apenas viajeros en un vehículo prestado.
Delante relinchan los caballos. Algunos días son el
deseo, la ira, el miedo o la ambición. Otros, el amor, la esperanza o la
compasión. Son fuerza pura. Energía. No conocen el mapa ni les interesa el
destino. Sólo saben correr.
Y aparece la pregunta que lleva casi tres mil años sin
perder actualidad: ¿quién sostiene las riendas?
Platón respondía que era la razón, el auriga que intenta
armonizar impulsos opuestos para conducir el alma hacia la verdad. Siglos
después, los estoicos recogerían esa preocupación, aunque cambiarían el punto
de vista. Para ellos el problema no eran los caballos, sino el conductor. Las
pasiones no eran enemigos externos ni bestias salvajes imposibles de dominar.
Nacían de nuestros propios juicios, de la forma en que interpretamos el mundo.
No sufrimos únicamente por lo que ocurre. Sufrimos, sobre
todo, por la historia que nos contamos acerca de lo que ocurre.
Quizá por eso Marco Aurelio escribía en un campamento
militar mientras el Imperio se desmoronaba a su alrededor. Quizá por eso
Epicteto, que había sido esclavo, insistía en que nadie podía encadenar aquello
que verdaderamente nos pertenecía: nuestra capacidad de elegir cómo responder.
Vivimos obsesionados con cambiar el camino, los caballos,
el clima, incluso el carruaje. Queremos controlar la economía, las decisiones
ajenas, el pasado, la enfermedad, el azar. Y olvidamos el único lugar donde
realmente descansan nuestras manos: las riendas.
No se trata de sofocar las emociones, porque quien deja
de sentir también deja de vivir. Se trata de impedir que sean ellas las que
decidan el rumbo. El miedo puede advertirnos, pero no gobernarnos. La ira puede
señalar una injusticia, pero no convertirse en nuestro idioma cotidiano. El
deseo puede impulsarnos, pero no esclavizarnos.
Pienso que esa es una de las grandes lecciones que la
filosofía antigua todavía susurra en medio del ruido contemporáneo. Mientras
nosotros discutimos algoritmos, inteligencia artificial y futuros inciertos,
Platón y los estoicos siguen formulando la misma pregunta incómoda: ¿Quién
conduce tu vida?
Porque el verdadero campo de batalla nunca estuvo afuera.
Siempre estuvo en esas riendas invisibles que sostienen nuestras manos cada
mañana. Y acaso la serenidad no consista en encontrar un camino sin tormentas,
sino en aprender a conducir incluso cuando los caballos quieren galopar hacia
el abismo. Sólo entonces comprendemos que la libertad no es hacer todo lo que
deseamos, sino elegir, una y otra vez, hacia dónde queremos dirigir nuestra
existencia.

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