La trampa de la patria
En Martín (Hache), Adolfo Aristarain (Película de 1997)
pone a un padre y a su hijo frente a una pregunta aparentemente sencilla: ¿No
extrañás?
Martín responde que no.
Pero su respuesta no habla solamente de la nostalgia.
Habla de la pertenencia.
Dice que uno no extraña un país. Que, en todo caso,
extraña un barrio. Que incluso un barrio puede dejar de extrañarse si uno se
muda diez cuadras.
Y entonces aparece la afirmación más brutal: El que se
siente patriota, el que cree que pertenece a un país, es un tarado mental. La
patria es un invento.
Puede parecer una exageración. Pero debajo de la
provocación hay una pregunta bastante seria: ¿qué tenemos realmente en común
con millones de personas a las que jamás conoceremos?
¿Qué tengo que ver yo con alguien nacido a cientos de
kilómetros?
¿Por qué una persona nacida en Tucumán debería sentirse
necesariamente más cercana a mí que un catalán o un portugués?
La pregunta incomoda porque desarma algo que solemos
aceptar sin pensar.
La patria. Nos enseñan que pertenecemos a una comunidad
llamada Argentina. Aprendemos sus símbolos, sus héroes, sus fechas, sus
derrotas, sus victorias. Cantamos un himno que habla de nosotros aunque quienes
lo cantamos no tengamos ninguna relación personal entre nosotros.
Somos, en ese sentido, millones de desconocidos
imaginándonos como parte de una misma comunidad. Y la palabra imaginada no
significa falsa.
Significa construida.
Porque las consecuencias son absolutamente reales. Podemos
emocionarnos frente a una bandera. Podemos sentir orgullo por una victoria que
consiguió alguien que nunca veremos. Podemos llorar por una guerra en la que no
estuvimos. Y podemos llegar a creer que morir por ese territorio es un acto de
honor. Ahí la ficción se vuelve peligrosa. Porque una construcción social puede
terminar transformándose en una obligación moral. Pero Martín va todavía más
lejos.
Dice: Tu país son tus amigos.
Y esa frase cambia completamente el sentido de la
conversación. Porque quizás sí exista una patria. Pero no necesariamente es la
que aparece dibujada en un mapa.
Quizás sea mucho más pequeña. Un grupo de amigos. Una
familia. Un barrio. Una mesa. Las personas cuyos nombres conocemos. Aquellos
por quienes realmente sentimos algo porque sus rostros no son estadísticas.
Martín lo dice de una manera brutal: No hay estadísticas. Números sin cara. Uno se
siente parte de muy poca gente. Y ahí aparece algo que sigue siendo
tremendamente actual. Las grandes palabras hablan de millones.
La experiencia humana, en cambio, ocurre casi siempre
entre unos pocos. No amamos a “la sociedad”. Amamos personas. No lloramos por la
población. Lloramos por alguien.
No entregamos nuestra vida por un número. La entregamos
—si alguna vez lo hacemos— por alguien cuyo rostro conocemos. Pero entonces
Hache introduce una posibilidad distinta. “Todo puede cambiar.” Y esa frase es
fundamental.
Porque Martín no está simplemente diciendo que Argentina
sea un país horrible.
Está diciendo algo mucho más desesperanzado: Argentina es
una trampa precisamente porque te hace creer que puede cambiar.
La metáfora que utiliza es magnífica: la zanahoria
delante del burro.
La promesa está siempre ahí. Un poco más adelante. Mañana.
Después. Con el próximo gobierno. Con la próxima oportunidad. Con la próxima
generación. Siempre lo suficientemente cerca como para seguir caminando. Pero
nunca suficientemente cerca como para alcanzarla. Y entonces aparece la parte
más oscura del diálogo. Los militares. La dictadura. Los desaparecidos. La
democracia. Las cuentas que no cierran. El hambre. La necesidad de sobrevivir. La
imposibilidad de construir algo sin que, tarde o temprano, algo vuelva a
destruirlo. Martín no está hablando solamente de patriotismo.
