El día del lector
No se sabe cuándo alguien se convierte en lector. Tal vez
sucede una tarde cualquiera, cuando un libro cae en sus manos y descubre que
esas palabras dicen algo que todavía no sabía cómo decir. Tal vez ocurre mucho
antes, cuando alguien le lee en voz alta una historia y el mundo, por un
instante, parece un lugar un poco más grande.
Leer no es solamente pasar los ojos por una página. Es
aprender a vivir otras vidas sin abandonar la propia. Es entrar en una casa
desconocida, caminar por una ciudad que no conocemos, enamorarnos de alguien
que jamás existió o reconocer en un personaje una parte de nosotros que
preferíamos mantener escondida.
Por eso me cuesta pensar al lector como un simple
consumidor de libros. Un lector es otra cosa: es alguien que acepta el riesgo
de ser transformado.
Cada libro que verdaderamente nos toca deja una pequeña
modificación. Después de ciertos libros ya no volvemos a mirar de la misma
manera una calle, una muerte, una despedida, una mujer, un hombre, un perro,
una ciudad, una noche.
También están los libros que llegan tarde. Los que
encontramos cuando ya creíamos que ciertas preguntas estaban resueltas. Y
entonces descubrimos que no: que apenas habíamos aprendido a formularlas.
Quizás por eso los lectores acumulamos libros como otros
acumulan fotografías. No siempre recordamos exactamente qué decía cada página,
pero recordamos dónde estábamos cuando la leímos. Recordamos una habitación,
una época, una persona, una edad.
Muchos libros pertenecen para siempre a quien fuimos. Y muchos
otros esperan pacientemente al lector que todavía no somos.
Hoy, en el Día del Lector, pienso en todos esos
desconocidos que alguna vez me acompañaron desde una página. En los escritores
muertos hace siglos que todavía pueden sentarse junto a nosotros. En los libros
subrayados, prestados y nunca devueltos. En las bibliotecas pequeñas. En los
ejemplares baratos comprados con las pocas monedas que teníamos. En ese libro
que alguien nos recomendó y que terminó cambiándonos la vida.
Pienso también en algo más sencillo: qué extraño y
maravilloso oficio el de leer.
Uno se queda solo frente a un libro y, sin embargo, nunca
está completamente solo.
Porque mientras alguien siga leyendo, ningún escritor
desaparece del todo.
Y mientras exista alguien dispuesto a abrir un libro,
todavía queda una pequeña posibilidad de que el mundo cambie.

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