Crónicas del Desvelo. Los restos de la noche. Literatura, periodismo gonzo, poesía, ensayos y observaciones de José Luis Colombini.

Hay noches en las que los libros permanecen abiertos sobre la mesa, el whisky pierde lentamente el frío y las fotografías dejan de ser recuerdos para convertirse en interrogantes. Es en ese territorio incierto, donde la ciudad duerme y la memoria insiste en permanecer despierta, donde nacen estas crónicas. Crónicas del Desvelo no pretende ofrecer respuestas. Es un refugio para quienes encuentran en la literatura, el rock, el cine, la filosofía y la memoria una forma de habitar el mundo. Aquí conviven Borges y Baudelaire con Robert Smith y Bowie; Schopenhauer conversa con Camus mientras una película española, una novela olvidada o una canción de post-punk iluminan, aunque sea por un instante, la oscuridad de la madrugada. Escribo desde Traslasierra, pero también desde los bares de la memoria, las bibliotecas de la adolescencia, los discos gastados, las calles recorridas y las pérdidas que todavía siguen haciendo preguntas. Cada texto es una mezcla de ensayo, autobiografía y periodismo gonzo; una manera de entender que el autor no observa la realidad desde afuera, sino que inevitablemente forma parte de ella. Porque escribir, al final, no consiste en contar una historia. Consiste en descubrir qué historia nos está contando a nosotros. “Esto no es contenido. Es insomnio grabado.”
Cada palabra publicada en este blog nació de la escritura de José Luis Colombini. Estas crónicas, ensayos, poemas y reflexiones forman parte de su obra intelectual y están protegidos por los derechos de autor. Si algún texto te conmueve, podés compartirlo, siempre citando la fuente y respetando la autoría. Gracias por valorar el trabajo creativo y la escritura independiente.

Catwoman: el laberinto de las máscaras


 Catwoman: el laberinto de las máscaras

 

Catwoman nació en 1940, pero desde entonces no ha dejado de cambiar. O, mejor dicho, no ha dejado de ser cambiada. Cada época tomó a Selina Kyle y le puso encima sus propios fantasmas: la femme fatale de los años cuarenta, la sensualidad pop de los sesenta, la mujer rota de los noventa, la ladrona política de Nolan y, más recientemente, la mujer atravesada por la desigualdad y la corrupción de Gotham.

Quizás por eso Catwoman sea uno de los personajes más interesantes del universo de Batman. No porque tenga una historia definitiva, sino precisamente porque nunca la tuvo.

Julie Newmar la convirtió en una criatura de la sensualidad pop. Su Catwoman era juguetona, teatral, elegante y peligrosa, pero todavía pertenecía al universo camp de la televisión de los años sesenta. Poco después, Eartha Kitt introdujo otra cosa. Su presencia como mujer negra interpretando a Catwoman en una televisión masiva, en plena época de los derechos civiles, cargó al personaje de una dimensión que excedía el erotismo. Había desafío, ironía y una forma de poder que ya no necesitaba pedir permiso.

Después llegó Michelle Pfeiffer.

Y ahí Catwoman dejó de ser solamente una ladrona seductora para convertirse en una mujer que había muerto simbólicamente para poder volver a nacer.

La Selina Kyle de Batman Returns, de Tim Burton, es una secretaria sometida, invisible, anulada por el hombre que tiene poder sobre ella. Su transformación no es simplemente física. Es una ruptura. Catwoman aparece cuando Selina deja de aceptar el lugar que le habían asignado.

Por eso aquella versión sigue siendo tan poderosa: debajo del cuero, las garras y el látigo hay una mujer que descubre que su propia identidad puede ser una forma de rebelión.

La película de Halle Berry intentó llevar esa idea hacia otro lugar: hacer de Catwoman la protagonista absoluta y construirle una mitología propia. El resultado fue bastante menos afortunado. Pero incluso los fracasos sirven para entender la evolución del personaje. Catwoman ya no podía ser simplemente la mujer que aparecía para complicarle la vida a Batman. El personaje exigía una identidad propia.

Y entonces apareció Anne Hathaway (Mi preferida).

Su Selina Kyle en The Dark Knight Rises, de Christopher Nolan, es quizá una de las versiones más interesantes precisamente porque Nolan le quitó buena parte de la iconografía tradicional. No necesitó convertirla en una criatura gótica ni exagerar su sexualidad. Es una ladrona. Una mujer inteligente que sobrevive en una ciudad desigual y que entiende perfectamente que las reglas suelen estar hechas por quienes tienen el poder.

