Crónicas del Desvelo. Los restos de la noche. Literatura, periodismo gonzo, poesía, ensayos y observaciones de José Luis Colombini.

Hay noches en las que los libros permanecen abiertos sobre la mesa, el whisky pierde lentamente el frío y las fotografías dejan de ser recuerdos para convertirse en interrogantes. Es en ese territorio incierto, donde la ciudad duerme y la memoria insiste en permanecer despierta, donde nacen estas crónicas. Crónicas del Desvelo no pretende ofrecer respuestas. Es un refugio para quienes encuentran en la literatura, el rock, el cine, la filosofía y la memoria una forma de habitar el mundo. Aquí conviven Borges y Baudelaire con Robert Smith y Bowie; Schopenhauer conversa con Camus mientras una película española, una novela olvidada o una canción de post-punk iluminan, aunque sea por un instante, la oscuridad de la madrugada. Escribo desde Traslasierra, pero también desde los bares de la memoria, las bibliotecas de la adolescencia, los discos gastados, las calles recorridas y las pérdidas que todavía siguen haciendo preguntas. Cada texto es una mezcla de ensayo, autobiografía y periodismo gonzo; una manera de entender que el autor no observa la realidad desde afuera, sino que inevitablemente forma parte de ella. Porque escribir, al final, no consiste en contar una historia. Consiste en descubrir qué historia nos está contando a nosotros. “Esto no es contenido. Es insomnio grabado.”
Cada palabra publicada en este blog nació de la escritura de José Luis Colombini. Estas crónicas, ensayos, poemas y reflexiones forman parte de su obra intelectual y están protegidos por los derechos de autor. Si algún texto te conmueve, podés compartirlo, siempre citando la fuente y respetando la autoría. Gracias por valorar el trabajo creativo y la escritura independiente.

Aplaudir el incendio Kierkegaard y la sociedad del espectáculo


 

Aplaudir el incendio

Kierkegaard y la sociedad del espectáculo

 

"El mayor triunfo del espectáculo no consiste en entretenernos, sino en convencernos de que todo lo importante también forma parte del show."

Hay parábolas que sobreviven a sus autores. No porque describan una época, sino porque terminan describiendo todas. La del payaso y el incendio, escrita por Søren Kierkegaard en 1843, es una de ellas. Han pasado casi dos siglos desde que el filósofo danés la imaginó y, sin embargo, resulta difícil encontrar una imagen más precisa del mundo contemporáneo.

Un teatro se incendia detrás del escenario. Un payaso sale a advertir al público. Les dice que deben escapar porque el fuego avanza. Los espectadores ríen. Creen que forma parte de la función. Aplauden. El payaso insiste. El aplauso se vuelve aún más intenso.

Kierkegaard concluye con una intuición devastadora: así podría terminar el mundo, entre los aplausos de quienes confunden una advertencia con un espectáculo.

 

Mucho más que una anécdota

 

Conviene hacer una aclaración. La frase que suele circular en redes sociales no es una cita textual de "O lo uno o lo otro" ("Enten–Eller", 1843), sino una versión condensada y modernizada de una parábola que aparece en "Diapsálmata", la sección que abre esa obra fundamental.

Pero la fidelidad literal importa menos que la fidelidad filosófica. El sentido permanece intacto.

Kierkegaard no está hablando de un incendio. Tampoco de un payaso. Está hablando de nosotros.

Nos habla de una sociedad que ha perdido la capacidad de distinguir entre la representación y la realidad; entre quien actúa para entretener y quien intenta advertir un peligro verdadero.

 

El espectáculo como forma de anestesia

 

Lo extraordinario de esta parábola es que anticipa un fenómeno que hoy parece inevitable.

Vivimos inmersos en un flujo continuo de imágenes, opiniones, escándalos, tragedias y entretenimiento. Todo aparece mezclado en la misma pantalla, con el mismo formato y el mismo tiempo de atención.

Una guerra ocupa el mismo espacio que un meme.

Una crisis climática dura lo mismo que un video de treinta segundos.

Una noticia sobre el colapso democrático compite con un desafío viral.

La información ya no se organiza según su importancia, sino según su capacidad para captar nuestra atención. Y cuando todo se convierte en contenido, también la tragedia corre el riesgo de convertirse en entretenimiento.

 

Del teatro a las redes sociales

 

Kierkegaard escribió esta parábola cuando no existían ni la televisión, ni internet, ni las redes sociales. Sin embargo, parece haber comprendido algo esencial sobre la condición humana: No basta con decir la verdad. La verdad necesita ser reconocida.

Y cuando una sociedad se acostumbra demasiado al espectáculo, cualquier advertencia puede parecer simplemente otra escena de la función.

Quizá por eso hoy reaccionamos con una mezcla de ironía, cinismo y fatiga ante casi cualquier acontecimiento. Nos indignamos durante unas horas. Compartimos una publicación. Comentamos. Seguimos deslizando el dedo sobre la pantalla.

Como el público del teatro, aplaudimos mientras el escenario comienza a arder.

 

Debord, Postman y Fisher: los herederos de una intuición

 

Décadas después, otros pensadores profundizaron esa misma preocupación.

"Guy Debord", en "La sociedad del espectáculo", sostuvo que la experiencia directa había sido reemplazada por su representación. Ya no vivimos los acontecimientos: consumimos imágenes de ellos.

"Neil Postman", en "Divertirse hasta morir", advirtió que las democracias no necesariamente serían destruidas por la censura, sino por el exceso de entretenimiento. Cuando todo debe divertir, incluso el conocimiento termina perdiendo su gravedad.

"Mark Fisher", por su parte, mostró cómo el capitalismo contemporáneo convierte incluso la crítica en mercancía. Todo puede ser absorbido, estetizado y vendido. Hasta la rebelión puede transformarse en un producto.

Los tres, de algún modo, continúan la pregunta que Kierkegaard formuló un siglo antes.

 

El verdadero peligro

 

La parábola no dice que el público sea estúpido. Dice algo mucho más inquietante. El público interpreta la realidad según aquello que espera ver. Como el mensaje viene de un payaso, supone que necesariamente debe ser una broma.

La apariencia invalida el contenido. Y acaso esa sea una de las grandes tragedias de nuestro tiempo. Muchas veces desestimamos una advertencia no porque sea falsa, sino porque no encaja con nuestras expectativas, nuestras creencias o nuestra comodidad. Preferimos pensar que todo sigue siendo parte del espectáculo.

Porque aceptar que el incendio es real implica abandonar la butaca.

 

La pregunta que sigue ardiendo

La fuerza de Kierkegaard no reside en ofrecer respuestas. Su filosofía siempre incomoda más de lo que tranquiliza.

La parábola del payaso sigue vigente porque nos obliga a formular una pregunta incómoda: ¿Cómo distinguimos una advertencia auténtica de una simple representación cuando vivimos en una cultura donde todo parece espectáculo?

Quizá esa sea la verdadera herencia del filósofo danés. No enseñarnos cómo termina el mundo. Sino obligarnos a preguntarnos si, mientras esperamos el próximo acto, no estaremos también nosotros aplaudiendo al payaso mientras el teatro ya comenzó a incendiarse.

"Porque el problema nunca fue el incendio. El problema fue un público incapaz de reconocerlo."

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