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La Semana Premium del Amor Falso


 

La Semana Premium del Amor Falso

 

No pude dormir.

Así que hice lo que hacemos todos cuando el insomnio se mezcla con la nostalgia: abrí un chat viejo.

Ahí seguían las palabras. Los corazones. Los mensajes interminables de madrugada. Las promesas. Los "buen día" y los "buenas noches". Las confesiones que parecían sinceras. La sensación de haber encontrado a alguien distinto en medio del ruido.

Y entonces pensé: No fue “love bombing”. Fue una semana gratis de la versión premium de alguien. Después llegó la suscripción vencida. Pantalla negra. Silencio.

El amor moderno viene con interfaz. Notificaciones, emojis, audios de un minuto que parecen confesiones profundas y mensajes escritos con la velocidad de quien teme que un segundo de silencio arruine el hechizo.

Vivimos en una época donde la intensidad se confunde fácilmente con la profundidad.

Y ahí empieza el problema.

Porque el llamado “love bombing” —esa expresión que parece salida de un manual de psicología o de una serie de Netflix— describe algo bastante simple: una avalancha de atención, afecto y validación que llega demasiado rápido y demasiado fuerte.

No siempre nace de la maldad. De hecho, muchas veces nace de la inseguridad.

Detrás del bombardeo amoroso suele haber alguien desesperado por sentirse amado, admirado, deseado o importante. Alguien que necesita verse reflejado en los ojos del otro para convencerse de su propio valor.

Como Narciso inclinándose sobre el agua. La diferencia es que ahora el espejo tiene WhatsApp. Y del otro lado estamos nosotros. Humanos. Vulnerables. Hambrientos de conexión. Porque el cerebro tiene sus propias trampas. La atención genera dopamina.

Los mensajes constantes generan expectativa. Los halagos producen placer. Las demostraciones exageradas de afecto generan apego. No es casualidad. Nuestro sistema de recompensa está diseñado para acercarnos a aquello que nos hace sentir queridos, valorados y seguros. Por eso funciona. No porque seamos ingenuos. Sino porque somos humanos. Entonces aparecen las señales. Los "te amo" demasiado tempranos. Los planes de vida cuando todavía ni siquiera conocen tus manías. Las conversaciones interminables. La necesidad de estar presentes a cada minuto. Los elogios tan perfectos que parecen escritos para cualquiera. Todo ocurre demasiado rápido. Todo parece demasiado perfecto. Todo parece demasiado urgente.

Y el cine tampoco ayuda. Durante décadas nos enseñaron que el amor verdadero entra como un incendio. Que si no hay vértigo, no hay pasión. Que si no hay intensidad, no hay romance. Pero el amor real rara vez se parece a una explosión. Se parece más a una construcción. Lenta. Imperfecta. Pacientemente humana. Esa es la diferencia fundamental.

El amor crece. El “love bombing” acelera. El amor construye confianza. El “love bombing” fabrica dependencia. El amor respeta los tiempos. El “love bombing” quiere resultados inmediatos. Después llega el giro. Siempre llega. La atención disminuye. Los mensajes se vuelven escasos. El entusiasmo desaparece. La persona que parecía fascinada con cada detalle de tu existencia se vuelve distante, fría o indiferente.

Y ahí aparece el verdadero dolor. Porque no sufrimos por lo que era. Sufrimos por lo que parecía ser. Volvemos a leer conversaciones viejas buscando explicaciones. Revisamos mensajes. Buscamos señales ocultas. Intentamos descubrir en qué momento se rompió todo. Pero muchas veces no se rompió nada.

Simplemente terminó la función. Se apagaron las luces. Se fueron los músicos.

Y quedó el escenario vacío. Entonces recordé aquella canción de Brian May en “Too Much Love Will Kill You”. Demasiado amor te matará. Demasiado amor también puede destruir. Sobre todo cuando no es amor. Cuando es ansiedad. Cuando es necesidad.

Cuando es inseguridad disfrazada de poesía. No hace falta volverse paranoico. No hace falta desconfiar de cada gesto romántico.

El enamoramiento siempre tiene algo de exceso. Las hormonas hacen su trabajo y nadie debería avergonzarse de sentir intensamente. Pero conviene escuchar esa pequeña voz interior cuando algo parece demasiado perfecto para ser cierto.

Esa incomodidad mínima. Esa sospecha que intentamos callar porque queremos creer.

Porque no todo lo intenso es profundo. No todo lo rápido es verdadero. No todo lo que brilla es amor.

A veces es simplemente alguien apretando todos los botones correctos. Y después desapareciendo. Mientras vos seguís despierto a las tres de la mañana, mirando una pantalla vacía, esperando la notificación de algo que, en el fondo, nunca estuvo ahí.

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