Los vampiros nunca mueren. No pasan de moda, siempre
vuelven. Pueden cambiar de ropa, de época, de ciudad, de manera de alimentarse.
Pueden vivir en un castillo de Transilvania, en una mansión victoriana, en un
departamento de Nueva York o en un pueblo perdido de Maine.
Un vampiro puede ser aristócrata, adolescente, mujer,
niño, amante, asesino o incluso alguien que uno quisiera ser. Pero hay algo que
permanece: siempre vuelven.
Quizás por eso me interesan tanto. Porque cada época
inventa el vampiro que necesita.
Antes del vampiro elegante, seductor y perverso que
conocemos, estaban los muertos de las supersticiones de Europa del Este:
criaturas desagradables, hinchadas por la sangre, asociadas con la enfermedad,
la podredumbre y el miedo a los muertos que no terminan de morirse. No había
nada atractivo en ellos.
Hasta que apareció John William Polidori.
En aquella noche lluviosa de 1816, en Villa Diodati,
junto al lago de Ginebra, Byron, Percy Shelley, Mary Shelley, Claire Clairmont
y Polidori se propusieron escribir historias de terror. Mary terminaría
imaginando a Frankenstein. Polidori escribiría “El vampiro”.
Y con él cambiaría para siempre la criatura.
Su Lord Ruthven ya no era una bestia que salía de una
tumba. Era un aristócrata. Un hombre hermoso, frío, misterioso, capaz de entrar
en los salones elegantes de Londres y convertirse en el centro de todas las
miradas.
El vampiro había descubierto algo que le resultaría muy
útil durante los siguientes doscientos años: “el deseo”.
Ruthven no necesitaba perseguir a sus víctimas. Las
víctimas se acercaban solas.
Después llegó Drácula, de Bram Stoker, en 1897, y el
modelo terminó de consolidarse. El conde ya no era solamente un muerto que
bebía sangre: era una presencia. Una sombra capaz de seducir, hipnotizar,
poseer. Tenía castillo, capa, acento extranjero, mujeres fascinadas y una
sexualidad que la literatura victoriana apenas podía nombrar.
Pero Drácula tampoco había inventado todo.
Carmilla, de Sheridan Le Fanu, había aparecido antes y
había convertido al vampiro femenino en una criatura de deseo, ambigüedad y
peligro.
Después llegó Anne Rice, e hizo algo todavía más
interesante: les dio conciencia.
Lestat y Louis ya no eran simplemente monstruos.
Pensaban. Sufrían. Amaban. Se aburrían. Discutían sobre la eternidad. El
vampiro empezó a preguntarse qué significaba vivir para siempre. Y entonces
llegó Stephen King.
Tengo delante un ejemplar de La hora del vampiro, la
edición de Pomaire que tengo en mi biblioteca. La página legal dice algo que me
gusta más que cualquier dedicatoria: copyright de 1975, edición de Pomaire de
1976 y una impresión de 1978. Es un libro que tiene casi medio siglo.
Y eso también forma parte de la historia de los vampiros.
Porque cuando uno habla de literatura, a veces se olvida
de que los libros también tienen una vida material. Hay libros que no solamente
contienen una historia: conservan una época, una forma de leer, una manera de
editar, una librería, una mesa de saldos, alguien que los tuvo antes que
nosotros.
Este ejemplar llegó hasta mí atravesando todo eso.
Y adentro está Stephen King haciendo algo extraordinario:
sacar al vampiro del castillo.
En El misterio de Salem's Lot —o La hora del vampiro,
como se llamó en aquellas primeras ediciones— King llevó al vampiro a un
pueblo. No necesitó Transilvania. Le alcanzó con Maine.
El horror dejó de venir desde un lugar remoto y
sobrenatural para instalarse en la casa de al lado. En la ventana de enfrente.
En el vecino que uno conocía de toda la vida.
Y ahí el vampiro volvió a dar miedo.
Porque King entendió algo que a veces olvidamos: el
verdadero terror no está en encontrarse con un monstruo desconocido, sino en
descubrir que el mundo cotidiano puede dejar de ser cotidiano.
Mientras miro ese viejo ejemplar de Pomaire, pienso que
también hay algo vampírico en los propios libros.
Ese libro sobrevivió a su época. Sobrevivió a quien lo
compró primero. Sobrevivió a la edición que lo puso en circulación. Sobrevivió
a lectores que probablemente ya no recuerden haberlo leído.
Y ahora está en mi biblioteca.
Los libros, como los vampiros, tienen una manera extraña
de sobrevivir a los muertos.
Junto a La hora del vampiro tengo también Drácula, de
Bram Stoker, en una vieja edición de bolsillo de Rodolfo Alonso Editor.
Rodolfo Alonso Editor fue un proyecto muy particular de
fines de los años sesenta y primera mitad de los setenta. Alonso era poeta,
traductor y editor, y su catálogo mezclaba literatura clásica, poesía,
pensamiento, política, psicoanálisis, erotismo, ciencia ficción y literatura
fantástica. Tenía una idea bastante amplia de lo que podía interesar a un
lector culto.
La edición de Drácula de 1971 tiene además un interés
particular dentro de la historia editorial argentina. Según una investigación
de la Biblioteca Nacional, fue la primera versión completa de la novela que
circuló en Argentina, con traducción de Marcelo Pérez Rivas. Tenía 567 páginas,
en letra bastante pequeña, y superaba ampliamente las versiones anteriores, que
habían circulado resumidas o expurgadas. La propia edición anunciaba en tapa y
contratapa: “Primera versión completa” y “Texto íntegro”.
