Crónicas del Desvelo. Los restos de la noche. Literatura, periodismo gonzo, poesía, ensayos y observaciones de José Luis Colombini.

Hay noches en las que los libros permanecen abiertos sobre la mesa, el whisky pierde lentamente el frío y las fotografías dejan de ser recuerdos para convertirse en interrogantes. Es en ese territorio incierto, donde la ciudad duerme y la memoria insiste en permanecer despierta, donde nacen estas crónicas. Crónicas del Desvelo no pretende ofrecer respuestas. Es un refugio para quienes encuentran en la literatura, el rock, el cine, la filosofía y la memoria una forma de habitar el mundo. Aquí conviven Borges y Baudelaire con Robert Smith y Bowie; Schopenhauer conversa con Camus mientras una película española, una novela olvidada o una canción de post-punk iluminan, aunque sea por un instante, la oscuridad de la madrugada. Escribo desde Traslasierra, pero también desde los bares de la memoria, las bibliotecas de la adolescencia, los discos gastados, las calles recorridas y las pérdidas que todavía siguen haciendo preguntas. Cada texto es una mezcla de ensayo, autobiografía y periodismo gonzo; una manera de entender que el autor no observa la realidad desde afuera, sino que inevitablemente forma parte de ella. Porque escribir, al final, no consiste en contar una historia. Consiste en descubrir qué historia nos está contando a nosotros. “Esto no es contenido. Es insomnio grabado.”
Cada palabra publicada en este blog nació de la escritura de José Luis Colombini. Estas crónicas, ensayos, poemas y reflexiones forman parte de su obra intelectual y están protegidos por los derechos de autor. Si algún texto te conmueve, podés compartirlo, siempre citando la fuente y respetando la autoría. Gracias por valorar el trabajo creativo y la escritura independiente.

Los dientes del perro de Tolstói

Los dientes del perro de Tolstói

 

Hay una escena de León Tolstói que siempre me produjo una incomodidad extraña. No por Jesús. Por nosotros.

Jesús llega a las puertas de una ciudad y encuentra, en la plaza del mercado, un grupo de personas mirando algo que yace en el suelo. Se acerca. Es un perro muerto.

No hace falta demasiada imaginación para reconstruir la escena.

El animal está podrido. Tiene una cuerda alrededor del cuello. Ha sido arrastrado por el barro. Huele mal. Su piel está destruida. Sus orejas están llenas de sangre.

Y entonces empieza el desfile de opiniones.

Uno dice que el cadáver emponzoña el aire. Otro que va a estorbar el camino. Otro mira la piel y señala que ni siquiera sirve para fabricar unas sandalias. Otro habla de las orejas. Otro supone que lo ahorcaron por ladrón. Todos tienen algo para decir. Todos tienen razón.

El perro está muerto. Es horrible. Es desagradable. Es un desperdicio. Es, para ellos, un objeto que ya no merece ninguna consideración. Entonces Jesús mira el cadáver y dice:

“Sus dientes son más blancos y hermosos que las perlas».”

Y ahí se termina el cuento. Pero quizás ahí debería empezar. Porque lo extraordinario no es que Jesús encuentre algo hermoso en un perro muerto. Lo extraordinario es que los demás no lo hayan visto. Estaban demasiado ocupados describiendo la desgracia.

Y esto me parece bastante más interesante que la versión de autoayuda que suele hacerse de la historia: “Hay que buscar siempre el lado positivo de las cosas”.

No.

No estoy seguro de que haya que buscarle un lado positivo a todo. Hay cosas horribles.

Hay muertos. Hay pérdidas. Hay injusticias. Hay momentos en los que el mundo es exactamente tan miserable como parece. Negarlo sería una estupidez. Jesús tampoco lo niega. No dice que el perro esté vivo. No dice que huela bien. No dice que la cuerda alrededor de su cuello sea hermosa. No intenta transformar la podredumbre en un jardín. Simplemente mira los dientes. Eso es otra cosa. Es cambiar la mirada sin cambiar aquello que se está mirando. Y quizás ahí esté la verdadera enseñanza.

Porque vivimos rodeados de personas que se especializaron en señalar la podredumbre.

Los comentarios de internet parecen una plaza de mercado permanente. Alguien cae y aparecen inmediatamente los que explican por qué cayó. Alguien fracasa y aparecen los especialistas en explicar su fracaso. Alguien muere y aparecen quienes conocen sus defectos. Alguien escribe un libro y aparecen quienes saben por qué no debería haberlo escrito. Siempre hay una oreja llena de sangre. Una piel inútil. Una cuerda. Un olor desagradable. Siempre hay alguien dispuesto a señalarlo. Y quizá por eso me interesa tanto el perro muerto de Tolstói. Porque no nos pide que seamos optimistas.

Nos pide algo mucho más difícil: que no nos volvamos incapaces de ver.

El optimismo puede ser una máscara. La mirada, no. Mirar significa aceptar primero lo que está delante de nosotros.

El perro está muerto. Después podemos descubrir los dientes. Blancos. Hermosos. Casi absurdamente hermosos. Y quizá eso sea la esperanza. No creer que todo estará bien.

No repetir frases de calendario. No agradecerle a la desgracia por habernos convertido en mejores personas.

La esperanza puede ser algo mucho más pequeño. Encontrar un detalle. Uno solo.   Un libro que todavía queremos leer. Una canción que vuelve después de treinta años. La voz de alguien que creíamos olvidada. Una conversación inesperada. Un perro que todavía respira. Una taza de café a las seis de la mañana. Unos dientes blancos en medio de un cadáver.

Tolstói entendió algo que nosotros solemos olvidar: que mirar también es una decisión moral. Podemos elegir qué hacemos con aquello que tenemos delante. Podemos sumarnos al coro de los que enumeran defectos.

O podemos detenernos. No para negar la muerte. No para convertirla en belleza. Simplemente para mirar un poco mejor. Porque quizás la diferencia entre una mirada miserable y una mirada compasiva no esté en lo que ambas ven. Sino en lo que una de ellas todavía es capaz de encontrar.

Y entonces vuelvo al perro. Todos vieron el cadáver. Jesús vio los dientes. El perro seguía muerto. Pero la mirada había cambiado.

Y a veces, en esta vida bastante parecida a aquella plaza de mercado, eso es lo único que todavía podemos cambiar.

 

 

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