Crónicas del Desvelo. Los restos de la noche. Literatura, periodismo gonzo, poesía, ensayos y observaciones de José Luis Colombini.

Hay noches en las que los libros permanecen abiertos sobre la mesa, el whisky pierde lentamente el frío y las fotografías dejan de ser recuerdos para convertirse en interrogantes. Es en ese territorio incierto, donde la ciudad duerme y la memoria insiste en permanecer despierta, donde nacen estas crónicas. Crónicas del Desvelo no pretende ofrecer respuestas. Es un refugio para quienes encuentran en la literatura, el rock, el cine, la filosofía y la memoria una forma de habitar el mundo. Aquí conviven Borges y Baudelaire con Robert Smith y Bowie; Schopenhauer conversa con Camus mientras una película española, una novela olvidada o una canción de post-punk iluminan, aunque sea por un instante, la oscuridad de la madrugada. Escribo desde Traslasierra, pero también desde los bares de la memoria, las bibliotecas de la adolescencia, los discos gastados, las calles recorridas y las pérdidas que todavía siguen haciendo preguntas. Cada texto es una mezcla de ensayo, autobiografía y periodismo gonzo; una manera de entender que el autor no observa la realidad desde afuera, sino que inevitablemente forma parte de ella. Porque escribir, al final, no consiste en contar una historia. Consiste en descubrir qué historia nos está contando a nosotros. “Esto no es contenido. Es insomnio grabado.”
Cada palabra publicada en este blog nació de la escritura de José Luis Colombini. Estas crónicas, ensayos, poemas y reflexiones forman parte de su obra intelectual y están protegidos por los derechos de autor. Si algún texto te conmueve, podés compartirlo, siempre citando la fuente y respetando la autoría. Gracias por valorar el trabajo creativo y la escritura independiente.

La trampa de la patria

La trampa de la patria

 

En Martín (Hache), Adolfo Aristarain (Película de 1997) pone a un padre y a su hijo frente a una pregunta aparentemente sencilla: ¿No extrañás?

Martín responde que no.

Pero su respuesta no habla solamente de la nostalgia. Habla de la pertenencia.

Dice que uno no extraña un país. Que, en todo caso, extraña un barrio. Que incluso un barrio puede dejar de extrañarse si uno se muda diez cuadras.

Y entonces aparece la afirmación más brutal: El que se siente patriota, el que cree que pertenece a un país, es un tarado mental. La patria es un invento.

Puede parecer una exageración. Pero debajo de la provocación hay una pregunta bastante seria: ¿qué tenemos realmente en común con millones de personas a las que jamás conoceremos?

¿Qué tengo que ver yo con alguien nacido a cientos de kilómetros?

¿Por qué una persona nacida en Tucumán debería sentirse necesariamente más cercana a mí que un catalán o un portugués?

La pregunta incomoda porque desarma algo que solemos aceptar sin pensar.

La patria. Nos enseñan que pertenecemos a una comunidad llamada Argentina. Aprendemos sus símbolos, sus héroes, sus fechas, sus derrotas, sus victorias. Cantamos un himno que habla de nosotros aunque quienes lo cantamos no tengamos ninguna relación personal entre nosotros.

Somos, en ese sentido, millones de desconocidos imaginándonos como parte de una misma comunidad. Y la palabra imaginada no significa falsa.

Significa construida.

Porque las consecuencias son absolutamente reales. Podemos emocionarnos frente a una bandera. Podemos sentir orgullo por una victoria que consiguió alguien que nunca veremos. Podemos llorar por una guerra en la que no estuvimos. Y podemos llegar a creer que morir por ese territorio es un acto de honor. Ahí la ficción se vuelve peligrosa. Porque una construcción social puede terminar transformándose en una obligación moral. Pero Martín va todavía más lejos.

Dice: Tu país son tus amigos.

Y esa frase cambia completamente el sentido de la conversación. Porque quizás sí exista una patria. Pero no necesariamente es la que aparece dibujada en un mapa.

Quizás sea mucho más pequeña. Un grupo de amigos. Una familia. Un barrio. Una mesa. Las personas cuyos nombres conocemos. Aquellos por quienes realmente sentimos algo porque sus rostros no son estadísticas.

Martín lo dice de una manera brutal:  No hay estadísticas. Números sin cara. Uno se siente parte de muy poca gente. Y ahí aparece algo que sigue siendo tremendamente actual. Las grandes palabras hablan de millones.

La experiencia humana, en cambio, ocurre casi siempre entre unos pocos. No amamos a “la sociedad”. Amamos personas. No lloramos por la población. Lloramos por alguien.

No entregamos nuestra vida por un número. La entregamos —si alguna vez lo hacemos— por alguien cuyo rostro conocemos. Pero entonces Hache introduce una posibilidad distinta. “Todo puede cambiar.” Y esa frase es fundamental.