Y ahí aparece otro vampiro, muchos años después. Ricardo
Romero y El conserje y la eternidad.
Los tres libros parecen conversar entre sí desde épocas
completamente distintas.
Stoker tiene al conde.
King tiene al pueblo.
Romero tiene al conserje.
Entre los tres hay casi un siglo de vampiros aprendiendo
a cambiar de domicilio.
Porque Romero vuelve a sacar al vampiro del castillo,
aunque esta vez no para llevarlo a un pueblo norteamericano, sino a un edificio
argentino.
Eso me interesa especialmente. El vampiro ya no necesita
vivir en un castillo. Puede ser el hombre que limpia el edificio. El que abre
la puerta. El que está siempre ahí. El que parece formar parte del paisaje.
Su vampiro es un conserje anónimo que atraviesa distintas
épocas de la historia del país y escribe para intentar comprender quién es.
Vive entre personas comunes, trabaja, observa, desaparece y mata.
La eternidad, en sus manos, no tiene nada de gloriosa. Es
una rutina.
Romero lo hace atravesar 1955, 1982 y 2001. Mientras
Argentina cambia, el vampiro permanece. La historia pasa alrededor de él y él
sigue ahí, casi indiferente, como si la eternidad consistiera precisamente en
eso: sobrevivir a todos los acontecimientos que para los demás significan una
vida entera.
Y después está Florencio Roque Fernández, el llamado
“Vampiro de la Ventana”, de Monteros, Tucumán.
Durante décadas circuló la historia de un hombre que, en
la década de 1950, habría asesinado a quince mujeres mordiéndolas en el cuello,
como Drácula, y que finalmente habría sido detenido cuando estaba por cometer
su crimen número dieciséis.
La historia era perfecta. Demasiado perfecta.
Tenía un pueblo, una ventana abierta durante la noche,
mujeres asesinadas, un hombre extraño, mordeduras en el cuello y un asesino que
parecía haber salido directamente de una película de vampiros.
Pero cuando se empezó a investigar seriamente el caso
apareció algo todavía más inquietante: no aparecieron las pruebas.
No hay expedientes judiciales que acrediten esos
asesinatos, ni nombres de las supuestas víctimas, ni registros contemporáneos
de la serie criminal. La historia parece haberse construido y repetido durante
décadas hasta convertirse en una verdad popular.
Florencio Fernández existió, pero el asesino serial que
conocemos como “El Vampiro de la Ventana” parece pertenecer mucho más al
territorio de la leyenda que al de la historia criminal comprobada. Y quizás
eso también sea una forma de vampirismo.
Una historia que se alimenta de otras historias. Una
leyenda que necesita sangre para sobrevivir. Porque los vampiros no solamente
beben sangre. También beben imaginación.
Quizás el vampiro no necesite haber existido para ser
real. A veces alcanza con que una comunidad lo invente, lo cuente, lo repita y
termine creyéndolo. Una leyenda también puede alimentarse de nosotros.
Tengo sobre la mesa cuatro libros que, de alguna manera,
cuentan esta historia: Drácula, La hora del vampiro, El conserje y la eternidad
y, al fondo de la fotografía, un libro sobre Mary Shelley y Percy Shelley, como
si Villa Diodati siguiera apareciendo de contrabando cada vez que hablamos de
monstruos. Y entonces pienso que quizá esa sea la verdadera eternidad del
vampiro. No la de vivir para siempre. La de ser leído.
Crepúsculo los convirtió en adolescentes enamorados. Déjame
entrar, de John Ajvide Lindqvist, los volvió dolorosos y perturbadores. Anne
Rice los convirtió en criaturas existenciales. Stephen King los devolvió al
pueblo. Ricardo Romero los hizo conserjes. Y Monteros inventó —o transformó— a
uno en leyenda policial.
Cada época necesita su propio vampiro porque cada época
tiene sus propios miedos.
El aristócrata seductor de Polidori hablaba del deseo y
de la decadencia.
Drácula hablaba del extranjero, del sexo, de la
enfermedad y de la amenaza que venía desde afuera.
Los vampiros de Rice hablaban de la eternidad y de la
identidad.
Los de Stephen King hablaban de que el mal podía vivir al
lado nuestro.
El vampiro de Romero habla del tiempo, de la historia y
de la insignificancia.
Y el de Monteros nos recuerda algo todavía más extraño:
que a veces una sociedad necesita tanto una historia que termina inventando los
hechos que le faltan.
Porque no depende de los muertos. Depende de nosotros.
El vampiro cambia. Nosotros también. Pero seguimos
leyendo las mismas historias.
Quizás porque todos, en el fondo, queremos lo mismo que
él: que algo de nosotros sobreviva cuando ya no estemos.
Por eso los vampiros nunca mueren. Porque mientras exista
alguien que abra un libro viejo, encuentre una página amarillenta y vuelva a
leer una historia escrita hace doscientos años, la noche todavía no habrá
terminado.
Mientras tengamos miedo de morir, mientras deseemos ser
jóvenes para siempre, mientras nos atraiga lo prohibido, mientras sospechemos
del vecino, mientras necesitemos convertir una historia en leyenda, habrá
alguien dispuesto a abrir una ventana durante la noche. Y detrás de esa
ventana, como desde hace doscientos años, alguien seguirá esperando.
Con hambre.

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