Crónicas del Desvelo. Los restos de la noche. Literatura, periodismo gonzo, poesía, ensayos y observaciones de José Luis Colombini.

Hay noches en las que los libros permanecen abiertos sobre la mesa, el whisky pierde lentamente el frío y las fotografías dejan de ser recuerdos para convertirse en interrogantes. Es en ese territorio incierto, donde la ciudad duerme y la memoria insiste en permanecer despierta, donde nacen estas crónicas. Crónicas del Desvelo no pretende ofrecer respuestas. Es un refugio para quienes encuentran en la literatura, el rock, el cine, la filosofía y la memoria una forma de habitar el mundo. Aquí conviven Borges y Baudelaire con Robert Smith y Bowie; Schopenhauer conversa con Camus mientras una película española, una novela olvidada o una canción de post-punk iluminan, aunque sea por un instante, la oscuridad de la madrugada. Escribo desde Traslasierra, pero también desde los bares de la memoria, las bibliotecas de la adolescencia, los discos gastados, las calles recorridas y las pérdidas que todavía siguen haciendo preguntas. Cada texto es una mezcla de ensayo, autobiografía y periodismo gonzo; una manera de entender que el autor no observa la realidad desde afuera, sino que inevitablemente forma parte de ella. Porque escribir, al final, no consiste en contar una historia. Consiste en descubrir qué historia nos está contando a nosotros. “Esto no es contenido. Es insomnio grabado.”
Cada palabra publicada en este blog nació de la escritura de José Luis Colombini. Estas crónicas, ensayos, poemas y reflexiones forman parte de su obra intelectual y están protegidos por los derechos de autor. Si algún texto te conmueve, podés compartirlo, siempre citando la fuente y respetando la autoría. Gracias por valorar el trabajo creativo y la escritura independiente.

Walter “Ruleman” Perez lee La Rosa de Paracelso de Jorge Luis Borges. Análisis: La rosa que sobrevive a la ceniza

Walter “Ruleman” Perez lee La Rosa de Paracelso de Jorge Luis Borges (Del libro La memoria de Shakespeare, 1983). Análisis del cuento: La rosa que sobrevive a la ceniza



La rosa que sobrevive a la ceniza

 

La Rosa de Paracelso es un cuento que uno termina de leer y no puede cerrar el libro. Es que, en realidad, no terminan cuando termina la última línea. Se queda dando vueltas, como esas preguntas que uno no sabe muy bien dónde colocar porque no pertenecen del todo a la literatura, ni a la filosofía, ni a la vida, aunque participan de las tres.

Borges pone a Paracelso en un sótano. Y no creo que sea un detalle menor. Los griegos decían que quien quiera subir tiene que bajar primero. La montaña puede ser el símbolo de lo que asciende hacia el cielo, de la cercanía con la divinidad; el sótano, en cambio, nos lleva hacia adentro. El conocimiento verdadero no está en la vidriera del mundo. No se exhibe. Se engendra en el interior del hombre.

Por eso Paracelso está allí abajo, en su taller, entre alambiques, fuego y sombras. Está viejo, fatigado, solo. Borges incluso nos lo muestra demasiado cansado como para levantarse a encender una lámpara. Y sin embargo, en ese lugar aparentemente oscuro, está la luz.

Es ahí donde Paracelso pide un discípulo. Y el discípulo llega.

Esto también es importante. El discípulo no aparece solamente para aprender. Aparece para probar al maestro. Todo maestro verdadero, en algún momento, tiene que enfrentarse con la prueba de aquel que viene a buscarlo.

El muchacho parece, en principio, el discípulo perfecto. Ha caminado tres días y tres noches para llegar hasta allí. En literatura, el tres nunca suele ser un número inocente: es plenitud, totalidad, camino cumplido. Ha atravesado todo lo necesario para llegar a la casa del maestro.

Es culto. Habla latín y alemán. Ha estudiado. Conoce las ciencias de su tiempo. Y además trae sus monedas de oro, porque entiende que el conocimiento exige sacrificio. No se llega a un maestro sin dejar algo en la puerta.

Pero aquí empieza el problema.

El muchacho dice que el oro no le importa. Quiere el Arte. Quiere recorrer el camino que conduce a la Piedra. Y Paracelso le responde con una de esas frases que parecen sencillas y, cuando uno se detiene, tienen algo de abismo: “El camino es la Piedra.”

El punto de partida es la Piedra y cada paso que se da es también la meta. El discípulo todavía no lo entiende. Porque está buscando un resultado. Está buscando llegar. Y quizás esa sea una de las primeras diferencias entre el conocimiento intelectual y el conocimiento profundo: uno quiere alcanzar una respuesta; el otro comprende que el camino ya es parte de la respuesta.

Hasta ahí, todo parece funcionar. Pero entonces aparece la rosa.

El muchacho sabe que existe una fama alrededor de Paracelso: dicen que puede quemar una rosa y hacerla resurgir de sus cenizas. Y quiere verlo.

“Quiero una prueba.”_ Dice. Ahí se rompe algo. Porque pedir una prueba parece razonable. De hecho, es lo que haría un hombre racional. Muéstramelo y creeré.

