Crónicas del Desvelo. Los restos de la noche. Literatura, periodismo gonzo, poesía, ensayos y observaciones de José Luis Colombini.

Hay noches en las que los libros permanecen abiertos sobre la mesa, el whisky pierde lentamente el frío y las fotografías dejan de ser recuerdos para convertirse en interrogantes. Es en ese territorio incierto, donde la ciudad duerme y la memoria insiste en permanecer despierta, donde nacen estas crónicas. Crónicas del Desvelo no pretende ofrecer respuestas. Es un refugio para quienes encuentran en la literatura, el rock, el cine, la filosofía y la memoria una forma de habitar el mundo. Aquí conviven Borges y Baudelaire con Robert Smith y Bowie; Schopenhauer conversa con Camus mientras una película española, una novela olvidada o una canción de post-punk iluminan, aunque sea por un instante, la oscuridad de la madrugada. Escribo desde Traslasierra, pero también desde los bares de la memoria, las bibliotecas de la adolescencia, los discos gastados, las calles recorridas y las pérdidas que todavía siguen haciendo preguntas. Cada texto es una mezcla de ensayo, autobiografía y periodismo gonzo; una manera de entender que el autor no observa la realidad desde afuera, sino que inevitablemente forma parte de ella. Porque escribir, al final, no consiste en contar una historia. Consiste en descubrir qué historia nos está contando a nosotros. “Esto no es contenido. Es insomnio grabado.”
Cada palabra publicada en este blog nació de la escritura de José Luis Colombini. Estas crónicas, ensayos, poemas y reflexiones forman parte de su obra intelectual y están protegidos por los derechos de autor. Si algún texto te conmueve, podés compartirlo, siempre citando la fuente y respetando la autoría. Gracias por valorar el trabajo creativo y la escritura independiente.

Los vampiros nunca mueren


 Los vampiros nunca mueren

 

Los vampiros nunca mueren. No pasan de moda, siempre vuelven. Pueden cambiar de ropa, de época, de ciudad, de manera de alimentarse. Pueden vivir en un castillo de Transilvania, en una mansión victoriana, en un departamento de Nueva York o en un pueblo perdido de Maine.

Un vampiro puede ser aristócrata, adolescente, mujer, niño, amante, asesino o incluso alguien que uno quisiera ser. Pero hay algo que permanece: siempre vuelven.

Quizás por eso me interesan tanto. Porque cada época inventa el vampiro que necesita.

Antes del vampiro elegante, seductor y perverso que conocemos, estaban los muertos de las supersticiones de Europa del Este: criaturas desagradables, hinchadas por la sangre, asociadas con la enfermedad, la podredumbre y el miedo a los muertos que no terminan de morirse. No había nada atractivo en ellos.

Hasta que apareció John William Polidori.

En aquella noche lluviosa de 1816, en Villa Diodati, junto al lago de Ginebra, Byron, Percy Shelley, Mary Shelley, Claire Clairmont y Polidori se propusieron escribir historias de terror. Mary terminaría imaginando a Frankenstein. Polidori escribiría “El vampiro”.

Y con él cambiaría para siempre la criatura.

Su Lord Ruthven ya no era una bestia que salía de una tumba. Era un aristócrata. Un hombre hermoso, frío, misterioso, capaz de entrar en los salones elegantes de Londres y convertirse en el centro de todas las miradas.

El vampiro había descubierto algo que le resultaría muy útil durante los siguientes doscientos años: “el deseo”.

Ruthven no necesitaba perseguir a sus víctimas. Las víctimas se acercaban solas.

Después llegó Drácula, de Bram Stoker, en 1897, y el modelo terminó de consolidarse. El conde ya no era solamente un muerto que bebía sangre: era una presencia. Una sombra capaz de seducir, hipnotizar, poseer. Tenía castillo, capa, acento extranjero, mujeres fascinadas y una sexualidad que la literatura victoriana apenas podía nombrar.

Pero Drácula tampoco había inventado todo.

Carmilla, de Sheridan Le Fanu, había aparecido antes y había convertido al vampiro femenino en una criatura de deseo, ambigüedad y peligro.

Después llegó Anne Rice, e hizo algo todavía más interesante: les dio conciencia.

