El velorio de una ilusión
Una tarde de invierno, treinta mil hinchas de Colón y
un Renault 11 cargado de fantasmas.
Hay derrotas que no terminan cuando el árbitro marca el
final. Algunas continúan mucho después, durante kilómetros de silencio.
El 26 de junio de 1993 viajé con mi padre al Chateau
Carreras de Córdoba para presenciar el tercer y definitivo partido entre Colón
de Santa Fe —el club de sus amores— y Banfield. Treinta mil hinchas rojinegros
habían copado las tribunas. La ilusión viajaba con ellos. También con nosotros.
Los noventa minutos terminaron 0 a 0. Después llegó esa
crueldad llamada definición por penales. Banfield acertó más. Banfield ascendió
a Primera División. Colón quedó otra vez a las puertas de un sueño que parecía
tan cercano como inalcanzable.
Pero lo que más recuerdo no es la tanda de penales.
Recuerdo la caminata hacia el estacionamiento. Larga.
Interminable. Mi padre y yo avanzábamos entre la multitud sin decir una
palabra. No hacía falta. El dolor ocupaba todo el espacio disponible. Sobre
nuestras cabezas, unos pájaros negros revoloteaban en círculos, como si
acompañaran el duelo colectivo de miles de almas derrotadas.
La desazón había transformado los rostros. Algunos
lloraban. Otros caminaban con la mirada perdida. Todo tenía el clima de un
velorio. Como si no hubiéramos asistido a un partido de fútbol sino al entierro
de una esperanza largamente acariciada.
Cuando finalmente nos subimos al Renault 11, el silencio
se volvió aún más denso. El auto parecía un pequeño panteón rodante donde
viajaban nuestros fantasmas. Mi padre miraba hacia adelante. Yo también.
Ninguno encontraba palabras para explicar aquella tristeza. El motor arrancó,
pero algo de nosotros quedó para siempre en las tribunas del Chateau Carreras,
entre los cantos apagados y los sueños rotos de aquella tarde de invierno.

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