Pero Paracelso le contesta: “No he menester de la credulidad; exijo la fe.”

Y aquí Borges empieza a jugar con dos palabras que parecen próximas pero que son profundamente diferentes.

La credulidad acepta cualquier cosa porque no necesita comprender.

La fe, en cambio, es una entrega.

El discípulo tiene conocimiento, tiene formación, tiene inteligencia, tiene voluntad. Lo que no tiene es fe. Es toda cabeza, es racionalidad. Quiere ver para comprender. Quiere tocar para aceptar. Quiere que el misterio se transforme en demostración. Y Paracelso no está interesado en demostrarle nada.

El muchacho, incluso, utiliza una frase que parece humilde: quiere vivir “a tu sombra”. Pero hay algo extraño en esa humildad. No dice contigo. Dice a tu sombra. Quiere cobijarse en la autoridad del maestro, pero todavía no está dispuesto a entrar verdaderamente en aquello que el maestro representa. Por eso necesita una prueba. Y las pruebas, pensándolo bien, suelen tener algo de infantil. Son parecidas a esas pruebas de amor que se exigen cuando todavía no sabemos confiar: si me quieres, demuéstramelo.

El discípulo le está diciendo a Paracelso: si realmente sabes, demuéstramelo. Y el maestro le está diciendo: si realmente quieres aprender, cree. No porque debas aceptar una mentira, sino porque hay conocimientos a los que la razón sola no puede entrar. Entonces aparece uno de los diálogos más hermosos del cuento.

Paracelso pregunta si cree que él es capaz de destruir la rosa. El discípulo responde que nadie es incapaz de destruirla. Y aquí cada uno está hablando desde un lugar diferente. El discípulo habla desde las leyes del mundo visible. La rosa puede quemarse. La carne muere. La materia cambia. Bajo la luna todo parece sometido a la transformación y a la muerte.

Paracelso, en cambio, habla desde otro lugar: “La rosa es eterna y solo su apariencia puede cambiar.”

No está negando la ceniza. Está negando que la ceniza sea el final.

Y entonces aparece el Paraíso. El discípulo dice que no estamos en el Paraíso. Estamos bajo la luna y aquí todo es mortal.

Paracelso le pregunta: “¿En qué otro sitio estamos?”

Y después llega la frase que, para mí, contiene una de las claves del cuento: “¿Crees que la Caída es otra cosa que ignorar que estamos en el Paraíso?”

La Caída, entonces, no necesariamente es haber sido expulsados de un lugar. Puede ser haber olvidado dónde estamos.

El Paraíso puede seguir existiendo y nosotros podemos vivir fuera de él simplemente porque lo ignoramos. El olvido nos aleja de la verdad.

Y quizá por eso uno termina caminando siempre hacia Platón, hacia ese conocimiento que no consiste tanto en aprender algo nuevo como en recordar aquello que habíamos olvidado.

El discípulo sabe muchísimo, pero ha olvidado lo esencial. Tiene conocimiento y carece de sabiduría. Y entonces comete su error definitivo. Arroja la rosa al fuego.

Los alambiques están apagados. El atanor está apagado. No hay ningún escenario preparado para el milagro. El discípulo quiere obligar al maestro a demostrar aquello que afirma. La rosa se quema. Queda la ceniza. Y Paracelso no hace nada.

Es extraordinario porque Borges podría haber convertido ese momento en un espectáculo. Podría haber hecho aparecer inmediatamente la rosa. Podría haber demostrado que Paracelso tenía razón y humillar al discípulo.

No lo hace.

Paracelso deja que el muchacho se equivoque. Y el muchacho comprende. No comprende el secreto de la rosa. Comprende algo mucho más doloroso: que él mismo no estaba preparado.

Se siente avergonzado. Reconoce que le ha faltado la fe y dice que volverá cuando sea más fuerte. Pero hay algo todavía más triste: sabemos que no volverá. Borges lo dice con una sencillez demoledora: “Ambos sabían que no volverían a verse.”

Porque ciertas puertas se abren una sola vez. El tren hacia las cosas profundas, cuando pasa, pasa una vez. Y quizás esa sea otra de las tragedias del conocimiento: no siempre alcanza con encontrar al maestro. Hay que estar preparado para reconocerlo cuando aparece.

El joven tenía las monedas, el conocimiento, la cultura, la inteligencia, el deseo y hasta la humildad necesaria para arrodillarse. Pero no tenía aquello que Paracelso pedía.

Fe.

Y entonces se va. Se lleva nuevamente sus monedas porque dejárselas sería una limosna.

Paracelso lo acompaña hasta el pie de la escalera. Hasta el pie de la escalera.

Me gusta detenerme ahí porque el simbolismo es demasiado perfecto. Paracelso lo acompaña hasta el límite de su mundo. El maestro no sube con él. El muchacho vuelve a las sombras del mundo exterior y Paracelso permanece abajo, en ese sótano que paradójicamente es el lugar de la luz.

Y entonces Borges nos da el último golpe. Paracelso queda solo.

