El oficio inútil de hablar mal de los demás. Merecer la
elección
He observado durante años una costumbre tan antigua como
la inseguridad: algunas personas creen que recuperarán un lugar —o que
conquistarán uno que nunca tuvieron— hablando mal de aquello que sienten que
las reemplaza.
Critican lo que les provoca celos. Ridiculizan las
pasiones que movilizan a quien desean seducir. Desprecian amistades, lecturas,
ideas, actividades, sueños. Como si disminuir el brillo ajeno pudiera aumentar
el propio.
Y lo más curioso es que rara vez actúan solas. Para que
ese mecanismo funcione suele haber una complicidad silenciosa. A veces la otra
parte lo permite por comodidad. A veces por cobardía. A veces porque también
necesita creer que la descalificación del pasado justifica ciertas decisiones
del presente.
La escena se repite una y otra vez.
Alguien descubre que ya no ocupa el centro de una vida.
Tal vez una pareja comenzó a interesarse por otras personas, por otros
proyectos, por otros mundos. Tal vez un amigo encontró nuevos afectos. Tal vez
una mujer o un hombre que nos gusta siente entusiasmo por cosas que no nos
incluyen. Entonces aparece la tentación más vieja de todas: desacreditar
aquello que despierta el deseo ajeno.
Hablar mal del otro. Burlarse de sus intereses. Menospreciar
sus gustos. Convertir la envidia en argumento.
Pero la vida no consiste en la maledicencia ni en el
puterío. Consiste en construir algo tan valioso que, entre todas las personas,
actividades y deseos posibles, alguien nos vuelva a elegir. Porque el verdadero
desafío no es que alguien permanezca cuando no tiene alternativas. El verdadero
desafío es que, teniendo muchas, siga escogiendo compartir algo con nosotros. No
se trata de eliminar la competencia. Se trata de merecer la elección.
Cuando dejamos de ser elegidos suele aparecer la
inseguridad disfrazada de celos, de rivalidad o de resentimiento. Entonces
hablamos mal de la persona, de la actividad o de la pasión que nos desplazó.
Intentamos convencer a los demás de que aquello no vale tanto. Que era una
moda. Que era superficial. Que era una pérdida de tiempo.
Pero casi nunca funciona. La realidad suele tener una
resistencia admirable frente a los relatos interesados.
Lo aprendí viendo cómo algunas personas hablaban de mí.
Me atribuyeron palabras que nunca dije y conductas que nunca tuve. Construyeron
versiones de mi historia que servían más a sus necesidades que a los hechos.
Con el tiempo ocurrió algo previsible: terminaron
haciendo exactamente aquello que me reprochaban. Y fueron tan básicos que
alguien los grabó. Después esas grabaciones circularon entre los mismos amigos
ante quienes intentaban quedar bien.
No sentí satisfacción. Apenas confirmé una sospecha.
La verdad tiene una costumbre extraña. No siempre habla
primero. A veces llega tarde. A veces parece perder. Pero suele caminar más
lejos que el chisme. Y cuando finalmente aparece, deja al descubierto algo
mucho más importante que la mentira original: la fragilidad de quienes creyeron
que destruir el prestigio ajeno podía reemplazar la tarea mucho más difícil de
construir el propio.

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