El hombre que quiso saber demasiado
En uno de los estantes de mi biblioteca, Homero descansa
junto a Virgilio y Dante. Tres libros, tres épocas y una misma historia contada
desde lugares distintos. A veces me detengo frente a esos lomos y pienso que,
en realidad, no son vecinos casuales. Virgilio condujo a Dante por el Infierno;
Homero creó a Odiseo; y Dante, siglos después, decidió condenarlo. La
literatura tiene esas ironías: un poeta inventa un héroe y otro poeta lo envía
al octavo círculo.
Hay una escena de “La Divina Comedia” que siempre me deja
pensando. Dante baja al octavo círculo del Infierno y encuentra una llama de
dos puntas. Allí arden juntos Ulises y Diomedes. No están entre los asesinos ni
entre los traidores. Están entre los consejeros fraudulentos, los que utilizaron
la inteligencia para engañar.
Un detalle no menor: Dante nunca lo llama Odiseo. Lo
llama “Ulises”, porque escribe en la Italia medieval y hereda la tradición
latina de Virgilio y Ovidio. Los romanos habían convertido al Odysseus griego
en “Ulixes” o “Ulysses”, y ese es el nombre que llega hasta Dante. No es un
error, es una declaración cultural. El héroe que Homero bautizó como Odiseo
reaparece, siglos después, con el nombre que le dio Roma.
La primera vez que leí ese pasaje sentí una pequeña
decepción. ¿Cómo podía condenar al héroe de mi infancia? Yo había conocido a
Odiseo en aquellas viejas ediciones tapa dura de Billiken de “La Ilíada” y “La
Odisea”, donde era el hombre ingenioso que sobrevivía a cíclopes, sirenas y
tempestades gracias a la astucia. Dante, en cambio, veía otra cosa. No admiraba
al aventurero; desconfiaba del hombre capaz de convencer a cualquiera de
seguirlo. Y quizá ahí estaba el problema.
Los tiranos no siempre gritan. Los grandes manipuladores
suelen hablar con elegancia. Los vendedores de humo jamás levantan la voz.
Sonríen. Argumentan. Seducen. Ulises era el inventor del caballo de Troya, el
estratega que entendía que una mentira bien construida podía derribar una
ciudad más rápido que mil guerreros.
Pero Dante va todavía más lejos. Ni siquiera le alcanza
con Homero. Le inventa un final.
En su poema, Ulises no muere regresando a Ítaca. Una vez
en casa vuelve a sentir esa enfermedad incurable llamada curiosidad. Reúne a
unos pocos compañeros y los convence de navegar más allá de las Columnas de
Hércules, ese límite donde terminaba el mundo conocido. Les pronuncia uno de
los discursos más hermosos de toda la literatura: "No fuisteis hechos para vivir como
brutos, sino para seguir virtud y conocimiento."
¿Cómo no seguir a un hombre que habla así? Yo también
habría embarcado. Cualquiera habría embarcado. Y sin embargo, para Dante, esas
palabras son precisamente el pecado. Porque no son un llamado al conocimiento
compartido sino una seducción. Ulises arrastra a otros hacia un destino que
solo alimenta su propia obsesión. La inteligencia deja de ser una herramienta
para comprender el mundo y se convierte en un instrumento para dominar
voluntades.
La nave avanza unos días. Los marineros creen estar
descubriendo un continente invisible. Entonces aparece una montaña inmensa. Es
el monte del Purgatorio. Antes de alcanzarlo, un torbellino enviado por Dios
hunde el barco. Todos mueren.
Fin del viaje.
Siempre me intrigó esa condena. ¿De verdad Dante
castigaba la curiosidad? Creo que no. Lo que condenaba era otra cosa: la
soberbia de creer que todo límite existe para ser violado. Esa vieja ilusión de
que la inteligencia, por sí sola, basta para justificar cualquier empresa.
Vivimos en una época que idolatra a los Ulises.
Celebramos al que convence, al que vende, al que persuade, al que rompe reglas,
al que promete llevarnos más lejos que nadie. Las redes sociales están llenas
de capitanes improvisados invitándonos a cruzar nuestras propias Columnas de
Hércules: el éxito garantizado, la felicidad instantánea, el liderazgo
definitivo, el secreto que nadie conoce.
Todos tienen un discurso perfecto. Todos saben
exactamente qué decir. Y detrás de cada promesa suele haber un barco lleno de
pasajeros fascinados.
Quizá por eso el canto XXVI sigue siendo tan actual.
Dante comprendió algo que todavía nos cuesta aceptar: la inteligencia nunca es
inocente. Puede escribir poemas o fabricar propaganda. Puede liberar o
manipular. Puede iluminar o construir el caballo de Troya.
La paradoja es maravillosa. Dante quiso condenar a Ulises
y terminó regalándole uno de los monólogos más inolvidables de la literatura.
Lo encerró en una llama eterna, pero esa misma llama sigue iluminando a quienes
lo leen siete siglos después.
Tal vez porque todos llevamos un poco de Odiseo —o de
Ulises, según la lengua en que se lo nombre— adentro. Y también un poco de
Dante.
Uno quiere seguir navegando. El otro nos recuerda que no
toda travesía merece ser emprendida.
"Los griegos lo llamaron Odiseo. Los romanos,
Ulises. Dante lo condenó. Nosotros, setecientos años después, seguimos
escuchando su voz y preguntándonos si habría que embarcar o quedarse en
Ítaca."
Cierro el libro y vuelvo a mirar el estante. Ahí siguen,
uno al lado del otro. Homero todavía llama Odiseo a su héroe. Virgilio lo
conoce como Ulises. Dante lo juzga con ese mismo nombre latino. Tres autores
separados por más de dos mil años siguen discutiendo sobre el mismo hombre. Tal
vez esa sea la verdadera inmortalidad: que una vida imaginaria siga generando
preguntas mucho después de que desaparecieron quienes la escribieron.

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