Lestat y Louis ya no eran simplemente monstruos. Pensaban. Sufrían. Amaban. Se aburrían. Discutían sobre la eternidad. El vampiro empezó a preguntarse qué significaba vivir para siempre. Y entonces llegó Stephen King.

Tengo delante un ejemplar de La hora del vampiro, la edición de Pomaire que tengo en mi biblioteca. La página legal dice algo que me gusta más que cualquier dedicatoria: copyright de 1975, edición de Pomaire de 1976 y una impresión de 1978. Es un libro que tiene casi medio siglo.

Y eso también forma parte de la historia de los vampiros.

Porque cuando uno habla de literatura, a veces se olvida de que los libros también tienen una vida material. Hay libros que no solamente contienen una historia: conservan una época, una forma de leer, una manera de editar, una librería, una mesa de saldos, alguien que los tuvo antes que nosotros.

Este ejemplar llegó hasta mí atravesando todo eso.

Y adentro está Stephen King haciendo algo extraordinario: sacar al vampiro del castillo.

En El misterio de Salem's Lot —o La hora del vampiro, como se llamó en aquellas primeras ediciones— King llevó al vampiro a un pueblo. No necesitó Transilvania. Le alcanzó con Maine.

El horror dejó de venir desde un lugar remoto y sobrenatural para instalarse en la casa de al lado. En la ventana de enfrente. En el vecino que uno conocía de toda la vida.

Y ahí el vampiro volvió a dar miedo.

Porque King entendió algo que a veces olvidamos: el verdadero terror no está en encontrarse con un monstruo desconocido, sino en descubrir que el mundo cotidiano puede dejar de ser cotidiano.

Mientras miro ese viejo ejemplar de Pomaire, pienso que también hay algo vampírico en los propios libros.

Ese libro sobrevivió a su época. Sobrevivió a quien lo compró primero. Sobrevivió a la edición que lo puso en circulación. Sobrevivió a lectores que probablemente ya no recuerden haberlo leído.

Y ahora está en mi biblioteca.

Los libros, como los vampiros, tienen una manera extraña de sobrevivir a los muertos.

Junto a La hora del vampiro tengo también Drácula, de Bram Stoker, en una vieja edición de bolsillo de Rodolfo Alonso Editor.

Rodolfo Alonso Editor fue un proyecto muy particular de fines de los años sesenta y primera mitad de los setenta. Alonso era poeta, traductor y editor, y su catálogo mezclaba literatura clásica, poesía, pensamiento, política, psicoanálisis, erotismo, ciencia ficción y literatura fantástica. Tenía una idea bastante amplia de lo que podía interesar a un lector culto.

La edición de Drácula de 1971 tiene además un interés particular dentro de la historia editorial argentina. Según una investigación de la Biblioteca Nacional, fue la primera versión completa de la novela que circuló en Argentina, con traducción de Marcelo Pérez Rivas. Tenía 567 páginas, en letra bastante pequeña, y superaba ampliamente las versiones anteriores, que habían circulado resumidas o expurgadas. La propia edición anunciaba en tapa y contratapa: “Primera versión completa” y “Texto íntegro”.

Y ahí aparece otro vampiro, muchos años después. Ricardo Romero y El conserje y la eternidad.

Los tres libros parecen conversar entre sí desde épocas completamente distintas.

Stoker tiene al conde.

King tiene al pueblo.

Romero tiene al conserje.

Entre los tres hay casi un siglo de vampiros aprendiendo a cambiar de domicilio.

Porque Romero vuelve a sacar al vampiro del castillo, aunque esta vez no para llevarlo a un pueblo norteamericano, sino a un edificio argentino.

Eso me interesa especialmente. El vampiro ya no necesita vivir en un castillo. Puede ser el hombre que limpia el edificio. El que abre la puerta. El que está siempre ahí. El que parece formar parte del paisaje.

Su vampiro es un conserje anónimo que atraviesa distintas épocas de la historia del país y escribe para intentar comprender quién es. Vive entre personas comunes, trabaja, observa, desaparece y mata.

La eternidad, en sus manos, no tiene nada de gloriosa. Es una rutina.

