Walter “Ruleman” Perez lee La Rosa de Paracelso de Jorge
Luis Borges (Del libro La memoria de Shakespeare, 1983). Análisis del cuento:
La rosa que sobrevive a la ceniza
La Rosa de Paracelso es un cuento que uno termina de leer
y no puede cerrar el libro. Es que, en realidad, no terminan cuando termina la
última línea. Se queda dando vueltas, como esas preguntas que uno no sabe muy
bien dónde colocar porque no pertenecen del todo a la literatura, ni a la
filosofía, ni a la vida, aunque participan de las tres.
Borges pone a Paracelso en un sótano. Y no creo que sea
un detalle menor. Los griegos decían que quien quiera subir tiene que bajar
primero. La montaña puede ser el símbolo de lo que asciende hacia el cielo, de
la cercanía con la divinidad; el sótano, en cambio, nos lleva hacia adentro. El
conocimiento verdadero no está en la vidriera del mundo. No se exhibe. Se
engendra en el interior del hombre.
Por eso Paracelso está allí abajo, en su taller, entre
alambiques, fuego y sombras. Está viejo, fatigado, solo. Borges incluso nos lo
muestra demasiado cansado como para levantarse a encender una lámpara. Y sin
embargo, en ese lugar aparentemente oscuro, está la luz.
Es ahí donde Paracelso pide un discípulo. Y el discípulo
llega.
Esto también es importante. El discípulo no aparece
solamente para aprender. Aparece para probar al maestro. Todo maestro
verdadero, en algún momento, tiene que enfrentarse con la prueba de aquel que
viene a buscarlo.
El muchacho parece, en principio, el discípulo perfecto.
Ha caminado tres días y tres noches para llegar hasta allí. En literatura, el
tres nunca suele ser un número inocente: es plenitud, totalidad, camino
cumplido. Ha atravesado todo lo necesario para llegar a la casa del maestro.
Es culto. Habla latín y alemán. Ha estudiado. Conoce las
ciencias de su tiempo. Y además trae sus monedas de oro, porque entiende que el
conocimiento exige sacrificio. No se llega a un maestro sin dejar algo en la
puerta.
Pero aquí empieza el problema.
El muchacho dice que el oro no le importa. Quiere el
Arte. Quiere recorrer el camino que conduce a la Piedra. Y Paracelso le
responde con una de esas frases que parecen sencillas y, cuando uno se detiene,
tienen algo de abismo: “El camino es la Piedra.”
El punto de partida es la Piedra y cada paso que se da es
también la meta. El discípulo todavía no lo entiende. Porque está buscando un
resultado. Está buscando llegar. Y quizás esa sea una de las primeras
diferencias entre el conocimiento intelectual y el conocimiento profundo: uno
quiere alcanzar una respuesta; el otro comprende que el camino ya es parte de
la respuesta.
Hasta ahí, todo parece funcionar. Pero entonces aparece
la rosa.
El muchacho sabe que existe una fama alrededor de
Paracelso: dicen que puede quemar una rosa y hacerla resurgir de sus cenizas. Y
quiere verlo.
“Quiero una prueba.”_ Dice. Ahí se rompe algo. Porque
pedir una prueba parece razonable. De hecho, es lo que haría un hombre
racional. Muéstramelo y creeré.
Pero Paracelso le contesta: “No he menester de la
credulidad; exijo la fe.”
Y aquí Borges empieza a jugar con dos palabras que
parecen próximas pero que son profundamente diferentes.
La credulidad acepta cualquier cosa porque no necesita
comprender.
La fe, en cambio, es una entrega.
El discípulo tiene conocimiento, tiene formación, tiene
inteligencia, tiene voluntad. Lo que no tiene es fe. Es toda cabeza, es
racionalidad. Quiere ver para comprender. Quiere tocar para aceptar. Quiere que
el misterio se transforme en demostración. Y Paracelso no está interesado en
demostrarle nada.
El muchacho, incluso, utiliza una frase que parece
humilde: quiere vivir “a tu sombra”. Pero hay algo extraño en esa humildad. No
dice contigo. Dice a tu sombra. Quiere cobijarse en la autoridad del maestro,
pero todavía no está dispuesto a entrar verdaderamente en aquello que el
maestro representa. Por eso necesita una prueba. Y las pruebas, pensándolo
bien, suelen tener algo de infantil. Son parecidas a esas pruebas de amor que
se exigen cuando todavía no sabemos confiar: si me quieres, demuéstramelo.