“Se avecina una tormenta, señor Wayne”.

No es solamente una advertencia. Es una lectura política de Gotham. Selina entiende algo que Bruce, encerrado en su mansión y en su propia obsesión, todavía no quiere ver: cuando una sociedad acumula demasiada desigualdad, llega un momento en que el orden deja de parecer justo para quienes viven debajo de él.

Por eso la Catwoman de Hathaway es una ladrona política. No porque tenga un programa ideológico, sino porque conoce el precio de vivir fuera del sistema.

Y después llegó Zoë Kravitz (La hija de Lenny Kravitz), en The Batman, de Matt Reeves, y volvió a desplazar el personaje. Su Selina está todavía más vinculada con la marginalidad de Gotham, con las víctimas de la corrupción y con aquellos que quedaron afuera del mundo de los poderosos.

Es curioso: Catwoman cambia porque Gotham cambia. Pero hay algo que permanece.

Catwoman nunca pertenece completamente a ningún mundo.

No es Batman, pero tampoco es su enemiga. No es heroína, pero tampoco villana. No acepta la ley, pero tampoco carece de un código moral. Puede robar y, al mismo tiempo, tener una idea bastante precisa de quién merece ser castigado.

Ahí está una de las razones de su erotismo. Porque el erotismo de Catwoman nunca estuvo solamente en el traje ajustado, en las curvas o en la estética felina. Está en otra parte: en la imposibilidad de poseerla.

Batman puede perseguirla, enfrentarse con ella, salvarla, ser salvado por ella e incluso amarla. Pero nunca puede terminar de tenerla.

Y eso convierte la relación entre ambos en algo mucho más interesante que un romance de superhéroes.

Batman representa el orden. Catwoman representa la libertad. Batman necesita las reglas porque sin ellas quizá no sabría quién es. Selina necesita poder romperlas porque sabe que las reglas no fueron hechas pensando necesariamente en ella.

Y, sin embargo, se reconocen. Tal vez porque en el fondo son menos opuestos de lo que parecen. Los dos viven de noche. Los dos tienen una identidad secreta. Los dos utilizan máscaras. Los dos son criaturas de una ciudad que conocen mejor que nadie. Los dos están fuera de la normalidad. Los dos transformaron una herida en una identidad.

La diferencia es que Batman convirtió su trauma en una misión. Selina convirtió el suyo en libertad.

Y ahí aparece Borges.

Si uno quisiera hacer una lectura borgiana de Catwoman, podría decir que Selina Kyle es un personaje construido como un laberinto de identidades. Es mujer, ladrona, amante, fugitiva, víctima, victimaria, heroína y criminal. Ninguna de esas definiciones alcanza para contenerla. Pero eso también podría decirse de Batman. Bruce Wayne es una máscara. Batman es otra. Y quizá Selina sea una de las pocas personas capaces de ver que detrás de ambas no hay necesariamente una identidad verdadera esperando ser descubierta. Hay otra máscara. Y detrás de esa máscara, otra. Como en Borges, la identidad deja de ser una esencia y se convierte en un juego de espejos. Por eso resulta tan interesante pensar a Batman y Catwoman como dos versiones de un mismo personaje que eligieron caminos diferentes. Él se convirtió en aquello que necesitaba para combatir el mundo. Ella se convirtió en aquello que necesitaba para sobrevivirlo.

Y quizá por eso se desean. No porque sean iguales. Sino porque cada uno reconoce en el otro aquello que le falta. atwoman es lo que Batman no puede permitirse ser: imprevisible, libre, capaz de abandonar el juego. Batman es aquello que Selina tampoco puede terminar de abandonar: la necesidad de creer que existe algún tipo de justicia. Por eso su historia tiene algo de tragedia. Batman podría ser feliz con Selina Kyle. Pero para hacerlo tendría que dejar de ser Batman. Y ese es justamente el problema. Batman no puede dejar de ser Batman.

No porque no quiera a Selina, sino porque su identidad depende de aquello que perdió.

En ese sentido, Catwoman no es la mujer que está destinada a salvar al héroe.

Es la mujer que le muestra aquello que el héroe tendría que abandonar para poder salvarse a sí mismo.

Y Batman, como todo héroe trágico, probablemente prefiera seguir siendo Batman.

Porque muchos personajes sol buscan la felicidad. Y otros, una vez convertidos en mito, ya no saben cómo volver a ser hombres.

Catwoman lo sabe. Quizá por eso siempre se va. Y quizá por eso Batman siempre vuelve a buscarla.

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