Los dientes del perro de Tolstói
Hay una escena de León Tolstói que siempre me produjo una
incomodidad extraña. No por Jesús. Por nosotros.
Jesús llega a las puertas de una ciudad y encuentra, en
la plaza del mercado, un grupo de personas mirando algo que yace en el suelo.
Se acerca. Es un perro muerto.
No hace falta demasiada imaginación para reconstruir la
escena.
El animal está podrido. Tiene una cuerda alrededor del
cuello. Ha sido arrastrado por el barro. Huele mal. Su piel está destruida. Sus
orejas están llenas de sangre.
Y entonces empieza el desfile de opiniones.
Uno dice que el cadáver emponzoña el aire. Otro que va a
estorbar el camino. Otro mira la piel y señala que ni siquiera sirve para
fabricar unas sandalias. Otro habla de las orejas. Otro supone que lo ahorcaron
por ladrón. Todos tienen algo para decir. Todos tienen razón.
El perro está muerto. Es horrible. Es desagradable. Es un
desperdicio. Es, para ellos, un objeto que ya no merece ninguna consideración.
Entonces Jesús mira el cadáver y dice:
“Sus dientes son más blancos y hermosos que las perlas».”
Y ahí se termina el cuento. Pero quizás ahí debería
empezar. Porque lo extraordinario no es que Jesús encuentre algo hermoso en un
perro muerto. Lo extraordinario es que los demás no lo hayan visto. Estaban
demasiado ocupados describiendo la desgracia.
Y esto me parece bastante más interesante que la versión
de autoayuda que suele hacerse de la historia: “Hay que buscar siempre el lado
positivo de las cosas”.
No.
No estoy seguro de que haya que buscarle un lado positivo
a todo. Hay cosas horribles.
Hay muertos. Hay pérdidas. Hay injusticias. Hay momentos
en los que el mundo es exactamente tan miserable como parece. Negarlo sería una
estupidez. Jesús tampoco lo niega. No dice que el perro esté vivo. No dice que
huela bien. No dice que la cuerda alrededor de su cuello sea hermosa. No
intenta transformar la podredumbre en un jardín. Simplemente mira los dientes.
Eso es otra cosa. Es cambiar la mirada sin cambiar aquello que se está mirando.
Y quizás ahí esté la verdadera enseñanza.
Porque vivimos rodeados de personas que se especializaron
en señalar la podredumbre.
Los comentarios de internet parecen una plaza de mercado
permanente. Alguien cae y aparecen inmediatamente los que explican por qué
cayó. Alguien fracasa y aparecen los especialistas en explicar su fracaso.
Alguien muere y aparecen quienes conocen sus defectos. Alguien escribe un libro
y aparecen quienes saben por qué no debería haberlo escrito. Siempre hay una
oreja llena de sangre. Una piel inútil. Una cuerda. Un olor desagradable.
Siempre hay alguien dispuesto a señalarlo. Y quizá por eso me interesa tanto el
perro muerto de Tolstói. Porque no nos pide que seamos optimistas.
Nos pide algo mucho más difícil: que no nos volvamos
incapaces de ver.
El optimismo puede ser una
máscara. La mirada, no. Mirar significa aceptar primero lo que está delante de
nosotros.
El perro está muerto. Después podemos descubrir los
dientes. Blancos. Hermosos. Casi absurdamente hermosos. Y quizá eso sea la
esperanza. No creer que todo estará bien.
No repetir frases de calendario. No agradecerle a la
desgracia por habernos convertido en mejores personas.
La esperanza puede ser algo mucho más pequeño. Encontrar
un detalle. Uno solo. Un libro que
todavía queremos leer. Una canción que vuelve después de treinta años. La voz
de alguien que creíamos olvidada. Una conversación inesperada. Un perro que
todavía respira. Una taza de café a las seis de la mañana. Unos dientes blancos
en medio de un cadáver.
Tolstói entendió algo que nosotros solemos olvidar: que
mirar también es una decisión moral. Podemos elegir qué hacemos con aquello que
tenemos delante. Podemos sumarnos al coro de los que enumeran defectos.
O podemos detenernos. No para negar la muerte. No para
convertirla en belleza. Simplemente para mirar un poco mejor. Porque quizás la
diferencia entre una mirada miserable y una mirada compasiva no esté en lo que
ambas ven. Sino en lo que una de ellas todavía es capaz de encontrar.
Y entonces vuelvo al perro. Todos vieron el cadáver.
Jesús vio los dientes. El perro seguía muerto. Pero la mirada había cambiado.
Y a veces, en esta vida bastante parecida a aquella plaza
de mercado, eso es lo único que todavía podemos cambiar.

No hay comentarios:
Publicar un comentario