El discípulo le está diciendo a Paracelso: si realmente
sabes, demuéstramelo. Y el maestro le está diciendo: si realmente quieres
aprender, cree. No porque debas aceptar una mentira, sino porque hay
conocimientos a los que la razón sola no puede entrar. Entonces aparece uno de
los diálogos más hermosos del cuento.
Paracelso pregunta si cree que él es capaz de destruir la
rosa. El discípulo responde que nadie es incapaz de destruirla. Y aquí cada uno
está hablando desde un lugar diferente. El discípulo habla desde las leyes del
mundo visible. La rosa puede quemarse. La carne muere. La materia cambia. Bajo
la luna todo parece sometido a la transformación y a la muerte.
Paracelso, en cambio, habla
desde otro lugar: “La rosa es eterna y solo su apariencia puede cambiar.”
No está negando la ceniza. Está negando que la ceniza sea
el final.
Y entonces aparece el Paraíso. El discípulo dice que no
estamos en el Paraíso. Estamos bajo la luna y aquí todo es mortal.
Paracelso le pregunta: “¿En qué otro sitio estamos?”
Y después llega la frase que, para mí, contiene una de
las claves del cuento: “¿Crees que la Caída es otra cosa que ignorar que
estamos en el Paraíso?”
La Caída, entonces, no necesariamente es haber sido
expulsados de un lugar. Puede ser haber olvidado dónde estamos.
El Paraíso puede seguir existiendo y nosotros podemos
vivir fuera de él simplemente porque lo ignoramos. El olvido nos aleja de la
verdad.
Y quizá por eso uno termina caminando siempre hacia
Platón, hacia ese conocimiento que no consiste tanto en aprender algo nuevo
como en recordar aquello que habíamos olvidado.
El discípulo sabe muchísimo, pero ha olvidado lo
esencial. Tiene conocimiento y carece de sabiduría. Y entonces comete su error
definitivo. Arroja la rosa al fuego.
Los alambiques están apagados. El atanor está apagado. No
hay ningún escenario preparado para el milagro. El discípulo quiere obligar al
maestro a demostrar aquello que afirma. La rosa se quema. Queda la ceniza. Y
Paracelso no hace nada.
Es extraordinario porque Borges podría haber convertido
ese momento en un espectáculo. Podría haber hecho aparecer inmediatamente la
rosa. Podría haber demostrado que Paracelso tenía razón y humillar al
discípulo.
No lo hace.
Paracelso deja que el muchacho se equivoque. Y el
muchacho comprende. No comprende el secreto de la rosa. Comprende algo mucho
más doloroso: que él mismo no estaba preparado.
Se siente avergonzado. Reconoce que le ha faltado la fe y
dice que volverá cuando sea más fuerte. Pero hay algo todavía más triste:
sabemos que no volverá. Borges lo dice con una sencillez demoledora: “Ambos
sabían que no volverían a verse.”
Porque ciertas puertas se abren una sola vez. El tren
hacia las cosas profundas, cuando pasa, pasa una vez. Y quizás esa sea otra de
las tragedias del conocimiento: no siempre alcanza con encontrar al maestro.
Hay que estar preparado para reconocerlo cuando aparece.
El joven tenía las monedas, el conocimiento, la cultura,
la inteligencia, el deseo y hasta la humildad necesaria para arrodillarse. Pero
no tenía aquello que Paracelso pedía.
Fe.
Y entonces se va. Se lleva nuevamente sus monedas porque
dejárselas sería una limosna.
Paracelso lo acompaña hasta el pie de la escalera. Hasta
el pie de la escalera.
Me gusta detenerme ahí porque el simbolismo es demasiado
perfecto. Paracelso lo acompaña hasta el límite de su mundo. El maestro no sube
con él. El muchacho vuelve a las sombras del mundo exterior y Paracelso
permanece abajo, en ese sótano que paradójicamente es el lugar de la luz.
Y entonces Borges nos da el último golpe. Paracelso queda
solo.
Se sienta en su fatigado sillón. El sillón parece casi
tan viejo y cansado como él. Toma la ceniza en su mano cóncava, dice una
palabra en voz baja. Y la rosa resurge.
Ahí está el verdadero milagro. No necesitó el atanor. No
necesitó los alambiques. No necesitó fuego. No necesitó convencer a nadie. Le
bastó la palabra.
La Palabra con mayúscula que Borges había introducido
antes, aquella que utilizó la divinidad para crear los cielos, la tierra y el
Paraíso. La palabra como principio creador. La palabra como conocimiento.
