Crónicas del Desvelo. Los restos de la noche. Literatura, periodismo gonzo, poesía, ensayos y observaciones de José Luis Colombini.

Hay un momento de la noche en que el mundo parece bajar la voz. Las noticias dejan de importar, las conversaciones se apagan y uno queda a solas con aquello que durante el día consigue mantener a raya. Es ahí donde empiezan estas crónicas. Crónicas del Desvelo nace de esa hora incierta en la que leer, recordar y escribir dejan de ser actividades separadas. Los libros abren puertas hacia otras épocas; las canciones devuelven personas que creíamos olvidadas; una película puede despertar una herida antigua; una idea filosófica puede perseguirnos durante años. Y a veces una fotografía, una calle o una frase escuchada al pasar alcanza para poner todo en movimiento. Este blog es un territorio de cruces. Literatura, rock, cine, filosofía, historia, memoria y vida cotidiana se mezclan sin pedir permiso. Borges puede aparecer junto a Nick Cave; Baudelaire sentarse en la misma mesa que Lou Reed; Camus discutir con un personaje de una película perdida; un libro comprado hace décadas conversar con algo que acaba de suceder esta mañana. Escribo desde Traslasierra, pero también desde todos los lugares que alguna vez me dejaron una marca: las bibliotecas de la adolescencia, los discos que sobrevivieron a las mudanzas, las películas vistas demasiado tarde, los bares que ya no existen, los amigos que tomaron otros caminos y esas pequeñas escenas de la vida que, sin que sepamos por qué, se niegan a desaparecer. No escribo para mirar el mundo desde afuera. Escribo porque estoy adentro de él. Por eso estas páginas mezclan crónica, ensayo, autobiografía, memoria y periodismo gonzo. A veces busco una respuesta y encuentro otra pregunta. A veces intento contar una historia y termino descubriendo que era la mía. Quizás escribir sea eso: seguir una pista sin saber adónde conduce. Abrir un libro, escuchar una canción, recordar una escena y dejar que algo desconocido nos encuentre en el camino. Porque hay cosas que sólo pueden decirse cuando casi todos están durmiendo. Esto no es un blog. Es la luz encendida cuando ya no queda nadie despierto. Cada palabra publicada en este blog pertenece a la escritura de José Luis Colombini. Estas crónicas, ensayos, poemas y reflexiones forman parte de su obra intelectual y están protegidos por derechos de autor. Podés compartir los textos y ayudar a que lleguen a otros lectores, siempre citando la fuente y respetando su autoría. La escritura independiente también necesita lectores que sepan reconocer de dónde vienen las palabras. Gracias por leer. Septiembre 2026

Pensar bajo sospecha: necrología de una época que teme a las ideas

 


 Pensar bajo sospecha: necrología de una época que teme a las ideas

  

"Las bibliotecas no son declaraciones de fe; son mapas de las preguntas que uno decidió no dejar de hacerse. Leer a Marx no obliga a ser marxista, como leer a Nietzsche no obliga a ser nihilista o leer a Borges no convierte el mundo en un laberinto. Una biblioteca es, antes que nada, un ejercicio de libertad intelectual."

 

En el escenario contemporáneo de la hiperconectividad, donde la circulación de discursos es instantánea e incesante, el debate público parece haberse vuelto, paradójicamente, más frágil. La multiplicación de plataformas no ha ensanchado necesariamente el territorio de lo decible; con frecuencia ha fortalecido nuevos mecanismos de vigilancia simbólica. Leer a determinados autores, formular preguntas incómodas o poner en tensión los relatos dominantes suele bastar para recibir una etiqueta que clausura la discusión antes de que esta siquiera comience. Ya no se confrontan ideas: se descalifican. Ya no se examinan argumentos: se sospecha de quien los formula. En ese clima, el pensamiento crítico deja de ser una virtud democrática para convertirse en un motivo de sospecha.

El miedo ya no habita únicamente en los libros prohibidos —si es que aún existen como tales—, sino en aquello que la lectura puede despertar: conciencia, duda, autonomía. El problema nunca ha sido Karl Marx, ni ningún otro autor incómodo. Lo verdaderamente inquietante es la posibilidad de que alguien piense fuera de los marcos prefabricados. Cuando el simple acto de preguntar se vuelve sospechoso, la libertad deja de ser un derecho plenamente ejercido y comienza a administrarse como un riesgo.

La cultura ha retratado con notable lucidez esa tensión. La obra de Charles Chaplin muestra que, cuando el poder no consigue disciplinar las conciencias, suele recurrir al descrédito, la ridiculización o la persecución de quienes desafían el consenso. En ese universo, la libertad no nace de la obediencia, sino del gesto, aparentemente mínimo, de conservar la capacidad de pensar por cuenta propia. Allí donde surge una conciencia autónoma, todo orden establecido empieza a sentir incomodidad.

Desde la teoría social, Marx sostuvo que las ideas dominantes de cada época son, en gran medida, las de la clase dominante. Su crítica recuerda que toda emancipación política o económica exige también una emancipación intelectual: cuestionar lo que parece natural, desmontar las jerarquías invisibles y disputar los significados con los que una sociedad interpreta el mundo. Pensar, en ese sentido, nunca es un acto inocente.

Una preocupación semejante atraviesa el pensamiento ético y político de Martin Luther King Jr., quien advirtió que las mayores amenazas para la justicia no siempre provienen de la violencia abierta, sino también del silencio cómodo, la indiferencia y la obediencia acrítica. Callar frente a la injusticia no constituye una posición neutral; significa, muchas veces, contribuir a la continuidad del orden existente.

Desde tradiciones tan diversas como la filosofía, la economía política, el cine y la ética emerge una misma intuición: pensar jamás ha sido un ejercicio neutral. No porque las ideas destruyan por sí mismas, sino porque alteran el modo en que comprendemos la realidad. No producen revoluciones de manera inmediata; erosionan lentamente las certezas sobre las que se sostienen las estructuras de poder.

Quizá por eso la pregunta decisiva de nuestro tiempo no sea si existen más voces que antes, sino cuánta libertad conservamos para escuchar aquello que incomoda. ¿Teme hoy la sociedad más a las ideas que a las acciones? ¿Hemos reemplazado la censura explícita por formas más sutiles de exclusión simbólica, donde basta una etiqueta para invalidar una reflexión? La respuesta no solo definirá la calidad de nuestro debate público; también dirá cuánto espacio sigue teniendo la libertad allí donde comienza el acto más peligroso de todos: pensar.



 

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