Crónicas del Desvelo. Los restos de la noche. Literatura, periodismo gonzo, poesía, ensayos y observaciones de José Luis Colombini.

Hay noches en las que los libros permanecen abiertos sobre la mesa, el whisky pierde lentamente el frío y las fotografías dejan de ser recuerdos para convertirse en interrogantes. Es en ese territorio incierto, donde la ciudad duerme y la memoria insiste en permanecer despierta, donde nacen estas crónicas. Crónicas del Desvelo no pretende ofrecer respuestas. Es un refugio para quienes encuentran en la literatura, el rock, el cine, la filosofía y la memoria una forma de habitar el mundo. Aquí conviven Borges y Baudelaire con Robert Smith y Bowie; Schopenhauer conversa con Camus mientras una película española, una novela olvidada o una canción de post-punk iluminan, aunque sea por un instante, la oscuridad de la madrugada. Escribo desde Traslasierra, pero también desde los bares de la memoria, las bibliotecas de la adolescencia, los discos gastados, las calles recorridas y las pérdidas que todavía siguen haciendo preguntas. Cada texto es una mezcla de ensayo, autobiografía y periodismo gonzo; una manera de entender que el autor no observa la realidad desde afuera, sino que inevitablemente forma parte de ella. Porque escribir, al final, no consiste en contar una historia. Consiste en descubrir qué historia nos está contando a nosotros. “Esto no es contenido. Es insomnio grabado.”
Cada palabra publicada en este blog nació de la escritura de José Luis Colombini. Estas crónicas, ensayos, poemas y reflexiones forman parte de su obra intelectual y están protegidos por los derechos de autor. Si algún texto te conmueve, podés compartirlo, siempre citando la fuente y respetando la autoría. Gracias por valorar el trabajo creativo y la escritura independiente.

El velorio de una ilusión

 

 

El velorio de una ilusión

 

Una tarde de invierno, treinta mil hinchas de Colón y un Renault 11 cargado de fantasmas.

 

Hay derrotas que no terminan cuando el árbitro marca el final. Algunas continúan mucho después, durante kilómetros de silencio.

El 26 de junio de 1993 viajé con mi padre al Chateau Carreras de Córdoba para presenciar el tercer y definitivo partido entre Colón de Santa Fe —el club de sus amores— y Banfield. Treinta mil hinchas rojinegros habían copado las tribunas. La ilusión viajaba con ellos. También con nosotros.

Los noventa minutos terminaron 0 a 0. Después llegó esa crueldad llamada definición por penales. Banfield acertó más. Banfield ascendió a Primera División. Colón quedó otra vez a las puertas de un sueño que parecía tan cercano como inalcanzable.

Pero lo que más recuerdo no es la tanda de penales.

Recuerdo la caminata hacia el estacionamiento. Larga. Interminable. Mi padre y yo avanzábamos entre la multitud sin decir una palabra. No hacía falta. El dolor ocupaba todo el espacio disponible. Sobre nuestras cabezas, unos pájaros negros revoloteaban en círculos, como si acompañaran el duelo colectivo de miles de almas derrotadas.

La desazón había transformado los rostros. Algunos lloraban. Otros caminaban con la mirada perdida. Todo tenía el clima de un velorio. Como si no hubiéramos asistido a un partido de fútbol sino al entierro de una esperanza largamente acariciada.

Cuando finalmente nos subimos al Renault 11, el silencio se volvió aún más denso. El auto parecía un pequeño panteón rodante donde viajaban nuestros fantasmas. Mi padre miraba hacia adelante. Yo también. Ninguno encontraba palabras para explicar aquella tristeza. El motor arrancó, pero algo de nosotros quedó para siempre en las tribunas del Chateau Carreras, entre los cantos apagados y los sueños rotos de aquella tarde de invierno.


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