Roberto, mi hermano de leche
Hoy cumplirías años.
Y cada vez que llega este día pienso que hay personas que
no se van del todo porque quedan repartidas en demasiadas cosas: en una
canción, en una fotografía vieja, en una moto, en una noche interminable, en
una anécdota que uno sigue contando aunque ya no esté el otro para corregirla.
Roberto Elías Carrizo fue mi amigo, pero decirle
solamente amigo sería achicar demasiado la historia. Fue mi hermano de leche.
Mi hermano elegido. Mi compañero de aventuras, de música, de motos, de noches y
de esas situaciones en las que yo prefería no meterme y él terminaba siendo mi
doble de riesgo.
Nos pasaron tantas cosas que algunas parecen inventadas.
Irlo a visitar a Banda Norte cuando vivía en la calle Tupungato
a finales de los 80 era una travesía y una odisea.
Una vez, durante el velatorio de mi padre, alguien lo
confundió conmigo y se acercó a darle el pésame. Roberto no tuvo que explicar
que el muerto era mi padre, no el suyo, y que el muerto tampoco era yo, solo
acepto todo y puso cara de compungido. Otra vez, mi exmujer lo vio de espaldas y
también creyó que era yo. Teníamos el pelo largo y una trenza. Quizás éramos un
poco más parecidos de lo que creíamos.
También es mi compadre. Cuando mi hija Azul Brisa a los
10 años decidió bautizarse fue y le pidió sea su padrino.
La fotografía que acompaña estas palabras es de 2001.
Estamos juntos durante la presentación de “Detrás de la noche”, mi primer
libro. Yo todavía no sabía cuántos libros vendrían después. Roberto sí sabía
algo: siempre me decía que tenía que escribir. Cuentos. Historias. Miles de
cosas que habíamos vivido.
Tal vez por eso todos mis libros llevan de alguna manera su
nombre y siempre esta en las dedicatorias y agradecimientos.
En Desvistiendo lluvias escribí:
“A Roberto Elías, mi hermano de leche, quien en el
velatorio de mi padre lo confundieron conmigo y le dieron el pésame.”
Parece una dedicatoria extraña para un libro. Pero
solamente nosotros sabíamos todo lo que había detrás de esa frase.
Con los años entendí que escribir también puede ser una
forma de conservar a los muertos. No para convertirlos en estatuas. Al
contrario. Para devolverles su ruido: las risas, las discusiones, las motos, la
música, las noches, las equivocaciones, las aventuras, las estupideces y esas
conversaciones que en aquel momento parecían no tener ninguna importancia.
Hoy pienso en Roberto y no pienso solamente en su muerte.
Pienso en él vivo.
Pienso en nosotros jóvenes, con el pelo largo,
creyéndonos eternos. Pienso en todo lo que todavía no sabíamos que íbamos a
perder. Pienso en todo lo que vivimos sin sospechar que algún día uno de los
dos tendría que aprender a recordar por los dos.
Roberto, hermano: seguí escribiendo. Eso me dijiste
tantas veces. Y acá estoy. Todavía escribiendo. Todavía contando nuestras
historias. Todavía encontrándote, de vez en cuando, entre las páginas de mis
libros.
Feliz cumpleaños, hermano.
Donde sea que estés, espero que haya música, una buena
moto y alguna historia que todavía no me hayas contado.

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