Y comprendemos que Paracelso no necesitaba demostrar
nada. El milagro no era para el discípulo. La rosa vuelve porque el maestro
quiere devolverle su belleza.
Eso es lo que más me interesa del final.
Paracelso no resucita la rosa para demostrar que tenía
razón. No lo hace para vencer al muchacho. No necesita discípulos que crean en
él. No necesita aplausos ni testigos.
La vuelve a la vida porque no quiere que la última imagen
de aquel encuentro sea la destrucción de la belleza.
El muchacho había querido comprobar la muerte. Paracelso
elige recordar la vida.
Y ahí esté la verdadera diferencia entre ambos. El
discípulo quiere conocer el secreto.
El maestro ya conoce el secreto y, por eso mismo, no
necesita exhibirlo.
Hay otra cosa que me interesa especialmente en este
cuento y tiene que ver con la literatura misma.
El escritor, como el lector, es también un urdidor de
realidades. Lo es el escultor, el pintor, el músico, cualquiera que sea capaz
de transformar algo que no estaba allí en algo que ahora existe. Por eso
siempre me ha interesado separar el conocimiento académico del arte.
Pueden encontrarse, como sucede en Borges, pero no
dependen necesariamente uno del otro.
Una copla popular puede contener una verdad estética
enorme sin que quien la canta haya estudiado teoría del arte. Y un informe
científico puede contener un conocimiento extraordinario sin tener una sola
gota de belleza.
El arte y el conocimiento pueden tocarse, pero no son la
misma cosa.
Y Borges sabe hacer algo todavía más inquietante: rompe
los límites entre realidad y fantasía.
Sus cuentos están llenos de nombres verdaderos, libros
verdaderos, lugares verdaderos, autores que existieron, acontecimientos
culturales que ocurrieron. Entonces uno empieza a preguntarse dónde termina la
historia y dónde comienza la invención.
Borges quiere un lector atento. Nos pone pruebas. Nos
hace dudar. Nos hace entrar en el cuento creyendo que estamos leyendo una
historia fantástica y, cuando queremos darnos cuenta, estamos leyendo sobre
nosotros mismos.
Porque quizás el verdadero discípulo de “La rosa de
Paracelso” no sea Johannes Grisebach.
Quizás seamos nosotros.
Cada lector llega a la puerta del maestro con sus propias
monedas de oro. Con todo aquello que cree saber. Con sus libros, sus estudios,
sus certezas, sus prejuicios y sus preguntas.
Y Borges nos deja frente a una rosa. Nosotros también
queremos una prueba. Queremos que alguien nos demuestre que detrás de la ceniza
hay algo más.
Pero quizá el cuento nos esté diciendo que algunas cosas
no pueden demostrarse sin destruir precisamente aquello que intentamos conocer.
La rosa, desde la antigüedad, ha sido asociada a la
sabiduría. Desde “El asno de oro” de Apuleyo, donde la rosa rescata al
protagonista de la ignorancia, hasta Borges, donde la rosa aparece como ese
conocimiento perdido que permanece oculto bajo la apariencia de las cosas. La
rosa no es solamente una flor.
Es aquello que permanece cuando nosotros creemos que todo
ha terminado. Es la esencia detrás de la apariencia. Es la belleza que no
acepta nuestra idea de muerte. Y es también la literatura. Porque leer, en
cierta forma, es arrojar una rosa al fuego y esperar. Uno cree que el libro
termina. Queda la ceniza. Pero entonces aparece una palabra.
Y de esa palabra vuelve a surgir la rosa.
Por eso sigo creyendo que la literatura tiene algo de
oración.
No porque nos dé respuestas, sino porque nos enseña a
formular mejor las preguntas.
Desde niño tengo esa necesidad de sacar hacia afuera todo
aquello que se va acumulando adentro: hablando, leyendo, pintando, escribiendo,
escuchando, mirando. Como si uno estuviera permanentemente preñado de algo que
necesita nacer.
Quizás por eso también tengo una visión particular de la
literatura. Tal vez se deba a mi condición de autodidacta irredento. No sé si
es la correcta. Pero es la mía. Y por ella lucho.
Al final, Borges deja a Paracelso solo, viejo, cansado,
en aquel sótano. Y sin embargo, no lo deja derrotado. Lo deja con una rosa en
la mano. Porque cuando todo parece reducido a ceniza, todavía queda la palabra.
Y mientras exista la palabra, quizá ninguna rosa esté verdaderamente muerta. Ojalá,
en este análisis, cada uno encuentre aquello que vino a buscar. Y como la
palabra es quizá lo que más nos acerca a la oración, celebremos la palabra.
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