Catwoman nació en 1940, pero desde entonces no ha dejado
de cambiar. O, mejor dicho, no ha dejado de ser cambiada. Cada época tomó a
Selina Kyle y le puso encima sus propios fantasmas: la femme fatale de los años
cuarenta, la sensualidad pop de los sesenta, la mujer rota de los noventa, la
ladrona política de Nolan y, más recientemente, la mujer atravesada por la
desigualdad y la corrupción de Gotham.
Quizás por eso Catwoman sea uno de los personajes más
interesantes del universo de Batman. No porque tenga una historia definitiva,
sino precisamente porque nunca la tuvo.
Julie Newmar la convirtió en una criatura de la
sensualidad pop. Su Catwoman era juguetona, teatral, elegante y peligrosa, pero
todavía pertenecía al universo camp de la televisión de los años sesenta. Poco
después, Eartha Kitt introdujo otra cosa. Su presencia como mujer negra
interpretando a Catwoman en una televisión masiva, en plena época de los
derechos civiles, cargó al personaje de una dimensión que excedía el erotismo.
Había desafío, ironía y una forma de poder que ya no necesitaba pedir permiso.
Después llegó Michelle Pfeiffer.
Y ahí Catwoman dejó de ser solamente una ladrona
seductora para convertirse en una mujer que había muerto simbólicamente para
poder volver a nacer.
La Selina Kyle de Batman Returns, de Tim Burton, es una
secretaria sometida, invisible, anulada por el hombre que tiene poder sobre
ella. Su transformación no es simplemente física. Es una ruptura. Catwoman
aparece cuando Selina deja de aceptar el lugar que le habían asignado.
Por eso aquella versión sigue siendo tan poderosa: debajo
del cuero, las garras y el látigo hay una mujer que descubre que su propia
identidad puede ser una forma de rebelión.
La película de Halle Berry intentó llevar esa idea hacia
otro lugar: hacer de Catwoman la protagonista absoluta y construirle una
mitología propia. El resultado fue bastante menos afortunado. Pero incluso los
fracasos sirven para entender la evolución del personaje. Catwoman ya no podía
ser simplemente la mujer que aparecía para complicarle la vida a Batman. El
personaje exigía una identidad propia.
Y entonces apareció Anne Hathaway (Mi preferida).
Su Selina Kyle en The Dark Knight Rises, de Christopher
Nolan, es quizá una de las versiones más interesantes precisamente porque Nolan
le quitó buena parte de la iconografía tradicional. No necesitó convertirla en
una criatura gótica ni exagerar su sexualidad. Es una ladrona. Una mujer
inteligente que sobrevive en una ciudad desigual y que entiende perfectamente
que las reglas suelen estar hechas por quienes tienen el poder.
“Se avecina una tormenta, señor Wayne”.
No es solamente una advertencia. Es una lectura política
de Gotham. Selina entiende algo que Bruce, encerrado en su mansión y en su
propia obsesión, todavía no quiere ver: cuando una sociedad acumula demasiada
desigualdad, llega un momento en que el orden deja de parecer justo para
quienes viven debajo de él.
Por eso la Catwoman de Hathaway es una ladrona política.
No porque tenga un programa ideológico, sino porque conoce el precio de vivir
fuera del sistema.
Y después llegó Zoë Kravitz (La hija de Lenny Kravitz),
en The Batman, de Matt Reeves, y volvió a desplazar el personaje. Su Selina
está todavía más vinculada con la marginalidad de Gotham, con las víctimas de
la corrupción y con aquellos que quedaron afuera del mundo de los poderosos.
Es curioso: Catwoman cambia porque Gotham cambia. Pero
hay algo que permanece.
Catwoman nunca pertenece completamente a ningún mundo.
No es Batman, pero tampoco es su enemiga. No es heroína,
pero tampoco villana. No acepta la ley, pero tampoco carece de un código moral.
Puede robar y, al mismo tiempo, tener una idea bastante precisa de quién merece
ser castigado.
Ahí está una de las razones de su erotismo. Porque el
erotismo de Catwoman nunca estuvo solamente en el traje ajustado, en las curvas
o en la estética felina. Está en otra parte: en la imposibilidad de poseerla.
Batman puede perseguirla, enfrentarse con ella, salvarla,
ser salvado por ella e incluso amarla. Pero nunca puede terminar de tenerla.
Y eso convierte la relación entre ambos en algo mucho más
interesante que un romance de superhéroes.
Batman representa el orden. Catwoman representa la
libertad. Batman necesita las reglas porque sin ellas quizá no sabría quién es.
Selina necesita poder romperlas porque sabe que las reglas no fueron hechas
pensando necesariamente en ella.
Y, sin embargo, se reconocen. Tal vez porque en el fondo
son menos opuestos de lo que parecen. Los dos viven de noche. Los dos tienen
una identidad secreta. Los dos utilizan máscaras. Los dos son criaturas de una
ciudad que conocen mejor que nadie. Los dos están fuera de la normalidad. Los
dos transformaron una herida en una identidad.
La diferencia es que Batman convirtió su trauma en una
misión. Selina convirtió el suyo en libertad.
Y ahí aparece Borges.
Si uno quisiera hacer una lectura borgiana de Catwoman,
podría decir que Selina Kyle es un personaje construido como un laberinto de
identidades. Es mujer, ladrona, amante, fugitiva, víctima, victimaria, heroína
y criminal. Ninguna de esas definiciones alcanza para contenerla. Pero eso
también podría decirse de Batman. Bruce Wayne es una máscara. Batman es otra. Y
quizá Selina sea una de las pocas personas capaces de ver que detrás de ambas
no hay necesariamente una identidad verdadera esperando ser descubierta. Hay
otra máscara. Y detrás de esa máscara, otra. Como en Borges, la identidad deja
de ser una esencia y se convierte en un juego de espejos. Por eso resulta tan
interesante pensar a Batman y Catwoman como dos versiones de un mismo personaje
que eligieron caminos diferentes. Él se convirtió en aquello que necesitaba
para combatir el mundo. Ella se convirtió en aquello que necesitaba para
sobrevivirlo.
Y quizá por eso se desean. No porque sean iguales. Sino
porque cada uno reconoce en el otro aquello que le falta. atwoman es lo que
Batman no puede permitirse ser: imprevisible, libre, capaz de abandonar el
juego. Batman es aquello que Selina tampoco puede terminar de abandonar: la
necesidad de creer que existe algún tipo de justicia. Por eso su historia tiene
algo de tragedia. Batman podría ser feliz con Selina Kyle. Pero para hacerlo
tendría que dejar de ser Batman. Y ese es justamente el problema. Batman no
puede dejar de ser Batman.
No porque no quiera a Selina, sino porque su identidad
depende de aquello que perdió.
En ese sentido, Catwoman no es la mujer que está
destinada a salvar al héroe.
Es la mujer que le muestra aquello que el héroe tendría
que abandonar para poder salvarse a sí mismo.
Y Batman, como todo héroe trágico, probablemente prefiera
seguir siendo Batman.
Porque muchos personajes sol buscan la felicidad. Y
otros, una vez convertidos en mito, ya no saben cómo volver a ser hombres.
Catwoman lo sabe. Quizá por eso siempre se va. Y quizá
por eso Batman siempre vuelve a buscarla.

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