Crónicas del Desvelo. Los restos de la noche. Literatura, periodismo gonzo, poesía, ensayos y observaciones de José Luis Colombini.

Hay noches en las que los libros permanecen abiertos sobre la mesa, el whisky pierde lentamente el frío y las fotografías dejan de ser recuerdos para convertirse en interrogantes. Es en ese territorio incierto, donde la ciudad duerme y la memoria insiste en permanecer despierta, donde nacen estas crónicas. Crónicas del Desvelo no pretende ofrecer respuestas. Es un refugio para quienes encuentran en la literatura, el rock, el cine, la filosofía y la memoria una forma de habitar el mundo. Aquí conviven Borges y Baudelaire con Robert Smith y Bowie; Schopenhauer conversa con Camus mientras una película española, una novela olvidada o una canción de post-punk iluminan, aunque sea por un instante, la oscuridad de la madrugada. Escribo desde Traslasierra, pero también desde los bares de la memoria, las bibliotecas de la adolescencia, los discos gastados, las calles recorridas y las pérdidas que todavía siguen haciendo preguntas. Cada texto es una mezcla de ensayo, autobiografía y periodismo gonzo; una manera de entender que el autor no observa la realidad desde afuera, sino que inevitablemente forma parte de ella. Porque escribir, al final, no consiste en contar una historia. Consiste en descubrir qué historia nos está contando a nosotros. “Esto no es contenido. Es insomnio grabado.”
Cada palabra publicada en este blog nació de la escritura de José Luis Colombini. Estas crónicas, ensayos, poemas y reflexiones forman parte de su obra intelectual y están protegidos por los derechos de autor. Si algún texto te conmueve, podés compartirlo, siempre citando la fuente y respetando la autoría. Gracias por valorar el trabajo creativo y la escritura independiente.

El hielo de los traidores y los guerreros que luchaban espalda con espalda

El hielo de los traidores y los guerreros que luchaban espalda con espalda

 

La lealtad y la traición son dos de las palabras más antiguas de la experiencia humana. Antes de que existieran las naciones, las leyes o las religiones organizadas, los seres humanos ya dependían de algo esencial para sobrevivir: la confianza. Saber que quien compartía el fuego no te abandonaría en la noche. Saber que quien caminaba a tu lado no te entregaría al enemigo. Saber que una promesa tendría algún valor.

Quizás por eso Dante Alighieri, al imaginar la arquitectura moral del Infierno en “La Divina Comedia”, reservó el lugar más profundo y terrible para los traidores.

Muchos imaginan el Infierno como un reino de llamas, castigos ardientes y sufrimientos abrasadores. Sin embargo, cuando Dante llega al último círculo descubre algo inesperado: el mal absoluto no es fuego, sino hielo.

El noveno círculo, llamado Cocito, es un lago congelado donde permanecen atrapados quienes traicionaron aquello que debía ser protegido. Cuanto más grave es la traición, más profundo es el hielo. Allí están quienes traicionaron a su familia, a su patria, a sus amigos y a sus benefactores.

La elección no es casual.

El fuego todavía conserva movimiento, pasión, energía y hasta a veces purifica. El hielo, en cambio, representa la ausencia total de calor humano. Es el territorio donde el amor se ha extinguido por completo. Para Dante, la traición no es simplemente una falta moral: es la destrucción deliberada del vínculo que hace posible toda convivencia.

En el centro exacto de ese universo congelado se encuentra Lucifer.

No es el príncipe majestuoso de algunas representaciones modernas. Está inmovilizado, derrotado, atrapado para siempre. Sus enormes alas baten constantemente, pero en lugar de generar libertad producen el viento helado que congela el lago entero. El mal se alimenta de sí mismo. Su movimiento no crea vida: crea inmovilidad.

Y en sus tres bocas mastica eternamente a los tres mayores traidores de la historia según Dante: Judas Iscariote, quien entregó a Cristo; Marco Junio Bruto y Cayo Casio Longino, quienes participaron en el asesinato de Julio César.

La elección resulta reveladora. Dante coloca en el mismo nivel la traición religiosa y la política. Lo que importa no es la ideología ni las circunstancias. Lo imperdonable es la ruptura consciente de la lealtad.

Frente a esa imagen oscura existe otra, surgida muchos siglos antes, en la antigua Grecia.

El Batallón Sagrado de Tebas fue una unidad militar compuesta por trescientos guerreros organizados en ciento cincuenta parejas. Según las fuentes clásicas, aquellos hombres no estaban unidos únicamente por la disciplina militar o la camaradería. Muchos eran amantes.

La lógica de los tebanos era simple y profundamente humana: nadie combate con más valentía que quien lucha junto a la persona que ama.

Un soldado podía huir por miedo a la muerte. Podía abandonar una posición para salvarse. Pero resultaba mucho más difícil hacerlo cuando la persona que estaba a su lado era alguien cuya opinión, admiración y afecto significaban todo para él.

La lealtad se convertía entonces en una fuerza militar.

No era una cuestión abstracta ni una virtud predicada desde un templo. Era algo concreto. Dos hombres sosteniendo una línea de batalla. Dos escudos protegiéndose mutuamente. Dos vidas confiadas una a la otra.

Aquellos guerreros alcanzaron fama legendaria. Bajo el mando de Pelópidas contribuyeron decisivamente a derrotar a Esparta en la Batalla de Leuctra, quebrando una hegemonía que parecía invencible. Durante décadas fueron considerados una de las mejores fuerzas militares de Grecia.

Su final llegó en Queronea. Cuando las tropas de Filipo II de Macedonia y un joven Alejandro avanzaron sobre ellos, el Batallón Sagrado quedó rodeado. Podían rendirse. Podían huir. No lo hicieron. Los cronistas cuentan que lucharon hasta el último hombre.

Cuando terminó la batalla, los cuerpos aparecieron juntos, donde habían combatido. No separados. No dispersos por la huida. Juntos.

Hay algo profundamente simbólico en esa imagen.

Por un lado, Dante nos muestra el punto más bajo de la condición humana: el momento en que una persona convierte la confianza de otra en un arma y la utiliza para destruirla.

Por otro, los guerreros de Tebas representan el extremo opuesto: la decisión de permanecer al lado de alguien incluso cuando hacerlo implica arriesgar la propia vida.

El traidor rompe el vínculo para salvarse.

El leal acepta el costo del vínculo porque entiende que algunas cosas valen más que la propia seguridad.

Quizás por eso las historias de traición producen una herida tan profunda. No nos duele solamente el daño recibido. Nos duele descubrir que la confianza depositada en alguien era una ilusión. La traición destruye dos cosas al mismo tiempo: el vínculo y la imagen que teníamos del otro.

La lealtad, en cambio, construye. Hace posibles las amistades duraderas, los amores profundos, las familias, las comunidades e incluso las civilizaciones. Ninguna sociedad puede sostenerse únicamente mediante leyes o castigos. En algún punto siempre necesita personas que cumplan su palabra incluso cuando nadie las observa.

Dante comprendió esa verdad hace setecientos años. Los tebanos la comprendieron dos mil años antes que él.

Por eso sus imágenes continúan hablándonos. En el fondo del Infierno, el hielo de quienes traicionaron. En los campos de Grecia, dos guerreros luchando espalda con espalda. Dos formas opuestas de habitar el mundo.

Una destruye los puentes entre las personas. La otra los convierte en algo tan fuerte que ni siquiera la muerte logra quebrarlos.

 

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