Se sienta en su fatigado sillón. El sillón parece casi tan viejo y cansado como él. Toma la ceniza en su mano cóncava, dice una palabra en voz baja. Y la rosa resurge.

Ahí está el verdadero milagro. No necesitó el atanor. No necesitó los alambiques. No necesitó fuego. No necesitó convencer a nadie. Le bastó la palabra.

La Palabra con mayúscula que Borges había introducido antes, aquella que utilizó la divinidad para crear los cielos, la tierra y el Paraíso. La palabra como principio creador. La palabra como conocimiento.

Y comprendemos que Paracelso no necesitaba demostrar nada. El milagro no era para el discípulo. La rosa vuelve porque el maestro quiere devolverle su belleza.

Eso es lo que más me interesa del final.

Paracelso no resucita la rosa para demostrar que tenía razón. No lo hace para vencer al muchacho. No necesita discípulos que crean en él. No necesita aplausos ni testigos.

La vuelve a la vida porque no quiere que la última imagen de aquel encuentro sea la destrucción de la belleza.

El muchacho había querido comprobar la muerte. Paracelso elige recordar la vida.

Y ahí esté la verdadera diferencia entre ambos. El discípulo quiere conocer el secreto.

El maestro ya conoce el secreto y, por eso mismo, no necesita exhibirlo.

Hay otra cosa que me interesa especialmente en este cuento y tiene que ver con la literatura misma.

El escritor, como el lector, es también un urdidor de realidades. Lo es el escultor, el pintor, el músico, cualquiera que sea capaz de transformar algo que no estaba allí en algo que ahora existe. Por eso siempre me ha interesado separar el conocimiento académico del arte.

Pueden encontrarse, como sucede en Borges, pero no dependen necesariamente uno del otro.

Una copla popular puede contener una verdad estética enorme sin que quien la canta haya estudiado teoría del arte. Y un informe científico puede contener un conocimiento extraordinario sin tener una sola gota de belleza.

El arte y el conocimiento pueden tocarse, pero no son la misma cosa.

Y Borges sabe hacer algo todavía más inquietante: rompe los límites entre realidad y fantasía.

Sus cuentos están llenos de nombres verdaderos, libros verdaderos, lugares verdaderos, autores que existieron, acontecimientos culturales que ocurrieron. Entonces uno empieza a preguntarse dónde termina la historia y dónde comienza la invención.

Borges quiere un lector atento. Nos pone pruebas. Nos hace dudar. Nos hace entrar en el cuento creyendo que estamos leyendo una historia fantástica y, cuando queremos darnos cuenta, estamos leyendo sobre nosotros mismos.

Porque quizás el verdadero discípulo de “La rosa de Paracelso” no sea Johannes Grisebach.

Quizás seamos nosotros.

Cada lector llega a la puerta del maestro con sus propias monedas de oro. Con todo aquello que cree saber. Con sus libros, sus estudios, sus certezas, sus prejuicios y sus preguntas.

Y Borges nos deja frente a una rosa. Nosotros también queremos una prueba. Queremos que alguien nos demuestre que detrás de la ceniza hay algo más.

Pero quizá el cuento nos esté diciendo que algunas cosas no pueden demostrarse sin destruir precisamente aquello que intentamos conocer.

La rosa, desde la antigüedad, ha sido asociada a la sabiduría. Desde “El asno de oro” de Apuleyo, donde la rosa rescata al protagonista de la ignorancia, hasta Borges, donde la rosa aparece como ese conocimiento perdido que permanece oculto bajo la apariencia de las cosas. La rosa no es solamente una flor.

Es aquello que permanece cuando nosotros creemos que todo ha terminado. Es la esencia detrás de la apariencia. Es la belleza que no acepta nuestra idea de muerte. Y es también la literatura. Porque leer, en cierta forma, es arrojar una rosa al fuego y esperar. Uno cree que el libro termina. Queda la ceniza. Pero entonces aparece una palabra.

Y de esa palabra vuelve a surgir la rosa.

Por eso sigo creyendo que la literatura tiene algo de oración.

No porque nos dé respuestas, sino porque nos enseña a formular mejor las preguntas.

Desde niño tengo esa necesidad de sacar hacia afuera todo aquello que se va acumulando adentro: hablando, leyendo, pintando, escribiendo, escuchando, mirando. Como si uno estuviera permanentemente preñado de algo que necesita nacer.

Quizás por eso también tengo una visión particular de la literatura. Tal vez se deba a mi condición de autodidacta irredento. No sé si es la correcta. Pero es la mía. Y por ella lucho.

Al final, Borges deja a Paracelso solo, viejo, cansado, en aquel sótano. Y sin embargo, no lo deja derrotado. Lo deja con una rosa en la mano. Porque cuando todo parece reducido a ceniza, todavía queda la palabra. Y mientras exista la palabra, quizá ninguna rosa esté verdaderamente muerta. Ojalá, en este análisis, cada uno encuentre aquello que vino a buscar. Y como la palabra es quizá lo que más nos acerca a la oración, celebremos la palabra.

 

 

 

 

 

 

 


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