El libro que nunca existió y terminó en la Biblioteca
Nacional
Desde la edad del pavo, allá por los 14 años, ando
buscando un libro que nunca pude encontrar. Ese libro tiene la particularidad
de que nunca existió. El “Necronomicón” es al que hago referencia.
Aunque, si uno sigue las pistas que dejó H. P. Lovecraft,
la cosa empieza a complicarse.
Porque Lovecraft no se limitó a inventar un libro
maldito. Inventó también a su autor, su nombre original, sus traducciones, sus
ediciones, sus perseguidores, sus lectores y hasta las bibliotecas donde
supuestamente podían encontrarse algunos de los escasos ejemplares
sobrevivientes.
El autor era “Abdul Alhazred”, un poeta y ocultista árabe
que, naturalmente, tampoco existió.
Y el libro, antes de convertirse en el famoso “Necronomicón”,
se llamaba “Al Azif”.
Según la mitología creada por Lovecraft, Al Azif era el
nombre que los árabes daban al extraño sonido nocturno de los insectos, un
zumbido que atribuían a los demonios. Alhazred habría escrito allí sus
conocimientos sobre los antiguos dioses, criaturas cósmicas y fuerzas que el
ser humano haría mejor en no conocer.
Más tarde, el libro habría sido traducido al griego y
recibiría el nombre de Necronomicón.
Hasta acá, ficción. Pero entonces aparece Buenos Aires.
Tengo un ejemplar que parece empeñado en alimentar la
confusión. En mi biblioteca hay un libro titulado Necronomicón, de H. P.
Lovecraft, publicado por Del Oeste Editorial. Tiene ISBN, tapas, páginas,
índice y hasta una contratapa que asegura que uno de los ejemplares del libro
maldito se encuentra en la Universidad de Buenos Aires. Todo perfectamente
real, salvo el libro del que habla.
Lo abrí y ahí estaba: “Historia del Necronomicón”.
Lovecraft contando la historia de un libro que él mismo había inventado.
Quizás eso sea lo más genial del asunto: el Necronomicón
nunca existió, pero cada generación sigue fabricándole nuevas pruebas de
existencia.
En “El horror de Dunwich”, Lovecraft menciona entre las
instituciones a las que se había consultado para localizar un ejemplar del
libro a la “Universidad de Buenos Aires”.
Es decir que, mucho antes de que Borges dirigiera la
Biblioteca Nacional, Lovecraft ya había colocado al Necronomicón en Buenos
Aires. Y esto resulta particularmente extraño porque Lovecraft murió en 1937. Borges,
por su parte, dirigiría la Biblioteca Nacional entre 1955 y 1973. Y Borges
conocía a Lovecraft. No solamente lo conocía: años después escribiría un
cuento, “There Are More Things”, dedicado a su memoria.
El cuento “There Are More Things” aparece en El libro de
arena, publicado por Borges en 1975. Es uno de los cuentos del volumen y está
dedicado “A la memoria de H. P. Lovecraft”. ¿Tiene título en castellano? Sí,
suele traducirse como “Hay más cosas”.
Pero hay un detalle interesante: Borges mantuvo el título
en inglés, incluso en El libro de arena. No lo tituló originalmente “Hay más
cosas”. La traducción se utiliza para referirse al cuento en estudios,
artículos y ediciones comentadas.
Borges podía criticar a Lovecraft, incluso llamarlo un
“parodista involuntario de Poe”. Pero Borges, que nunca fue precisamente un
entusiasta de la literatura lovecraftiana, terminó escribiendo una historia de
horror cósmico que dialoga directamente con ella.
Y entonces aparece la ficha.
Durante una investigación realizada en la Biblioteca
Nacional, el investigador Germán Álvarez encontró entre las antiguas fichas
manuscritas del catálogo una referencia a “Al Azif”. Si. El supuesto título
árabe del libro inexistente de Abdul Alhazred. La ficha existía. Lo que no
existe, al menos hasta donde llega la documentación disponible, es la prueba
definitiva de que Borges haya ordenado hacerla. Y ahí la historia se vuelve
mucho más interesante. Porque una cosa es afirmar: “Borges mandó a catalogar el
Necronomicón.”
Y otra, bastante más inquietante, es decir: “Una ficha de
Al Azif apareció en el antiguo catálogo de la Biblioteca Nacional y nadie pudo
demostrar quién la puso allí.”
