La teoría del reemplazo afectivo
La escuché decirlo en un bar mientras revolvía el hielo
derretido de un gin tonic como si estuviera practicando una autopsia emocional.
—Tal vez no dejó de amar. Tal vez simplemente empezó a
sentir más pasión por otras cosas.
Afuera llovía sobre Villa Dolores con esa tristeza
doméstica de las ciudades chicas: motos pasando lento, un kiosco todavía
abierto, un perro refugiado bajo un Fiat oxidado y el olor húmedo de las hojas
pegadas al cordón.
Ella hablaba mirando la ventana. Yo miraba cómo el
reflejo del neón le partía la cara en dos. Mitad cansancio, mitad lucidez.
Hay personas que llegan a una relación creyendo que el
amor es una propiedad privada. Como si el deseo fuera una casa escriturada y no
un animal salvaje.
Pero el deseo muta. Siempre muta.
Lo sabía ya Roland Barthes cuando escribió que el
enamorado vive en estado de espera permanente. Y también lo intuía Zygmunt
Bauman con aquello del “amor líquido”, donde todo vínculo contemporáneo parece
competir contra infinitas posibilidades simultáneas: pantallas, cuerpos,
proyectos, ambiciones, viajes, algoritmos, gimnasios, playlists, terapias,
espiritualidades de ocasión y esa nueva religión contemporánea llamada “yo
primero”.
El problema nunca fue la aparición de otros estímulos.
El problema fue creer que uno ya había sido elegido para
siempre.
La modernidad convirtió al deseo en un supermercado
infinito. Basta abrir Instagram para entender que vivimos dentro de una versión
emocional de “Lost in the Supermarket” de The Clash: personas buscando una
autenticidad imposible entre ofertas afectivas de consumo rápido.
Entonces aparecen los celos. El impulso medieval de
querer destruir al rival. La necesidad infantil de monopolizar el entusiasmo
ajeno.
“Matar al amante”. Qué expresión brutal y exacta. Como si
eliminando la competencia pudiera recuperarse el fuego. Pero el eros jamás
obedeció a la lógica militar.
Lo entendió antes que nadie Friedrich Nietzsche: nadie
permanece donde la vitalidad desaparece. La pasión no soporta la administración
burocrática del vínculo. El deseo necesita tensión, misterio, admiración,
juego, inteligencia, incluso cierta distancia.
Hay parejas que no terminan porque alguien apareció.
Terminan porque dejaron de mirarse con hambre. Porque se transformaron en
funcionarios de una rutina. Porque cambiaron la conversación por logística
doméstica. Porque el otro dejó de sentirse un descubrimiento y pasó a sentirse
un trámite.
Ella encendió un cigarrillo.
El humo flotó entre nosotros como una aparición de Emil
Cioran caminando insomne por París.
—Capaz la vida no consiste en retener a nadie —dijo—.
Sino en seguir siendo alguien que merezca ser elegido.
Y ahí estaba la frase. Desnuda. Incómoda. Verdadera.
Porque el amor adulto no consiste en encarcelar el deseo
ajeno. Consiste en provocar, día tras día, que alguien pueda mirar el mundo
entero y aun así decida sentarse a tu lado. Entre millones de cuerpos. Entre
miles de estímulos. Entre infinitas distracciones.
Que te elijan. No por obligación. No por miedo. No por
costumbre. Sino porque todavía encendés algo.
Es que quizá el gran terror contemporáneo no es el
abandono. Es volverse reemplazable en un mundo donde todo compite por atención.
Hasta el amor.

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