Porque Martín no está simplemente diciendo que Argentina sea un país horrible.

Está diciendo algo mucho más desesperanzado: Argentina es una trampa precisamente porque te hace creer que puede cambiar.

La metáfora que utiliza es magnífica: la zanahoria delante del burro.

La promesa está siempre ahí. Un poco más adelante. Mañana. Después. Con el próximo gobierno. Con la próxima oportunidad. Con la próxima generación. Siempre lo suficientemente cerca como para seguir caminando. Pero nunca suficientemente cerca como para alcanzarla. Y entonces aparece la parte más oscura del diálogo. Los militares. La dictadura. Los desaparecidos. La democracia. Las cuentas que no cierran. El hambre. La necesidad de sobrevivir. La imposibilidad de construir algo sin que, tarde o temprano, algo vuelva a destruirlo. Martín no está hablando solamente de patriotismo.

Está hablando de la frustración histórica de un país que promete permanentemente su propio futuro y permanentemente lo posterga.

Primero te dicen que hay que sacrificarse por la patria. Después te dicen que hay que aguantar. Después que hay que esperar. Después que hay que empezar de nuevo. Y cuando todo vuelve a fracasar, aparece otra frase: Somos todos culpables.

Esa quizá sea una de las partes más feroces del diálogo.

Porque después de haber hablado de la patria como una construcción, Martín termina señalando otra construcción todavía más peligrosa: la culpa colectiva.

Cuando algo sale mal, la responsabilidad se distribuye sobre todos. Somos todos responsables. Somos todos culpables. Somos todos parte del problema. Pero no todos tienen el mismo poder. No todos toman las mismas decisiones. No todos reciben los mismos beneficios. No todos pagan el mismo precio. Y, sin embargo, la palabra «todos» funciona maravillosamente para borrar las diferencias. Los que mandan y los que obedecen. Los que tienen y los que pierden. Los que deciden y los que sobreviven.

Todo queda mezclado dentro de una misma palabra: “nosotros.”

Y quizás ahí esté la verdadera trampa que Aristarain está señalando. No solamente la patria. No solamente Argentina.

Sino la capacidad de convertir una idea en una obligación y después convertir esa obligación en culpa.

Primero te dicen: Esto es tu país.

Después: Esto es tu responsabilidad.

Y finalmente: Si no funciona, es culpa de todos.

Martín se rebela contra ese mecanismo. Por eso quiere irse. No quiere salvar Argentina. No quiere cambiarla. No quiere sacrificarse por ella. No quiere que su vida quede atrapada en la promesa de un futuro que nunca llega. Pero Hache todavía conserva algo que Martín perdió: la posibilidad de creer.

Hache dice que todo puede cambiar. Martín responde que esa posibilidad es precisamente la trampa. Y entre los dos queda suspendida una pregunta que la película nunca termina de resolver: ¿Qué es peor: creer que las cosas pueden cambiar y ser destruido por esa esperanza, o dejar de creer para no volver a ser decepcionado?

Porque Martín consiguió algo.

Se fue. Sobrevivió. Construyó otra vida. Pero también pagó un precio. La distancia. La soledad. El desapego. La dificultad para pertenecer.

Quizás por eso Martín (Hache) no sea una película sobre Argentina. O no solamente.

Es una película sobre el precio de pertenecer y el precio de no pertenecer.

Sobre las identidades que heredamos. Sobre las que rechazamos. Sobre las que inventamos. Sobre aquello que creemos que somos simplemente porque alguien nos dijo que lo éramos.

Y entonces volvemos a la frase. Argentina no es un país. Es una trampa.

Quizás Martín tenga razón. Quizás esté equivocado. Quizás ambas cosas sean ciertas.

Porque una patria puede ser una construcción imaginaria y, al mismo tiempo, contener recuerdos verdaderos. Puede ser un invento y producir amores reales. Puede ser utilizada para justificar sacrificios que nunca deberían exigirse y, al mismo tiempo, contener la música de una infancia, el olor de un barrio, una mesa familiar, los amigos que quedaron atrás.

Tal vez el problema no sea querer a un país. Tal vez el problema empiece cuando alguien consigue convencernos de que amarlo significa obedecerlo.

Y quizá la libertad no consista en dejar de pertenecer.

Quizá consista en poder decir: esto lo heredé, esto lo elegí, esto lo rechazo y esto, finalmente, sí es mío.

Creo que al final, detrás de todas las patrias, todas las banderas y todas las estadísticas, seguimos siendo lo que Martín le recuerda a Hache: personas que solamente pueden sentirse realmente parte de muy poca gente. Y tal vez una vida entera consista en descubrir quiénes son esos pocos.

 

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