La primera frase cierra el misterio. La segunda lo abre. A
partir de entonces comenzaron a circular historias. Que un estudiante de Letras
habría intentado robar la ficha para impedir que el libro cayera en manos
equivocadas. Que diplomáticos extranjeros habrían llegado a la Biblioteca
preguntando por el ejemplar. Que existía una zona reservada donde se guardaban
libros prohibidos. Que el Necronomicón permanecía escondido en algún lugar del
edificio.
Probablemente muchas de esas historias sean simplemente
eso: historias.
Pero tienen una característica que las vuelve
irresistibles. Todas necesitan que el libro exista.
Y el Necronomicón funciona precisamente así: cuanto más
se intenta demostrar que no existe, más interesante se vuelve la cantidad de
rastros ficticios que dejó detrás.
Lovecraft había creado una literatura que simulaba ser
bibliografía. No solamente escribió cuentos: inventó la documentación de esos
cuentos.
Inventó un autor que supuestamente había vivido siglos
antes que él. Inventó un manuscrito. Inventó traducciones. Inventó ediciones
perseguidas por la Iglesia. Inventó bibliotecas que conservaban ejemplares. Y
después introdujo esas referencias en sus relatos como si fueran datos
históricos.
Era una especie de falsificación literaria a escala
cósmica.
Y en Buenos Aires ocurrió algo maravilloso: una ficción
terminó dejando una huella en una institución real. Una biblioteca. Un
catálogo. Una ficha. Un nombre: Al Azif.
Y después apareció Batman.
En Batman: El Mundo, la antología que llevó al personaje
a distintos países, Batman llega a una Buenos Aires fría, oscura y casi
irreconocible. Allí se enfrenta a un horror antiguo que lo conduce hacia la
Biblioteca Nacional.
La historia fue escrita por Luciano Saracino e ilustrada
por Salvador Sanz.
Y la elección del escenario no parece casual.
Porque para entonces Buenos Aires ya tenía su propio
pequeño mito lovecraftiano.
Lovecraft había puesto allí un ejemplar. Borges había
quedado asociado a una ficha misteriosa. La Biblioteca Nacional se había
convertido en el escenario perfecto. Y Batman, que nació precisamente de la
mezcla entre detectives, pulp, oscuridad y monstruos, solamente tuvo que cruzar
la puerta.
Lo extraordinario es que el viaje del Necronomicón nunca
necesitó que el libro existiera. Lovecraft lo inventó. Alhazred lo escribió. Los
traductores lo tradujeron.
Las bibliotecas lo escondieron. Borges, quizás, lo
catalogó. Los investigadores lo buscaron. Los escritores lo volvieron a
inventar. Y Batman terminó investigándolo.
Todo alrededor de un libro que jamás fue escrito. O mejor
dicho: de un libro que fue escrito por alguien que nunca existió. Y quizás ahí
esté la verdadera genialidad de Lovecraft. No consiguió que creyéramos en
Cthulhu. Consiguió algo bastante más difícil: consiguió que durante un instante
dudáramos de una biblioteca.
Mi fanatismo por Lovecraft nunca decayó. Incluso hoy sigo
leyéndolo. Vuelvo a sus cuentos, a sus monstruos, a sus ciudades, a sus dioses
y a esos libros que nunca existieron pero que, después de leerlo, parecen haber
existido siempre. El Necronomicón. Al Azif. Abdul Alhazred. Libros imaginarios
que terminaron teniendo lectores reales. Y quizás ahí esté una de las grandes
trampas de Lovecraft: inventó libros que nunca fueron escritos y consiguió que
nosotros los buscáramos como si alguna biblioteca los hubiera escondido durante
siglos.
Pero cada vez que vuelvo a Lovecraft también vuelve aquel
muchacho de catorce años que recibió un libro de manos de un amigo y descubrió
que la literatura podía provocar miedo, fascinación, sueños y locura. Y
entonces entiendo que algunas lecturas nunca son solamente nuestras. También
pertenecen a quien nos puso el libro entre las manos. Por eso esta crónica es
también para vos, Hipólito. No hay un puto día en que no te recuerde, maestro.
Gracias por aquel libro. Gracias por haberme abierto aquella puerta.
Después vinieron Cthulhu, Arkham, Innsmouth, el
Necronomicón, Iron Maiden, Borges y todas esas criaturas que todavía siguen
caminando por algún rincón de mi cabeza.
Y quizás ahora puedo contestar aquella vieja pregunta:
—Si tienes diez libros de Lovecraft, y te quito cinco,
¿cuántos libros te quedan?
—Diez libros y un cadáver.
Porque los libros que realmente nos cambian nunca
desaparecen.
Se quedan viviendo en nosotros.
Feliz noche, criaturas del abismo insondable.



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