Está hablando de la frustración histórica de un país que
promete permanentemente su propio futuro y permanentemente lo posterga.
Primero te dicen que hay que sacrificarse por la patria. Después
te dicen que hay que aguantar. Después que hay que esperar. Después que hay que
empezar de nuevo. Y cuando todo vuelve a fracasar, aparece otra frase: Somos
todos culpables.
Esa quizá sea una de las partes más feroces del diálogo.
Porque después de haber hablado de la patria como una
construcción, Martín termina señalando otra construcción todavía más peligrosa:
la culpa colectiva.
Cuando algo sale mal, la responsabilidad se distribuye
sobre todos. Somos todos responsables. Somos todos culpables. Somos todos parte
del problema. Pero no todos tienen el mismo poder. No todos toman las mismas
decisiones. No todos reciben los mismos beneficios. No todos pagan el mismo
precio. Y, sin embargo, la palabra «todos» funciona maravillosamente para
borrar las diferencias. Los que mandan y los que obedecen. Los que tienen y los
que pierden. Los que deciden y los que sobreviven.
Todo queda mezclado dentro de una misma palabra: “nosotros.”
Y quizás ahí esté la verdadera trampa que Aristarain está
señalando. No solamente la patria. No solamente Argentina.
Sino la capacidad de convertir una idea en una obligación
y después convertir esa obligación en culpa.
Primero te dicen: Esto es tu país.
Después: Esto es tu responsabilidad.
Y finalmente: Si no funciona, es culpa de todos.
Martín se rebela contra ese mecanismo. Por eso quiere
irse. No quiere salvar Argentina. No quiere cambiarla. No quiere sacrificarse
por ella. No quiere que su vida quede atrapada en la promesa de un futuro que
nunca llega. Pero Hache todavía conserva algo que Martín perdió: la posibilidad
de creer.
Hache dice que todo puede cambiar. Martín responde que
esa posibilidad es precisamente la trampa. Y entre los dos queda suspendida una
pregunta que la película nunca termina de resolver: ¿Qué es peor: creer que las
cosas pueden cambiar y ser destruido por esa esperanza, o dejar de creer para
no volver a ser decepcionado?
Porque Martín consiguió algo.
Se fue. Sobrevivió. Construyó otra vida. Pero también
pagó un precio. La distancia. La soledad. El desapego. La dificultad para
pertenecer.
Quizás por eso Martín (Hache) no sea una película sobre
Argentina. O no solamente.
Es una película sobre el precio de pertenecer y el precio
de no pertenecer.
Sobre las identidades que heredamos. Sobre las que
rechazamos. Sobre las que inventamos. Sobre aquello que creemos que somos
simplemente porque alguien nos dijo que lo éramos.
Y entonces volvemos a la frase. Argentina no es un país.
Es una trampa.
Quizás Martín tenga razón. Quizás esté equivocado. Quizás
ambas cosas sean ciertas.
Porque una patria puede ser una construcción imaginaria
y, al mismo tiempo, contener recuerdos verdaderos. Puede ser un invento y
producir amores reales. Puede ser utilizada para justificar sacrificios que
nunca deberían exigirse y, al mismo tiempo, contener la música de una infancia,
el olor de un barrio, una mesa familiar, los amigos que quedaron atrás.
Tal vez el problema no sea querer a un país. Tal vez el
problema empiece cuando alguien consigue convencernos de que amarlo significa
obedecerlo.
Y quizá la libertad no consista en dejar de pertenecer.
Quizá consista en poder decir: esto lo heredé, esto lo
elegí, esto lo rechazo y esto, finalmente, sí es mío.
Creo que al final, detrás de todas las patrias, todas las
banderas y todas las estadísticas, seguimos siendo lo que Martín le recuerda a
Hache: personas que solamente pueden sentirse realmente parte de muy poca
gente. Y tal vez una vida entera consista en descubrir quiénes son esos pocos.

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