Romero lo hace atravesar 1955, 1982 y 2001. Mientras Argentina cambia, el vampiro permanece. La historia pasa alrededor de él y él sigue ahí, casi indiferente, como si la eternidad consistiera precisamente en eso: sobrevivir a todos los acontecimientos que para los demás significan una vida entera.

Y después está Florencio Roque Fernández, el llamado “Vampiro de la Ventana”, de Monteros, Tucumán.

Durante décadas circuló la historia de un hombre que, en la década de 1950, habría asesinado a quince mujeres mordiéndolas en el cuello, como Drácula, y que finalmente habría sido detenido cuando estaba por cometer su crimen número dieciséis.

La historia era perfecta. Demasiado perfecta.

Tenía un pueblo, una ventana abierta durante la noche, mujeres asesinadas, un hombre extraño, mordeduras en el cuello y un asesino que parecía haber salido directamente de una película de vampiros.

Pero cuando se empezó a investigar seriamente el caso apareció algo todavía más inquietante: no aparecieron las pruebas.

No hay expedientes judiciales que acrediten esos asesinatos, ni nombres de las supuestas víctimas, ni registros contemporáneos de la serie criminal. La historia parece haberse construido y repetido durante décadas hasta convertirse en una verdad popular.

Florencio Fernández existió, pero el asesino serial que conocemos como “El Vampiro de la Ventana” parece pertenecer mucho más al territorio de la leyenda que al de la historia criminal comprobada. Y quizás eso también sea una forma de vampirismo.

Una historia que se alimenta de otras historias. Una leyenda que necesita sangre para sobrevivir. Porque los vampiros no solamente beben sangre. También beben imaginación.

Quizás el vampiro no necesite haber existido para ser real. A veces alcanza con que una comunidad lo invente, lo cuente, lo repita y termine creyéndolo. Una leyenda también puede alimentarse de nosotros.

Tengo sobre la mesa cuatro libros que, de alguna manera, cuentan esta historia: Drácula, La hora del vampiro, El conserje y la eternidad y, al fondo de la fotografía, un libro sobre Mary Shelley y Percy Shelley, como si Villa Diodati siguiera apareciendo de contrabando cada vez que hablamos de monstruos. Y entonces pienso que quizá esa sea la verdadera eternidad del vampiro. No la de vivir para siempre. La de ser leído.

Crepúsculo los convirtió en adolescentes enamorados. Déjame entrar, de John Ajvide Lindqvist, los volvió dolorosos y perturbadores. Anne Rice los convirtió en criaturas existenciales. Stephen King los devolvió al pueblo. Ricardo Romero los hizo conserjes. Y Monteros inventó —o transformó— a uno en leyenda policial.

Cada época necesita su propio vampiro porque cada época tiene sus propios miedos.

El aristócrata seductor de Polidori hablaba del deseo y de la decadencia.

Drácula hablaba del extranjero, del sexo, de la enfermedad y de la amenaza que venía desde afuera.

Los vampiros de Rice hablaban de la eternidad y de la identidad.

Los de Stephen King hablaban de que el mal podía vivir al lado nuestro.

El vampiro de Romero habla del tiempo, de la historia y de la insignificancia.

Y el de Monteros nos recuerda algo todavía más extraño: que a veces una sociedad necesita tanto una historia que termina inventando los hechos que le faltan.

Porque no depende de los muertos. Depende de nosotros.

El vampiro cambia. Nosotros también. Pero seguimos leyendo las mismas historias.

Quizás porque todos, en el fondo, queremos lo mismo que él: que algo de nosotros sobreviva cuando ya no estemos.

Por eso los vampiros nunca mueren. Porque mientras exista alguien que abra un libro viejo, encuentre una página amarillenta y vuelva a leer una historia escrita hace doscientos años, la noche todavía no habrá terminado.

Mientras tengamos miedo de morir, mientras deseemos ser jóvenes para siempre, mientras nos atraiga lo prohibido, mientras sospechemos del vecino, mientras necesitemos convertir una historia en leyenda, habrá alguien dispuesto a abrir una ventana durante la noche. Y detrás de esa ventana, como desde hace doscientos años, alguien seguirá esperando.

Con hambre.

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