Aplaudir el incendio
Kierkegaard y la sociedad del espectáculo
"El mayor triunfo del espectáculo no consiste en
entretenernos, sino en convencernos de que todo lo importante también forma
parte del show."
Hay parábolas que sobreviven a sus autores. No porque
describan una época, sino porque terminan describiendo todas. La del payaso y
el incendio, escrita por Søren Kierkegaard en 1843, es una de ellas. Han pasado
casi dos siglos desde que el filósofo danés la imaginó y, sin embargo, resulta
difícil encontrar una imagen más precisa del mundo contemporáneo.
Un teatro se incendia detrás del escenario. Un payaso
sale a advertir al público. Les dice que deben escapar porque el fuego avanza.
Los espectadores ríen. Creen que forma parte de la función. Aplauden. El payaso
insiste. El aplauso se vuelve aún más intenso.
Kierkegaard concluye con una intuición devastadora: así
podría terminar el mundo, entre los aplausos de quienes confunden una
advertencia con un espectáculo.
Mucho más que una anécdota
Conviene hacer una aclaración. La frase que suele
circular en redes sociales no es una cita textual de "O lo uno o lo
otro" ("Enten–Eller", 1843), sino una versión condensada y
modernizada de una parábola que aparece en "Diapsálmata", la sección
que abre esa obra fundamental.
Pero la fidelidad literal importa menos que la fidelidad
filosófica. El sentido permanece intacto.
Kierkegaard no está hablando de un incendio. Tampoco de
un payaso. Está hablando de nosotros.
Nos habla de una sociedad que ha perdido la capacidad de
distinguir entre la representación y la realidad; entre quien actúa para
entretener y quien intenta advertir un peligro verdadero.
El espectáculo como forma de anestesia
Lo extraordinario de esta parábola es que anticipa un
fenómeno que hoy parece inevitable.
Vivimos inmersos en un flujo continuo de imágenes,
opiniones, escándalos, tragedias y entretenimiento. Todo aparece mezclado en la
misma pantalla, con el mismo formato y el mismo tiempo de atención.
Una guerra ocupa el mismo espacio que un meme.
Una crisis climática dura lo mismo que un video de
treinta segundos.
Una noticia sobre el colapso democrático compite con un
desafío viral.
La información ya no se organiza según su importancia,
sino según su capacidad para captar nuestra atención. Y cuando todo se
convierte en contenido, también la tragedia corre el riesgo de convertirse en
entretenimiento.
Del teatro a las redes sociales
Kierkegaard escribió esta parábola cuando no existían ni
la televisión, ni internet, ni las redes sociales. Sin embargo, parece haber
comprendido algo esencial sobre la condición humana: No basta con decir la
verdad. La verdad necesita ser reconocida.
Y cuando una sociedad se acostumbra demasiado al
espectáculo, cualquier advertencia puede parecer simplemente otra escena de la
función.
Quizá por eso hoy reaccionamos con una mezcla de ironía,
cinismo y fatiga ante casi cualquier acontecimiento. Nos indignamos durante
unas horas. Compartimos una publicación. Comentamos. Seguimos deslizando el
dedo sobre la pantalla.
Como el público del teatro, aplaudimos mientras el
escenario comienza a arder.
Debord, Postman y Fisher: los herederos de una intuición
Décadas después, otros pensadores profundizaron esa misma
preocupación.
"Guy Debord", en "La sociedad del
espectáculo", sostuvo que la experiencia directa había sido reemplazada
por su representación. Ya no vivimos los acontecimientos: consumimos imágenes
de ellos.
"Neil Postman", en "Divertirse hasta
morir", advirtió que las democracias no necesariamente serían destruidas
por la censura, sino por el exceso de entretenimiento. Cuando todo debe
divertir, incluso el conocimiento termina perdiendo su gravedad.
"Mark Fisher", por su parte, mostró cómo el
capitalismo contemporáneo convierte incluso la crítica en mercancía. Todo puede
ser absorbido, estetizado y vendido. Hasta la rebelión puede transformarse en
un producto.
Los tres, de algún modo, continúan la pregunta que
Kierkegaard formuló un siglo antes.
El verdadero peligro
La parábola no dice que el público sea estúpido. Dice
algo mucho más inquietante. El público interpreta la realidad según aquello que
espera ver. Como el mensaje viene de un payaso, supone que necesariamente debe
ser una broma.
La apariencia invalida el contenido. Y acaso esa sea una
de las grandes tragedias de nuestro tiempo. Muchas veces desestimamos una
advertencia no porque sea falsa, sino porque no encaja con nuestras
expectativas, nuestras creencias o nuestra comodidad. Preferimos pensar que
todo sigue siendo parte del espectáculo.
Porque aceptar que el incendio es real implica abandonar
la butaca.
La pregunta que sigue ardiendo
La fuerza de Kierkegaard no reside en ofrecer respuestas.
Su filosofía siempre incomoda más de lo que tranquiliza.
La parábola del payaso sigue vigente porque nos obliga a
formular una pregunta incómoda: ¿Cómo distinguimos una advertencia auténtica de
una simple representación cuando vivimos en una cultura donde todo parece
espectáculo?
Quizá esa sea la verdadera herencia del filósofo danés.
No enseñarnos cómo termina el mundo. Sino obligarnos a preguntarnos si,
mientras esperamos el próximo acto, no estaremos también nosotros aplaudiendo
al payaso mientras el teatro ya comenzó a incendiarse.
"Porque el problema nunca fue el incendio. El
problema fue un público incapaz de reconocerlo."
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