La noche de San Juan
Hay tradiciones que sobreviven porque hablan un lenguaje
más antiguo que las palabras. Desde hace muchos años, cada 23 de junio repito
un pequeño ritual. Mientras las hogueras iluminan la noche y una copa de vino
color rubí acompaña el momento, corto tres papelitos. En cada uno escribo un
defecto, una sombra, un hábito que quisiera dejar atrás. Luego los arrojo al
fuego.
No creo que las llamas tengan poderes mágicos. Creo en
algo más difícil: la voluntad de cambiar.
El fuego no destruye los defectos. Apenas los señala. Los
vuelve visibles. El verdadero trabajo comienza al día siguiente, cuando la
ceniza ya se enfrió y quedan por delante doce meses para enfrentar aquello que
uno decidió quemar.
La Noche de San Juan es una de esas celebraciones donde
se mezclan la historia, la religión y el mito. Para algunos es el nacimiento de
San Juan Bautista. Para otros, una antigua fiesta solar heredada de tiempos
remotos. En cualquier caso, el fuego sigue siendo el protagonista: símbolo de
purificación, de renacimiento y de luz frente a la oscuridad.
Quizás por eso esta tradición sigue teniendo sentido.
Porque todos llevamos dentro algo que necesita arder para dejar espacio a algo
nuevo. El orgullo que nos aísla. El miedo que nos paraliza. El resentimiento
que nos encadena. Cada uno conoce sus propios nombres.
Esta noche volveré a escribir tres palabras en tres
pequeños papeles. Las veré convertirse en ceniza y levantar vuelo entre las
chispas. Y mientras el vino acompañe la ceremonia, recordaré que el cambio
verdadero no ocurre en el fuego de una noche, sino en la paciencia de todo un
año.
Feliz Noche de San Juan. Que las llamas iluminen aquello
que merece permanecer y consuman aquello que ya es tiempo de dejar atrás.

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