Domingo de tubo y derrota
El domingo caía como una resaca lenta sobre Villa
Dolores. No había urgencias, no había futuro: sólo el zumbido eléctrico de la
siesta y el televisor como un altar doméstico donde se rendía culto a la
ficción. Afuera, el calor se pegaba a las paredes como un animal cansado;
adentro, la familia orbitaba alrededor de la pantalla, ese ojo hipnótico que
conectaba Traslasierra con un mundo que parecía más grande de lo que realmente
era.
El aparato —un Motorola BGH o un Noblex, quién sabe—
vibraba en una frecuencia medio fantasmal, como si cada imagen hubiera tenido
que atravesar montañas, cabras y silencios antes de llegar hasta nosotros. Y
ahí estaba: el anuncio solemne del ciclo de Cine del Sábado en Canal 12 Córdoba,
aunque fuera domingo, porque en el interior las grillas se mezclaban como
sueños mal recordados. O tal vez era Domingos de cine.
Entonces empezó.
“Mi primera novia” irrumpió como una postal de otro país
posible. Ahí estaba Palito Ortega con esa sonrisa de chico bueno que parecía no
haber conocido nunca la derrota. Ahí estaba Evangelina Salazar, luminosa, casi
irreal, como si la cámara la hubiera inventado para enseñarnos qué era el amor.
Y ahí, como un infiltrado del mundo, Dean Reed, ese yanqui raro, millonario,
que había decidido perderse en el sur.
Pero lo que pasaba en la pantalla no era sólo la
historia: era otra cosa. Era una pedagogía sentimental en blanco y colores
saturados. Era aprender a querer mirando, en silencio, mientras el ventilador
giraba como una hélice cansada que no llevaba a ninguna parte.
Yo —o ese otro yo que fui— no entendía del todo la trama.
No importaba. Lo importante era ese gesto mínimo: él dejándola, ella mirándolo
irse, el amor como una despedida inevitable. Todo eso se colaba entre los
muebles, entre las voces bajas de los adultos, entre el tintinear de una
cuchara en un vaso con soda.
Y de golpe, sin aviso, la película se volvía más real que
el pueblo.
Traslasierra desaparecía. París estaba más cerca que la
plaza. El mundo entraba por la antena como una invasión silenciosa. Y uno creía
—de verdad creía— que la vida iba a ser así: intensa, melodramática,
musicalizada por destinos inevitables.
Pero después venía el corte.
La publicidad. El ruido. El regreso.
El living volvía a ser un living. El calor seguía ahí,
intacto. Nadie decía nada. Porque nadie sabía explicar ese pequeño desgarro: el
de haber visto algo que no nos pertenecía pero que, de algún modo, nos había
marcado para siempre.
Y ahí entendí —mucho después, claro— que esas tardes no
eran inocentes. Que había una formación ahí, una educación sentimental hecha de
celuloide y estática. Que en cada domingo de televisión había una promesa y una
trampa: la de creer que el amor era como en las películas, y que el mundo
—algún día— nos iba a quedar grande.
Pero esa tarde no.
Esa tarde el mundo cabía entero en un tv de esos culones,
en un suspiro de Palito Ortega, en una mirada de Evangelina Salazar.
Y nosotros, sin saberlo, éramos felices en ese engaño
perfecto.
Esa fue la puñalada, claro. No el beso, no la despedida:
“la elección”.
Porque en esos días pegajosos en Villa Dolores, uno
todavía creía —como un ingenuo profesional— que el amor iba a ganar. Que el
pibe noble de Palito Ortega iba a torcer el destino con una canción, con una
mirada, con esa forma casi infantil de insistir en lo imposible.
Pero no.
Ella —Evangelina Salazar— se iba con el otro. Con Dean
Reed, el millonario, el extranjero, el tipo que tenía todo lo que en ese living
de domingo no existía: plata, mundo, promesa de futuro.
Y ahí se quebraba algo. No en la pantalla. En uno.
No era solo la historia: era la revelación brutal de que
el amor no alcanza. Que hay fuerzas más pesadas —el dinero, la seguridad, el
destino armado desde arriba— que empujan a la gente a elegir distinto de lo que
siente.
Y el pibe —ese Palito Ortega medio desamparado— quedaba
ahí, mirando cómo se le iba la vida en cámara lenta. Sin escándalo, sin
heroísmo. Apenas con una tristeza digna, que era peor.
En el sillón, nadie decía nada.
Pero todos lo sentían.
Esa incomodidad espesa. Ese silencio que no era silencio,
sino comprensión: “ah, entonces la cosa es así”. No hay justicia narrativa en
la vida real. No hay final feliz garantizado. A veces, la chica se casa con el
millonario.
Y vos te quedás. Con el ventilador girando. Con el calor.
Con la tarde que se apaga.
Y con esa tristeza rara —mezcla de celos, derrota y
aprendizaje— que no sabías nombrar, pero que te iba a acompañar muchos años
más.
Porque esa escena no terminaba cuando aparecían los
títulos. Terminaba después, cuando apagaban la tele y Traslasierra volvía a ser
el único mundo posible.
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