Farmear aura: cuando la estupidez se convierte en
espectáculo
Últimamente Traslasierra no deja de sorprenderme con
cosas que uno cree que no pueden suceder en una plaza de Villa Dolores. Una
batalla de freestyle, vaya y pase. Un torneo de ajedrez, una feria de
artesanos, una peña, incluso una pelea a trompadas entre dos borrachos que se
disputan una novia imaginaria. Todo eso pertenece, de algún modo, al repertorio
histórico de la humanidad.
Pero ahora resulta que vamos a farmear aura.
La expresión parece salida de una traducción defectuosa
de algún videojuego japonés. Sin embargo, no. Es real. Y aparentemente hemos
llegado al punto exacto de la civilización en que dos personas pueden reunirse
en una plaza para competir por quién tiene más “aura”.
No sé en qué momento la humanidad decidió que el carisma
necesitaba campeonato.
“Farmear” viene del universo gamer: repetir una acción
hasta conseguir recursos, experiencia o puntos. Ahora se aplica al aura. Uno
hace algo —una pose, un baile, una mirada, una entrada espectacular, vaya uno a
saber qué demonios— y obtiene aura. Si hace el ridículo, pierde aura. Si
consigue impresionar a los demás, suma aura.
Es decir: hemos convertido la personalidad en un
videojuego.
Durante siglos los seres humanos intentamos construir una
identidad. Leímos libros, escribimos poemas, pintamos cuadros, tuvimos amantes,
fuimos a la guerra, fundamos religiones, inventamos filosofías, compusimos
sinfonías, nos suicidamos por amor, descubrimos América, llegamos a la Luna.
Y ahora:
—Mirá cómo farmeo aura.
Quizás el problema no sea siquiera la estupidez de la
expresión. Las generaciones anteriores también tuvimos nuestras estupideces.
Cada época fabrica las suyas. El problema es que ahora la estupidez viene
cuantificada.
Antes uno podía ser un imbécil sin saber exactamente
cuántos puntos de imbécil tenía.
Ahora todo parece necesitar una puntuación. Seguidores.
Likes. Vistas. Reacciones. Comentarios. Aura. La existencia convertida en una
gigantesca planilla de Excel emocional. Y ahí aparece la plaza. Que es una de
las plazas de mi barrio.
La plaza con todo lo que eso significa, ese lugar donde
históricamente los seres humanos se reunían para hacer política, vender cosas,
conversar, enamorarse, jugar al fútbol, tomar mate, leer, a mi me gusta ir a
leer a las plazas o simplemente matar el tiempo. Ahora también será escenario
de una “batalla de aura”.
Me imagino al presentador:
—¡A ver quién tiene más aura!
Y alrededor, un grupo de adolescentes observando
solemnemente mientras dos competidores intentan demostrar algo que
probablemente ni ellos mismos saben qué es. Lo fascinante es que detrás de esta
pavada hay algo bastante menos gracioso.
Porque el aura siempre existió. El problema es que antes
se llamaba presencia. Se llamaba personalidad. Se llamaba magnetismo. Se
llamaba estilo. Se llamaba carisma. Se llamaba Sharm. Y, en algunos casos,
simplemente se llamaba tener algo para decir.
Ahora necesitamos inventar una palabra nueva para
describir la sensación de estar frente a alguien que parece tener una
intensidad particular. Y además necesitamos convertir esa sensación en
competencia. Quizás porque vivimos en una época desesperada por transformar
todo en espectáculo. Ya no alcanza con ser alguien: hay que parecer alguien. Ya
no alcanza con hacer algo: hay que demostrarlo. Ya no alcanza con vivir: hay
que producir contenido sobre haber vivido. Y ahora tampoco alcanza con tener
presencia. Hay que farmearla.
No me molesta que los pibes se diviertan. Al contrario.
Ojalá sigan ocupando las plazas, haciendo ruido, inventando estupideces y
riéndose de nosotros. La juventud siempre tuvo derecho a sus propias pavadas. Lo
verdaderamente extraordinario es que nosotros, los adultos, vivimos en una
época que convirtió esas pavadas en categorías culturales. Así que allí
estaremos. En la plazoleta Belgrano. Mientras alguien intenta conseguir +500 de
aura con una pose imposible, otro probablemente perderá 300 por tropezarse. Y
quizás, en algún rincón de la plaza, un viejo escritor observe todo aquello con
una mezcla de fascinación y espanto. Pensará en Borges. En Bolaño. En los
libros. En las noches interminables. En todas las cosas inútiles que alguna vez
hicimos para intentar comprender quiénes éramos. Y finalmente comprenderá que
el mundo no se terminó. Simplemente actualizó el sistema operativo. Ahora, para
demostrar que existís, tenés que farmear aura. Bienvenidos al siglo XXI.
La estupidez, finalmente, tiene ranking.

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